La trifulca en el patio de las buganvillas.

Con no poco acierto decía John Donne a propósito de aquellas creencias imperecederas que nos acompañan, por lo menos, un trecho del camino: «quien no tiene ninguna virtud no puede simular ninguna». Y es que, con el corazón palpitando en la palma de nuestra mano, ¿quién, decidme, quién de entre esta humilde audiencia, no ha creído a ciegas en una persona en concreto? Es decir, creer, creer, creer, como si hablásemos de la mística que emana un catecismo oscuro, un dogma, una ley, la palabra alumbrada desde las fauces malolientes y estipuladas del pensamiento hasta un entorno apacible, la conversación. ¿Qué es, a fin de cuentas el amor? Hablo del amor como concepción estoica, no el que se identifica con el sufrimiento y la pasión que cae como puñales. Me refiero a la desposeída, carente de dolor y, bueno, transformadora de toda aquella superficie sobre la que se proyecta. Pues bien, el amor es una virtud. Y quien no la posee no puede vestirse de ella. Y esto no es más cierto que cualquier otra cosa que se haya dicho ya y con la que nos alimentemos a diario. La cuestión es, ¿te crees o no te crees las actuaciones que perpetramos a diario? Actores, o sea, puro teatro.

clorosi

a,

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