In principio era il dolore.

Al enviarme tú, que eres a quien me dirijo, destinatario y condición de mi escritura, esas imágenes sobre turistas italianos en el museo de El Bardo, grabadas de forma inconsciente e irreversible, he sentido incertidumbre ante el dolor. Una lágrima caía por mi mejilla a medida que la flecha que indica los minutos restantes se consumía y no la he podido sentir: era el dolor. Siempre se dice que los seres humanos poseen distintos rangos o grados de afección psíquica ante una situación tremebunda o que cause dolor. Nunca antes había pensado que aludía al dolor físico e imaginaba un samurái siendo tatuado en la pierna de algún chico de barrio mientras caía una gota de sudor frío por su nuca y se notaba, apenas perceptible, entre tanta virilidad, el llanto de un crío y el chirriar de dientes.  Poseemos un umbral del dolor. A todos nos duele. El dolor físico es casi un olvidado: vivimos tiempos de profundo dolor espiritual, acecho que creíamos haber desestimado en esta sociedad de la desinformación, en la que nadie nos habla de él, ni de la muerte ni tampoco de que todos estamos vivos. ¿Sabrán los niños? Protección, protección, protección. Y por eso, tal vez me digo, he llorado como una niña mirando la ventana y los árboles agitados por el viento de marzo.

*

Ni siquiera fui capaz de terminar El libro del desasosiego de Pessoa. Si algún día lo logro, sabré que he aprendido a manejar el dolor, mientras tanto, seguiré aprendiendo. Eran apenas unas páginas que no me dejaban continuar.

*

Fernando Pessoa retratado por Amadeo de Souza-Cardoso.
Fernando Pessoa retratado por Amadeo de Souza-Cardoso.

a,

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(fragmentación)

(fragmentación)

and the universe side from my side / y el universo se me destajaría del costado

A birthday present / Regalo de cumpleaños, «Ariel». Sylvia Plath

Y cuando a veces me sorprendo mirando tus fotografías, tan sólo encuentro destellos de risa y de llanto que tanto quiero, y con quienes tanto juego y planeo sobre la conjugación del futuro mientras la aromática melodía me susurra: fin, fin, fin, temblando de frío y de sueño.

Bellmer y Zürn.
Bellmer y Zürn.

A,

Hay que leer más.

Llevo tres días en casa semi-encerrada con João Gilberto bajito, al término de un trabajo sobre un comentario de un poema de Olvido García Valdés, procedente del poemario Y todos estábamos vivos (2006), que está teniendo en mí efectos adversos: por un lado la odio en ocasiones y escupo sobre la pared pensando “¿podrías dejar de llevar razón, podrías?” en otros me doy cuenta de que se trata de un mero trabajo de literatura que deberé entregar cuanto antes y que, una vez realizada la entrega, las horas que en él he invertido habrán cumplido su misión. (Por favor, hasta hablo de “él” como ente vivo, soy una obsesiva compulsiva). El problema es que para mí no existe la concepción de “mero trabajo de literatura” y entro en un estado anímico muy extraño que tiende a camaleonizarse de forma estúpida con lo que se está leyendo. Y de verdad que a veces pienso que soy la única enferma que se pone a buscar vídeos en Youtube o entrevistas en foros muy 2003 en los que se debate sobre esto o aquello y que llegan, incluso, a interesarme tanto, que me los leo hasta el final. Nunca he llegado a intervenir porque creo que comentar de pronto sería brusco y anacrónico; ganas no me han faltado.

Lo que quiero decir con esto es que, mientras veía uno de esos vídeos en los que llevan al pobre poeta de turno como el santo grial a uno de esos institutos de provincia y son grabados por un amateur, temo que constituyan, que sean simples cápsulas atemporales en las que alguien algún día vivirá porque habrá muerto y toco la pantalla de repente, como despacito, pensando que ya no será en un poema, ni en un cuadro o en un epistolario manoseado. Será en un vídeo y todos seremos muy post-modernos y tristes.

*

No sé, sinceramente, es la segunda vez que trabajo con la poesía de esta gran poeta, porque lo que es, es y lo que no es, no es, en plan Parménides, y se me contagia la sensibilidad del que todo lo escucha, del que todo lo ve. El tiempo. Y perdonad, de corazón, esta salida tan patética y nostálgica pero es que me apetecía contarlo hoy, por ser domingo y aburrirme al escribir la bibliografía.

Unica Zürn es increíble.
Unica Zürn es increíble.

A,

Malgré le bruit de la rue.

Se dice que nada /tiene esto que ver con el amor.

Del ojo al hueso, Olvido García Valdés.

El chamanismo que confiere el grito

de la loba sobre el cosmos del ágora

o

el infierno del laberinto claro,

en el bosque solitario: la alucinación

del silencio y…

Crepitarán desde

la magulladura, la salida, mundo en cápsulas

digestibles, asequibles, asibles:

reales o irreales.

Fotografía de una de las representaciones de "El Público".
Fotografía de una de las representaciones de “El Público”.

a,

Tercos, tristes, tenaces

Escribir. Ya no. No sirvo. Persisto e insisto contra todo y contra nadie. Escribir. No lo entiendo, pero me hace sentir que existo aunque no sirva, sirvo y escribo.

Me

Desconcierta,

desahoga, destierra

Deshumaniza,

desnuda, descabala, desata

Desesperanza,

destornilla, desmiente, desconoce, desmoraliza,

Desespera

desvirga, desvela, desnuda,

Desgarra,

descubre, despierta

Me

Desea

Y aún así escribo. Aunque no sirvo: también deseo y necesito.

– – – – – – – – – – – – – – – –

Avanzamos a una poética plena en futuros perfectos.
Avanzamos a una poética plena en futuros perfectos.

a,

Entantoquederosayazucena

Te voy a decir lo que temes, enano vulgar: te aterra tu sombra sobre lo verde. Cuando tengas la cortesía de levantar una de tus extremidades inferiores, comúnmente denominada pierna (oh, sí, levanta de una vez tu maldito zapato de la hierba, venga),  te estremecerá el sonido que la sombra hará mientras te elevas y te tambaleas y no tienes a quién -no hay Dios que- asirte. Tú, que casi como una deidad gobiernas, verás cómo has ennegrecido el suelo, aplastado unos cuantos filamentos de clorofila y comenzado a establecer un sendero guía.

¿De qué material pensabas que estaban trazados los caminos? ¿De tiza? ¿Acuarelas? ¿Llantos? No m’hija. Ten constancia de tu cuerpo, de tu vida y de tu mente. El hecho es tener la delicadeza y el amor: en el fondo no queremos decir “Yo vivo”, como quien afirmó sin miedo “Yo Claudio” y se dispuso a matar al resto de los leones. Si nos aventuramos a “vivir”, lleva consigo, de la mano, “morir”, es decir, la muerte (no debes rechazar esta palabra, tan solo designa una realidad, como tantas otras, para eso se idealizaron,parieron,moldearon,abrazaron,comercializaron). Y “amar”. Que es olvidarse de uno y comenzar a recordar al otro para, tras muchos años de incertidumbre, recordar quiénes éramos junto a otra persona que asimismo relegó su identidad en pos de una búsqueda bimembre. De pronto exclamaréis, casi al unísono: ¡Eres tú! Surgirá el escalofrío del reencuentro.

Lo malo de todo esto, si es que algo quedase entre tanto alcohol y una buena cantidad de humo en el corazón, es el eterno leitmotiv del horror, el pánico o la alarma. Inútilmente creemos que el amor, de ser lineal, será poco amor porque no duele, no destroza, no hace que te atrevas a circundar “quitarte la vida y no volver”. Un alcohol lento y tibio que te envalentone ante… ¿quién? Nos inmoviliza la idea de amar hasta un punto total en el que reconozcamos ese estado en equilibro dichoso que se convierta en rutina, en normalización de los afectos y en monotonía chopiniana. Porque en ese momento nos pueden tirar a la basura, desechar lo que somos y arrojarnos a la más cruel de las enfermedades: la negación. El espanto que provoca no ser querido por la persona amada, quien es a su vez, aquella que reconoce que vivimos: nuestro interior palpita a través de otra existencia. ¿Cómo debemos percibir esto? ¿En qué grado nos afecta? El amor es una consecuencia de la vida. Y tal vez cualquier atisbo de pregunta capciosa sobre esta instancia tan de nosotros, tan discutida, tan escrita, tan follada, tan divertida, nos hará desvanecernos para siempre. Para qué preguntar en el amor, para qué preguntar si podemos acabar en la nada, donde ya no queda nadie.

Max Erns, "La puberté; pintor surrealista alemán.
Max Erns, “La puberté; pintor surrealista alemán.

a,

La aurora los unió sobre la cama.

¿Qué percibo como otro? ¿A qué llamo, realmente, otro? ¿Por qué amo a lo otro y no a lo igual? ¿Es porque con lo otro hago el amor y con lo igual tan sólo jodemos? Recreamos en nuestro cuerpo el quemazón que produce el contacto con el otro porque precisamente esa instancia denotará aquella piel que identifiquemos con la cara otra del espejo de nuestra identidad, sin adjetivos, ni géneros, ni sexos, ni ideologías, ni estéticas insomnes y brutas. Lorca lo dijo, Madam Tusquets aussi: nos vestimos de los lametazos y nos bañamos en ropa que los oculte para poder caminar por la calle como personas que no han experimentado aún la llegada del amor. Es verdad, usaron otras palabras pero todos acabamos de alguna forma u otra refiriéndonos a la concepción de l’amour total como la verdad que ocultamos sin éxito.

Tienes los perfiles de las orejas llenos de polen y las mejillas sonrosadas viviendo de pleno en la oscuridad.

La importancia de toda esta sarta sentimentaloide parte de una reflexión única, particular por producirse una vez, y tener a posterior conciencia de ella para siempre. Reconocer al otro es un auténtico ejercicio de desposesión de uno mismo: lo acepto en convivencia, que no en sumisión, conmigo mismo. El problema surge a la vista de que no todos los habitantes de las galerías recrean los mismos recorridos en las diferentes estancias. Aquel se quedó a vivir para siempre. Los pasos de otros son repeticiones de un sonido mater. Nuestro own kind of music como el que en su día interpretase Mama Cass Elliot.

Federico García Lorca y Rafael Rodríguez Rapún.
Federico García Lorca y Rafael Rodríguez Rapún.

a,

Y no sale de la ropa.

No soy capaz de escribir una línea y, sin embargo, debo taparme la boca porque no para de chorrearme un líquido tóxico que me entumece las encías y me decolora los dientes de un color, muy concreto, muy determinado y casi nombre propio, que algún empleado mal vestido puso en aquella caja que bombea como quiere impulsos espasmódicos e irregulares. Ya basta. Lo voy a dejar todo absolutamente perdido de tinta. Ya es suficiente, corazón, ya vale. Las manos me van a manchar la cara y nadie va a querer ni siquiera acercarse. Y no sale de la ropa, no sale. Ni un cochino beso en la mejilla. No habrá leche que deshaga este entuerto, ni frotando al genio. Y poco o nada me importa la connotación pornográfica que destilen las dos últimas frases que he compuesto como he querido. Parto de que para mí es un instrumento grotesco y que prefiero denominar “festival erótico festivo”, y todo lo erótico es divertido, lo divertido es triste y de ahí la tragicomedia y el eros, amigos, el amor. Escribir es un (puto/neto) acto de amor. Y eso sí que no sale de la ropa.

Test de Rorschach.
Test de Rorschach.

a,

Una verdadera historia de amor.

A una lectora, maestra, profesora, que hoy me encontré en el pasillo y a quien pude darle dos tristes besos. Tristes por la prisa con la que se los di. No lo sé. De verdad. No sé si he experimentado pena o temor al encontrarme en la calle mirando a un edificio como abotargada y muda. Mi cabeza se inclinaba hacia delante sin parar y tenía que sujetármela ante la imposibilidad de volver a pensar de nuevo de forma igual a la que lo hacía hace unos meses. Las gafas de sol, antiguas y tristes, se me han caído al suelo. Y hace tan, pero tan bueno, que me voy a quedar en manga corta, ¿por qué no? noto cómo los rayos de sol penetran mis mejillas y se responsabilizan de su color y qué bien. El tornillo ha terminado de soltarse del todo y al recogerlas me he quedado con la patilla en la mano. “Joder”, he pensado. Al poner cara de circunstancia me he dado cuenta de que estaba sola en la calle y que el autobús que venía hacia mí no pararía porque no me llevaba donde yo quería. Nuestros intereses se habían distanciado, podríamos decir. Lo que sí es cierto, y que no me provoca la menor duda -en absoluto-, es la imagen anquilosada de un niño en la retina. Lleva el pelo alborotado, oscuro, desordenado, todo lo mismo. Se apoya en su brazo distendido, relajado, sin miedo sobre la mesa, e invade la de su compañera que observa la vida tras el cristal con un lápiz en la boca -el lápiz está hecho de una madera que se va mojando de forma gradual hasta reblandecerse hasta el punto de provocar una mueca de, sí, voy a decirlo, por qué no, de repelús, grima, asco. Yo también lo hacía y ahora sigo- mientras alguien detiene su atención en un punto y se la lleva como en un rapto cruel. Sonríe mientras escribe -¿qué escribirá?- y el reloj no para de caminar, de avanzar de echarnos a todos a perder, de envejecernos -tú también envejecerás y tuyo, desde luego, no es el Reino de los cielos, es el reino de la nada, de la inanición sapiencial recluida a tu estantería repleta de libros amarillentos, a tu memoria, a esas mentes que se te escapan y que no puedes presidir, que no puedes gobernar, que no puedes castigar y que se mezclarán en tus ojos, tú, impasible, profesor, figura eterna-. Las cortinas se mecen suavemente y se descalza como si estuviese en su casa. Algunos bolígrafos reventados por el suelo acompañan a los dientes que coronan las hojas de cuadros -que no das a basto para recoger y que, mil veces has repetido, no es tu obligación hacerlo y siéntate bien, por favor, que estamos en clase- pero yo sigo, sigo mirando a un niño que crece ante mis ojos mientras me toco los brazos y abrazo lo poco que queda de mí y lo mucho que dejo en este aula. Parece como si el aparato que esclaviza su boca se fuese desprendiendo hasta la nada. Una boca llena de chicle y azúcar que no retrocede. De momento ni tabaco, ni alcohol ni café, eso es otro, es otro tiempo, las cosas tocan en otro tiempo, en otros tiempos, en otros lugares, otras personas. Que te dejen crecer -me gustaría decirle-, que te dejen crecer. Ahora me pregunto, ¿dónde quiero ir? Guardo la imagen. La pena y el temor se deben a la misma raíz: qué terrible sensación de orfandad -pero sí debes saber que nadie te tiene miedo, ya nadie teme. En el fondo, ni siquiera sé qué pensarás. Pero ya no me importa. Soy otra-.

Esta fotografía está dedicada a mi amiga Lola, a quien quiero bien, como decía Miguel Hernández hablando de su amigo Ramón Sijé. Hermosa es la juventud de Bolaño, hermosa.
Esta fotografía está dedicada a mi amiga Lola, a quien quiero bien, como decía Miguel Hernández hablando de su amigo Ramón Sijé. Hermosa es la juventud de Bolaño, hermosa.

Un beso fortísimo a mi amiga Nela en el día de su cumpleaños, auténtica profesora del futuro y que tiene los bolígrafos mordidos por el capuchón. a,

(alma del corazón, cantares)

ven esta noche a mi sueño un instante,

ven que te oiga, con levísimas flores

Olvido García Valdés.

Hoy nos han dicho “todo vacío confunde el silencio”, y es verdad. Es cierto porque alguna de las mentiras que nos creemos cada día tenía que calar en nosotros en algún momento. Tal vez no nos hayan insistido en esto, quizá haya sido mi memoria quien ha trazado estas palabras de forma poco hábil en el recuerdo a corto plazo que en este momento escribo con el temor infundado de olvidar para siempre. Lo que sí sé, lo sé, que cuando nos sentimos solos estamos como deshabitados y de ahí el sinónimo, en mi opinión poco acertado, de vacío. Significan cosas muy diferentes, de hecho tan diferentes que…; cuando quiero decir estoy atontada, como vacía digo, explícitamente, que nada antes me había llenado y que yo era como un recipiente, una oquedad que ya no, ya no espera nadie, a nada. Si por el contrario quiero referirme a mi angustia torpe y sin raíces me diré estás deshabitada, mujer y entonces constataré que todo el mundo se ha marchado y que nadie queda ya, nadie. Por eso a veces me prohibo pensar qué puede estar saliendo mal; estoy escogiendo mal las palabras. Nosotros no, en cambio, nosotros somos un grupo de críos que todo se creen porque no escuchan. Quizá, por tanto, yo que sé, tengamos escucha selectiva mientras jugamos.

La culpa es de uno, y nada más. No del otro.

El carro de heno, El Bosco.
El carro de heno, El Bosco.

a,