«No es para tanto»

Las palabras de este título se deben al final de una anécdota pseudoautobiográfica de una novela de Argullol (Visión desde el fondo del mar, 2010). Un chiquillo rescataba a una abeja del agua mientras mecía sus manos en la barca. Aquella vez decide hacerlo, pese a haberse visto en aquella situación antes. Se dirige a su padre corriendo, con la abeja entre la mano y el brazo, cuando, de pronto, al enseñársela, le pica y vuela. Aguanta las lágrimas como puede mientras su padre le mira, no sin cierta comprensión, y le indica que orine a un lado del camino. De esta manera podrán hacer barro y aplicarlo sobre la herida. Obedientemente atiende las palabras del padre y, al llevar a cabo el proceso, le dice que no quiere su ayuda y se da la vuelta. Comienza a llorar y le cuenta todo lo sucedido en la barca. Le mira y profiere esas cuatro simples palabras a las que añado «…espera lo que vendrá después». Y eso, en resumidas cuentas, es lo que todos, en mayor o menor medida, hemos experimentado.

Todo comenzó o, acaso, comenzase cuando tenía seis años. Tal vez siete. Ahora mismo no recuerdo bien cuántos se tienen en primero de primaria. Aquella mañana me vestí de blanco, como la novia que nunca seré, y mi madre me puso una cinta en el pelo, las gafas y unos pendientes pequeños, de perlas, muy discretos. Hice la mochila; no llevaba nada excepto un estuche con mis pinturas favoritas. Con ellas pintaba cuando iba a casa de mi abuelo. Hubo un tiempo en el que no dejaba de decirme que quería que fuese «una gran pintora» estilo Remedios Varo o Maruja Mallo. No sucedió. Es decir, no ha sucedido. Al llegar al colegio, mi madre me dio un beso en la mejilla y se despidió de mí. Tomé las cintas de la mochila y me las apreté a la espalda. Seguí a las madres que sí se atrevieron a entrar con los otros niños y subí a la que, creía, era mi clase. Casi todos los pupitres, organizados de cuatro en cuatro, estaban completos, menos uno en el que se peleaban un niño y una niña tirándose del pelo y un niño que miraba distraído por la ventana (aquella «rebelde» seguiría, a día de hoy, siendo una de mis mejores amigas). Tenía los ojos rojos; luego supe que había llorado. Nos presentamos con la facilidad con la que se presentan las personas en estas edades: «¿Quieres ser mi amiga?». Luego ya viene el nombre, eso siempre viene después. Me subí el puente de las gafas y me agaché a coger mi estuche para enseñárselo a mis recién incorporadas amistades. Vi pañuelos llenos de mocos húmedos a los pies de mi compañero. Mientras curioseaba por aquellos mundos, un sonido espantoso hizo que se me cayesen las gafas y tuviese que agacharme a por ellas. No veía absolutamente nada. Escuche: «tsss, siéntate, ha entrado la profesora y ha cerrado la puerta». Me levanté, acicalé y estiré el vestido, ahora, lleno de polvo y tomé asiento. Hice como que colocaba mi mochila y me di la vuelta con las manos entrelazadas sobre la mesa. Mi primera gran reunión. La puerta estaba cerrada, ya no entraría nadie más. Miré a todos mis compañeros y me di cuenta de que no conocía el nombre de ninguno de ellos. Tenía tres, eso sí, pero anónimos. Pequeño espectáculo de infantes anónimos. ¿Quién se encargaría de traer los donuts a la siguiente?

La profesora empezó a hablar, nos indicó su nombre, cómo podríamos dirigirnos a ella, lo que íbamos a hacer, sus gustos, sus aficiones, las normas de la clase… me mantuve impávida observando la puerta. Tenía un manillar metálico de color dorado y un agujero chiquito en el centro. Era redondo y estaba un poco desgastado por el uso. La puerta era blanca y tenía una ventana rectangular en posición vertical en el centro. De pronto me sobresalté. Apareció otra figura de mujer. Le hacía señas a la profesora de dentro; no parecía escuchar sus palabras mudas. Pero se percató de ellas al ver que había una niña que no le prestaba, en absoluto, atención. Sin dejar de mirarme la abrió, saludó a su compañera y la cerró. Entendí que aquel gesto era una contraseña implícita que nos hacía diferentes y marcaba la distancia entre todos nosotros. Ni siquiera, cuando atravesásemos aquella puerta, por distintos motivos, seríamos las mismas personas. Siempre he respetado lo que, para mí, simbolizan «las puertas». Retomando todo lo anterior, escribiendo desde el día de hoy, diré que no, que al final es cierto que «no es para tanto». Es, sin duda, «para más».

*

Juan Benet y Carmen Martín Gaite.
Juan Benet y Carmen Martín Gaite.

Andrea T.

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