«El polígono.»

Odiaba a aquella mujer. Todo lo que una niña con nueve años puede odiar, claro está. Sí. Era como si cada vez que entraba en el aula, tuviese el poder de hacerme invisible, y así yo misma, creyéndome desvanecer por un momento, llovía. Entonces, otra persona se encargaba de ocupar mi pupitre, habitar de pronto mis cosas y hacer que dentro sólo hubiese silencio, un gran mutismo que lo encerraba todo en unas palabras que no recordaba pero que, probablemente, me habían herido con toda seguridad y me habrían marcado hasta hoy.

Siempre he estado alejada de la realidad más próxima e inmediata, tal vez siempre haya sido más propensa a la tertulia solitaria sobre simplezas extraordinarias que a cualquier otra verdad. Esta animadversión ha atravesado todas las etapas de mi vida. En ocasiones se manifestaba de forma burda dejando a un chico con el que salía desde hacía tiempo sin ningún tipo de explicación aparente, ni un solo mensaje ni una voz más alta que otra. Nada. Todo remitía al principio del fin: soy yo. Otras, en cambio, alteraba mi forma de vestir y vaciaba todo el contenido de mi reproductor de música con el fin de encontrar otro tipo de melodía que diese forma a mis emociones en aquel momento y encontrase la medida exacta de las cosas para poder bandearme sobre los parámetros convencionales de todos los niveles de lo real, empezando por el espejo. En las menos, también las más breves, tan sólo me bastaba con coger un libro y desintoxicarme de la nebulosa sólida y esquizoide repleta de inseguridades y miedos para huir unos instantes y poder respirar un poco mejor.

Una secuencia, al menos, soy capaz de advertir y reproducir sin dificultad. Mi madre había decidido unos zuecos azules, con algo de plataforma en la parte del talón. Yo había cogido un vestido beige con flores naranja y azul marino distribuidas por toda la tela, alternadas con otras bordadas cuyos pétalos estaban, a veces, vacíos en una tal vez región transparente. Le daba al vestido un tono fingido de ligereza alegre. Una fila de botones de madera separaba ambas partes; los tirantes eran gruesos y me cubrían los hombros. Era, sin duda, mi favorito. Ese día salí a la pizarra a corregir una oración; tan sólo debía separar el sujeto del predicado. Tomé la tiza de su mano y lo hice rápidamente, sin espacios, sin contratiempos. Sabía que estaba bien pero se levantó, lo borró, escribió lo mismo y, al darme la vuelta, mis compañeros ni siquiera se dieron cuenta del cambio: para ellos no había sabido hacerlo. Me senté en mi sitio y no me moví. Con la manos sobre las rodillas, no apunté nada el resto del tiempo. Dejé de existir, pese a estar en el centro de la clase; junto a mí, a derecha e izquierda, hileras de niños y niñas hablando.

He reflexionado acerca de ese momento lo que sean, quizá, millones de veces. ¿Sería mi letra más difícil de leer? ¿Fue un acto solidario para aquellos que se sentaban más allá de las primeras filas? ¿Una afirmación de poder? No, no fue nada. Únicamente algo que mi cerebro decidió almacenar en un lugar remoto que de cuando en cuando despierta y no soy capaz de reprimir: sale. Por eso, papá, me fijo en cosas como los puticlubs de carretera y sus nombres, las matrículas de los coches y los accidentes del paisaje mientras conduces. He de confesar que también en las casas abandonadas de adobe y aquellas semiderruidas en las que parecen habitar fantasmas. Más de una vez he querido parar el coche, más de ochenta y tres. Una sí que lo hice. Allí no había más que escombros. ¿Te has fijado en este polígono? Siempre me pareció curioso que hubiese construido un jardín botánico sin plantas con un techo de colores que he podido ver envejecer en cada viaje al sur. No hubo negocio. Pero sí, llevas toda la razón: es tan sólo un páramo y allí, allí no hay nadie. No creo realmente que el odio sea un sentimiento: se fue. And feelings are forever.

Años después he tenido la ocasión de volver a verla. No me recordaba, de hecho, me saludaba con la sutil ignorancia de quien se cree en la obligación de conocer a alguien cuyo nombre no es capaz de encontrar en el baúl. Su sonrisa me pareció una mueca carnavalesca. Bajé la mirada y seguí caminando. Pero aún tuvimos que pasar algunas horas juntas frente a frente. A veces las cosas tienen su conciencia de ser. Un día vino alguien que le indicó mi nombre y, de pronto, me miró y me dijo: “Cómo has cambiado, es verdad, eres tú”. Papá, ¿siempre he sido así? es decir, ¿he cambiado mucho? ¿No? ¿Qué? ¡Papá!

*

7020_TRABAJO
Duquesa de Alba y Beata -Goya.

Andrea T.

*

PD. No suelo hacerlo, sin embargo, este poema de Dionisio Cañas me gusta mucho. Gracias por él.

No time-no time-no time

No time for roses, no time for kisses, no time for lovers.

No time-no time-no time

No time for coffe, no time for donuts, no time for The New York Times.

No time-no time-no time

No time for mother, no time for father, no time for brother.

No time-no time-no time

No time for roses, no time for kisses, no time for time.

No time-no time-no time

No. 

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