«Anoche, en medio de la música»

«Del mismo modo que es necesario olvidar para seguir viviendo, es necesario también desconocer el futuro para poder esperar cándidamente a que pase el tiempo».

“Testo yonqui”, Beatriz Preciado.

Se me había olvidado lo mucho que me gustaba nadar. Ayer soñé que tenía dieciséis años y estaba en una playa que ahora no atisbaría a dibujar con claridad. El sol me picaba en los hombros y un fuerte olor a salitre salía del pelo enmarañado sobre la espalda. Ni siquiera tenía pecho suficiente como para ponerme uno de aquellos bañadores que se llevaban. Hace dos años, sí, dos años, tiré un viejo pantalón de flores rosas, rojas y turquesas sobre fondo azul marino. Ese día los tenía puestos. Cosido había un bolsillo a la altura de la rodilla derecha, donde solía haber arena y algunos cigarrillos. Acurruqué la cabeza en los brazos mientras miraba sobre el horizonte un islote; cerca flotaba un compañero de clase con una colchoneta que había aparecido aquella misma mañana en el porche de nuestro bungalow de madera. Esa noche, aún no lo sabía, dormiríamos en él porque encontraríamos una cucaracha que nos pareció en su momento tremenda dentro y nos negábamos a guardar ningún contacto con la habitación que cerrábamos. Sé que pensé: «me encantaría poder nada hasta allí». De pronto uno de mis amigos dijo: «vamos, vamos a nadar hasta allí, a ver si le cogemos». Me quité la ropa, miré a mi amiga a los ojos y pensé: «venga».

Al principio las brazadas no eran uniformes y, con la emoción, no me di cuenta de que no nadaba desde hacía cuatro años. Antes, antes…antes se me cuarteaba la piel de los hombros de vez en cuando, debía ponerme un gorro de látex y un bañador que escondía mi cuerpo; carne rota y sin formas, poca imaginación y algo de oscuridad. También solían salirme ronchas del exceso de cloro y notaba que mi espalda se endurecía cada entrenamiento, cada nueva batida, cada nuevo tiempo. Me sentía feliz de saber que, tal vez, me creía la mejor. Nadar me proporcionaba una seguridad que ni yo misma era capaz de explicar. Venía de antiguo. Una profesora, hace muchos, muchos años, hizo un pacto con nosotros. Cada semana, al finalizar la clase, salía uno de los alumnos con ella y le contaba un secreto; chisme que ninguno podíamos revelar al sernos entregado y que tan sólo compartiríamos cuando todos lo supiésemos. Siempre me pregunté: «¿lo tendrá decidido desde casa?». Aún así, recogía mi sitio con esmero, alineaba los libros que podían salir de la cajonera y daba la vuelta a la silla, poniéndola sobre la mesa con una perfección algebraica. Las semanas fueron pasando y, tras diversas conjeturas, estadísticas y números, ella no decía mi nombre. El compañero o compañera que volvía traía consigo un gesto amable y sereno. «¿Qué haré mal?», me decía. «Es por mí, por mi forma de actuar, porque soy una niña fea. Son mis gafas, mis dientes. ¿Qué hago mal?». Cuando dejé de esperar que me llamase, me miró y me dijo: «sal conmigo». No había recogido nada, los lápices estaban sobre la mesa. Me miró a los ojos en el pasillo un rato hasta que, finalmente, me dijo que si sabía que tenía que decirme. «No», dije, «No lo sé». Sacó una caja de madera con una bailarina dentro que comenzó a girar. También tenía adosado un pequeño espejo. «¿Qué ves?». «A mí», musité. «Sí, eso es. Eres uno de mis tesoros, todos vosotros lo sois. Dentro de vosotros tenéis alojados vuestros sentimientos y vuestra esencia; durará todo lo que dure vuestra vida». Aún no recuerdo por qué dejé de nadar. Pero sí sé que nunca más me vi en un espejo como pude verme en aquel. No suelo prestarles mucha atención, no tienen mucho que decirme. Ya nadie los sostiene y maquilla lo real. Nada fue, desde ese momento, un paisaje seguro para mí, ni siquiera feliz por extensión.

Una ola me dejó sin respiración. Tragué bastante agua y mis pies no tocaban el fondo. Me hundí, me hundí como se hunde una piedra que se ha cogido de la orilla de la playa, se acaricia entre los dedos unos instantes hasta que, de pronto, una sacudida eléctrica hace estremecerse al brazo, el nuestro, y la lanza lejos, todo lo lejos que podemos arrojar algo sin maldad. El piso parecía haberse desvanecido; todo era el mar menos yo. Tomé impulso y subí a la superficie. Giré sobre mí con la ayuda de un leve aleteo que sí conservaba hasta adivinar la figura de mi amiga, nadando lo más rápido posible por temor a los peces o a qué sé yo, ¿Jaws? Al llegar nos subimos con dificultad y nos raspamos las yemas de los dedos y las rodillas. Nadie se había quedado cuidando de nuestras cosas; las vigilábamos desde allí. Pintado sobre el horizonte no parecía tener tantos restos de gaviotas y conchas con espuma seca amarilla y gris. Volvimos pronto a la playa. Desde lo alto de la roca, me tiré de cabeza al agua. Sentí mucha libertad y me puse a nadar. Vigor, constante. El viento abrazaba mi cuerpo cuando lo dejaba salir de vez en cuando. No miré atrás ni una sola vez…incluso buceé con los ojos bien abiertos y vi el fondo del mar, opaco y ondulado. Al llegar lo que hicimos fue…es decir, nos pusimos a…no sé. No recuerdo ahora…nada. Es como si se hubiese borrado, como si ya no estuviese. Un momento, déjame pensar. Aunque sea un momento. No. No lo hagas. Es verdad, se me ha olvidado; no recuerdo más. Me pongo a llorar. También lo he olvidado. Será que no quiero regresar.

*

«El cambista y su mujer» (1538), Marinus Van Reymerswaele, imitación de Quentin Metsys.
«El cambista y su mujer» (1538), Marinus Van Reymerswaele, imitación de Quentin Metsys.
A,

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