«La caja.»

Me gustaba mucho ir al colegio, me hacía feliz. Mamá siempre traía en una bolsa de plástico con dibujos la merienda a la tarde; solía venir con otras madres y charlar. Siempre el mismo menú, no existían apenas variaciones. A veces sándwich de queso untado con mermelada de fresa, otras chocolate derretido con el pan un poco más tostado y los bordes crujientes. Cuando ella venía, sentía alegría verdadera. No son pocas las ocasiones en las que pienso los cambios de perspectiva que fueron sucediéndose en aquellos momentos; crecía sin darme cuenta. Pasé de ver su cintura a ver su pelo hasta llegar a sus ojos sin tener que reclinar la cabeza hacia atrás, dejando un pliegue tras el cuello y el calor del pelo sobre la espalda. Ahora pienso en ello como la mujer que de rodillas se eleva de forma gradual y acierta a ver las cosas y su color verdadero frente a otra, mucho más experimentada, mucho más presente: casi la unión con el yo que se espera, o, más bien, que se busca. Si cerrase los ojos aún notaría las trazas de fresa entre los dientes y el extraño sabor del queso en los labios. También las migas de las camisetas. Incluso el círculo que se formaba extrañamente alrededor del ojo izquierdo. Un cerco gelatinoso que, tras un tiempo, aún ahí, pese a lo rascado, lo arañado y el agua que se había echado en repetidas ocasiones dejando la zona irritada. En aquellos momentos tenía que llevar parche. Bajo las gafas, toda una cuestión de vida o muerte, los ojos, los del futuro, los del trabajo, la lectura y el descanso. Por aquel tiempo, muchas de las cosas eran siempre “circular y pegajoso”.

El hecho de que ella viniese se me figura como alegre por la serenidad y la calma que traía consigo: todo iba bien, el día avanzaba. Al tomar asiento y acceder a una conversación distendida sobre los atributos de unos niños u otros, corríamos hacia una zona del patio en la que existe aún un muro de piedra con terraplenes cortados al punto de otra gran pared de cemento. Pero antes, césped y ladrillos y lo que parecía ser una acequia en la que de tanto en tanto correteaban conejos. Como nuestras piernas no alcanzaban y queríamos subir, teníamos que tomar otro camino. Había una escalera, justo antes de la entrada de los baños en la que años después conversaría con mis amigas, casi, religiosa y ceremoniosamente, a diario. En este preciso instante, decido parar la perorata y añadir que, salvo excepciones, los lugares de nuestra vida infantil y adolescente siempre están colonizados por otros entes de otros estratos, es decir, podemos llegar a conocer un lugar por zonas asignadas a grupos de personas. Ahora retomo: sí, aquellas escaleras eran nuestras por la continuidad. Las subimos corriendo, agarrándonos a la barandilla y llegamos al final, donde, a la derecha, había una pequeña puerta metálica y por donde la acequia estaba más escondida por un arbusto grande y espeso que me hacía creer que entraba en un lugar hermoso y desconocido. Comenzamos a gatear despacio raspándonos las rodillas hasta llegar a un sitio en el que se podía ver con facilidad todo el patio y a nuestras madres, despreocupadas, sin buscarnos con la mirada. No sé por qué, hablábamos bajito, como si alguien pudiese estar escuchando una conversación de mucho peso que, en realidad, no debió tenerlo o no el suficiente como para hacernos pensar más allá del hueco oscuro. Fueron leves las palabras. De pronto, pasó un conejo pequeño, o, al menos eso pensamos, porque algunos salieron espantados al no saber qué les había rozado. Otros nos quedamos, mirándonos los pies y las manos durante un largo rato y jurando que volveríamos al día siguiente. Pasado un tiempo salimos. La voz de megafonía anunciaba el cierre del colegio y debíamos volver a casa. Me quedé la última y, al tomar impulso al agarrarme a dos barras de metal de la puerta para salir, la vi. Era una caja rosa de dulces de Navidad pegada a la pared y tapada con hojas secas y palos. Los niños corrían a través del campo de fútbol chillando y saltando. Me detuve y eché un vistazo más amplio. Tomé la caja y la abrí. Fue extraordinario, allí había un montón de juguetes pequeños, cuadernos con pocas hojas, dibujos, lápices de colores y pines. Quise quedarme aquel tesoro y llevármelo a casa, disfrutar de él a solas, ¿quién podría haberlo guardado allí? Si lo cogía, tenía que caminar con él en la mano, a la vista de todo el mundo y de, quién sabe, el propietario o propietaria de la misma. Dejaría de ser un secreto, ya no estaría allí. Y habría lágrimas. También yo habría llorado por aquel soldadito verde con un paracaídas de plástico e hilo. Lo volví a dejar donde estaba y regresé con mi madre que, tomándome la cara, se lamió un dedo y trató de adecentar aquel ojo y aquellas cejas sin remedio.

Fue extraño. No volvimos al agujero hasta, por lo menos, un par de semanas después. En el patio, a la hora del recreo, me moría de ganas por subir la escalera y tomar, de nuevo, la caja. Destaparla y ver que los colores seguían allí era algo, de pronto, importantísimo para mí. Cuando al fin pude hacerlo allí no había nada. Sólo los rastrojos y un par de huellas de lo que se suponía que tenía que ser un conejo que habría pasado por allí.

*

A todo, no paro de pensar y volver sobre esta frase, constantemente, desde hace algunos días: «La cambiamos siempre por otra más jóven.» Es verdad. No paro de cambiar lo que vivo por lo que he vivido y por escrito.

*

Julio Romero de Torres.
Julio Romero de Torres.

Andrea T.

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