Una verdadera historia de amor.

A una lectora, maestra, profesora, que hoy me encontré en el pasillo y a quien pude darle dos tristes besos. Tristes por la prisa con la que se los di. No lo sé. De verdad. No sé si he experimentado pena o temor al encontrarme en la calle mirando a un edificio como abotargada y muda. Mi cabeza se inclinaba hacia delante sin parar y tenía que sujetármela ante la imposibilidad de volver a pensar de nuevo de forma igual a la que lo hacía hace unos meses. Las gafas de sol, antiguas y tristes, se me han caído al suelo. Y hace tan, pero tan bueno, que me voy a quedar en manga corta, ¿por qué no? noto cómo los rayos de sol penetran mis mejillas y se responsabilizan de su color y qué bien. El tornillo ha terminado de soltarse del todo y al recogerlas me he quedado con la patilla en la mano. “Joder”, he pensado. Al poner cara de circunstancia me he dado cuenta de que estaba sola en la calle y que el autobús que venía hacia mí no pararía porque no me llevaba donde yo quería. Nuestros intereses se habían distanciado, podríamos decir. Lo que sí es cierto, y que no me provoca la menor duda -en absoluto-, es la imagen anquilosada de un niño en la retina. Lleva el pelo alborotado, oscuro, desordenado, todo lo mismo. Se apoya en su brazo distendido, relajado, sin miedo sobre la mesa, e invade la de su compañera que observa la vida tras el cristal con un lápiz en la boca -el lápiz está hecho de una madera que se va mojando de forma gradual hasta reblandecerse hasta el punto de provocar una mueca de, sí, voy a decirlo, por qué no, de repelús, grima, asco. Yo también lo hacía y ahora sigo- mientras alguien detiene su atención en un punto y se la lleva como en un rapto cruel. Sonríe mientras escribe -¿qué escribirá?- y el reloj no para de caminar, de avanzar de echarnos a todos a perder, de envejecernos -tú también envejecerás y tuyo, desde luego, no es el Reino de los cielos, es el reino de la nada, de la inanición sapiencial recluida a tu estantería repleta de libros amarillentos, a tu memoria, a esas mentes que se te escapan y que no puedes presidir, que no puedes gobernar, que no puedes castigar y que se mezclarán en tus ojos, tú, impasible, profesor, figura eterna-. Las cortinas se mecen suavemente y se descalza como si estuviese en su casa. Algunos bolígrafos reventados por el suelo acompañan a los dientes que coronan las hojas de cuadros -que no das a basto para recoger y que, mil veces has repetido, no es tu obligación hacerlo y siéntate bien, por favor, que estamos en clase- pero yo sigo, sigo mirando a un niño que crece ante mis ojos mientras me toco los brazos y abrazo lo poco que queda de mí y lo mucho que dejo en este aula. Parece como si el aparato que esclaviza su boca se fuese desprendiendo hasta la nada. Una boca llena de chicle y azúcar que no retrocede. De momento ni tabaco, ni alcohol ni café, eso es otro, es otro tiempo, las cosas tocan en otro tiempo, en otros tiempos, en otros lugares, otras personas. Que te dejen crecer -me gustaría decirle-, que te dejen crecer. Ahora me pregunto, ¿dónde quiero ir? Guardo la imagen. La pena y el temor se deben a la misma raíz: qué terrible sensación de orfandad -pero sí debes saber que nadie te tiene miedo, ya nadie teme. En el fondo, ni siquiera sé qué pensarás. Pero ya no me importa. Soy otra-.

Esta fotografía está dedicada a mi amiga Lola, a quien quiero bien, como decía Miguel Hernández hablando de su amigo Ramón Sijé. Hermosa es la juventud de Bolaño, hermosa.
Esta fotografía está dedicada a mi amiga Lola, a quien quiero bien, como decía Miguel Hernández hablando de su amigo Ramón Sijé. Hermosa es la juventud de Bolaño, hermosa.

Un beso fortísimo a mi amiga Nela en el día de su cumpleaños, auténtica profesora del futuro y que tiene los bolígrafos mordidos por el capuchón. a,

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