La aurora los unió sobre la cama.

¿Qué percibo como otro? ¿A qué llamo, realmente, otro? ¿Por qué amo a lo otro y no a lo igual? ¿Es porque con lo otro hago el amor y con lo igual tan sólo jodemos? Recreamos en nuestro cuerpo el quemazón que produce el contacto con el otro porque precisamente esa instancia denotará aquella piel que identifiquemos con la cara otra del espejo de nuestra identidad, sin adjetivos, ni géneros, ni sexos, ni ideologías, ni estéticas insomnes y brutas. Lorca lo dijo, Madam Tusquets aussi: nos vestimos de los lametazos y nos bañamos en ropa que los oculte para poder caminar por la calle como personas que no han experimentado aún la llegada del amor. Es verdad, usaron otras palabras pero todos acabamos de alguna forma u otra refiriéndonos a la concepción de l’amour total como la verdad que ocultamos sin éxito.

Tienes los perfiles de las orejas llenos de polen y las mejillas sonrosadas viviendo de pleno en la oscuridad.

La importancia de toda esta sarta sentimentaloide parte de una reflexión única, particular por producirse una vez, y tener a posterior conciencia de ella para siempre. Reconocer al otro es un auténtico ejercicio de desposesión de uno mismo: lo acepto en convivencia, que no en sumisión, conmigo mismo. El problema surge a la vista de que no todos los habitantes de las galerías recrean los mismos recorridos en las diferentes estancias. Aquel se quedó a vivir para siempre. Los pasos de otros son repeticiones de un sonido mater. Nuestro own kind of music como el que en su día interpretase Mama Cass Elliot.

Federico García Lorca y Rafael Rodríguez Rapún.
Federico García Lorca y Rafael Rodríguez Rapún.

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