Y no sale de la ropa.

No soy capaz de escribir una línea y, sin embargo, debo taparme la boca porque no para de chorrearme un líquido tóxico que me entumece las encías y me decolora los dientes de un color, muy concreto, muy determinado y casi nombre propio, que algún empleado mal vestido puso en aquella caja que bombea como quiere impulsos espasmódicos e irregulares. Ya basta. Lo voy a dejar todo absolutamente perdido de tinta. Ya es suficiente, corazón, ya vale. Las manos me van a manchar la cara y nadie va a querer ni siquiera acercarse. Y no sale de la ropa, no sale. Ni un cochino beso en la mejilla. No habrá leche que deshaga este entuerto, ni frotando al genio. Y poco o nada me importa la connotación pornográfica que destilen las dos últimas frases que he compuesto como he querido. Parto de que para mí es un instrumento grotesco y que prefiero denominar “festival erótico festivo”, y todo lo erótico es divertido, lo divertido es triste y de ahí la tragicomedia y el eros, amigos, el amor. Escribir es un (puto/neto) acto de amor. Y eso sí que no sale de la ropa.

Test de Rorschach.
Test de Rorschach.

a,

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