Entantoquederosayazucena

Te voy a decir lo que temes, enano vulgar: te aterra tu sombra sobre lo verde. Cuando tengas la cortesía de levantar una de tus extremidades inferiores, comúnmente denominada pierna (oh, sí, levanta de una vez tu maldito zapato de la hierba, venga),  te estremecerá el sonido que la sombra hará mientras te elevas y te tambaleas y no tienes a quién -no hay Dios que- asirte. Tú, que casi como una deidad gobiernas, verás cómo has ennegrecido el suelo, aplastado unos cuantos filamentos de clorofila y comenzado a establecer un sendero guía.

¿De qué material pensabas que estaban trazados los caminos? ¿De tiza? ¿Acuarelas? ¿Llantos? No m’hija. Ten constancia de tu cuerpo, de tu vida y de tu mente. El hecho es tener la delicadeza y el amor: en el fondo no queremos decir “Yo vivo”, como quien afirmó sin miedo “Yo Claudio” y se dispuso a matar al resto de los leones. Si nos aventuramos a “vivir”, lleva consigo, de la mano, “morir”, es decir, la muerte (no debes rechazar esta palabra, tan solo designa una realidad, como tantas otras, para eso se idealizaron,parieron,moldearon,abrazaron,comercializaron). Y “amar”. Que es olvidarse de uno y comenzar a recordar al otro para, tras muchos años de incertidumbre, recordar quiénes éramos junto a otra persona que asimismo relegó su identidad en pos de una búsqueda bimembre. De pronto exclamaréis, casi al unísono: ¡Eres tú! Surgirá el escalofrío del reencuentro.

Lo malo de todo esto, si es que algo quedase entre tanto alcohol y una buena cantidad de humo en el corazón, es el eterno leitmotiv del horror, el pánico o la alarma. Inútilmente creemos que el amor, de ser lineal, será poco amor porque no duele, no destroza, no hace que te atrevas a circundar “quitarte la vida y no volver”. Un alcohol lento y tibio que te envalentone ante… ¿quién? Nos inmoviliza la idea de amar hasta un punto total en el que reconozcamos ese estado en equilibro dichoso que se convierta en rutina, en normalización de los afectos y en monotonía chopiniana. Porque en ese momento nos pueden tirar a la basura, desechar lo que somos y arrojarnos a la más cruel de las enfermedades: la negación. El espanto que provoca no ser querido por la persona amada, quien es a su vez, aquella que reconoce que vivimos: nuestro interior palpita a través de otra existencia. ¿Cómo debemos percibir esto? ¿En qué grado nos afecta? El amor es una consecuencia de la vida. Y tal vez cualquier atisbo de pregunta capciosa sobre esta instancia tan de nosotros, tan discutida, tan escrita, tan follada, tan divertida, nos hará desvanecernos para siempre. Para qué preguntar en el amor, para qué preguntar si podemos acabar en la nada, donde ya no queda nadie.

Max Erns, "La puberté; pintor surrealista alemán.
Max Erns, “La puberté; pintor surrealista alemán.

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