Tengo miedo.

*

Lloro a todas horas.

Cuando tengo miedo, lloro.

Siempre tengo miedo.

Tengo miedo de que las cosas empiecen a aburrirme, aún más de que ellas se aburran de mí. Y me echen, me rehuyan para siempre: no las cosas, las personas. Tengo miedo de no saber si podré estar en algún lugar sola. Este temor se adentra en mi cuerpo desde una epifanía sucia: una conversación con una amiga en un servicio de una biblioteca. Me veo preguntándole estúpidamente “y cuando vas sola al gimnasio, ¿no te da apuro?”. Lo que en realidad quiero decirle es que si no siente miedo. Miedo de sentirse sola, aunque sólo sea por un momento y ni siquiera sea cierto. Unas palomas arrullan desde alguna oquedad de las vigas del edificio.

Me aterroriza el hecho de no poder recordar lo que digo, cómo y cuándo lo digo. Sólo me basta mirarte y ver que tú ya no recuerdas si es mayo o diciembre y comes mirándonos y riéndote al asistir a un festín de lentejas y solomillo en sábado con unas personas que parece que te quieren. Tenía miedo de que no te acordases de mi nombre aquel día al abrirte la puerta. Temía que tan sólo entrases y sonrieras al pasar a mi lado. Yo ya no sería nadie; habría muerto en tu memoria. Se embruteció mi miedo y aún pude tener más.

Cada vez que escribo tengo más miedo. Por hacerlo mal. Por hacerlo bien y acertar. Errar. Errata. Error. No escribas, es un acto de amor. Y la lectura de otros empieza a ser sangrante. Tengo miedo de que ya no me quieras. Y que un día me digas “eres bonita, pero esto se acabó”. Pero eso ya sucedió antes, mucho antes de conocernos, y sin embargo temo, porque la historia es cíclica, circular, repleta de anacolutos y saltos sintácticos abruptos. Temo ser un punto. Un pequeño, diminuto punto. Como esas pruebas de tatuaje que te hacen en tiendas cavernarias de la ciudad y te hacen volver a la semana siguiente para ver que la piel no ha enrojecido y que todo va bien. Temo ser una prueba de algo que no puedo interpretar o representar: no reconozco el cuerpo, no me reconozco en él. No me pertenece. Yo no soy más mi cuerpo. No parece existir el amor, no hay rastro del sexo. Por eso tengo miedo de decirme a mí misma ‘mujer’. El sueño de la razón no se pronuncia a este respecto.

Lo único que no tengo miedo es a crecer. (Corrijo) Lo único que no temo es el paso del tiempo. Eso ya no me da miedo. Pero tengo miedo, porque aquello ya pasó y aún tengo miedo.

Lloro a todas horas.

Cuando tengo miedo, lloro.

Siempre tengo miedo.

*

Supongo que… debemos elegir el camino de los valientes, como Rosa Chacel.

Rosa Chacel.
Rosa Chacel.

a,

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