«Hijo pasea a madre moribunda.»

Parte 1.

Teníamos sueño; echar los cuerpos sobre la cama, el uno contra el otro, fue expresión de la gran dejadez nuestra, como nuestro amor y otros días en los que decidimos con poco convencimiento dar un paseo hasta que las farolas se enciendan y el tipo del bar, el de la esquina, encienda su primer cigarrillo e inaugure la noche. Dejamos la ventana abierta de par en par; apenas se podía ver la frutería o el campo de fútbol aledaño. Intuía tan sólo tus manos colonizando mi espalda y un rayo de luz fuerte reflejado en el espejo de la esquina del cuarto. Aún era pronto, los niños gritaban correteando por la plaza y se oían los timbres de las bicicletas. Insistías desde hacía un rato en salir a la calle, pero hacía como que no te escuchaba, como si no estuviese allí. Gruñí un par de veces y me levanté de forma brusca dejándote huérfano: tus brazos se habían vaciado de mí. Con los ojos entreabiertos toqué la puerta del baño y la abrí. Me reflejé en un cristal con, lo que parecen, unos cisnes en el margen inferior izquierdo, acompañados de un montón de gotas de cuando hacemos el idiota lavándonos los dientes. Esbocé una mueca y me bajé los calzoncillos que uso de pijama, quedando desnuda completamente, para sentarme en la taza del váter. Al poco tiempo volvía a tu lado, tomando una camiseta de la cama. “No, otra vez, no”. Sonreí. ¿Por qué no volver a dormir? Sin darte cuenta, acabaste vistiéndote y bailando conmigo. Me limité a imitarte y a buscar mis zapatillas debajo del edredón. ¿Por qué tanto abrigo en verano? Miré mi pelo, de nuevo, en el espejo del cuarto. Lo atusé un poco, sitúe mis dos manos a ambos lados de la cara y le lancé un beso a nadie. Un beso marchito, de los que me recuerdan que apenas me pinto desde que estamos juntos, de los que me dicen que has visto un rayo verde dentro de mis ojos. Salimos de la casa y nos manoseamos un poco en el rellano del segundo piso, para despejar las dudas y la siesta.

Una vez en el portal, abrimos para dirigirnos a la derecha y doblar la esquina hacia el garaje donde guardas las bicicletas de todos los veranos. Te pedí que bajases mi sillín porque no alcanzaba, aunque, en realidad, lo que no quería era hacer el ridículo, caerme y perder el equilibrio. Hace mucho, mucho tiempo que no me parto las rodillas, que no me rozo con el suelo que no caigo sobre piedras rugosas a la orilla del mar y sangro. Transcurridos unos minutos, cerraste la puerta metálica granate y comenzamos a pedalear hacia la tienda de chucherías. Allí sostuviste la mía; compré un par de refrescos y unos chicles. Emprendimos el camino en dirección al monasterio de las monjas de Císter. “No queda lejos, ¿podrás?”, te reías. Claro.

Munch, 1894.
Munch, 1894.

Andrea T.

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