Vocación literaria.

Hace no mucho tiempo, se paró a recordar, perdón, fue invitada a recordar unas palabras de un tipo no muy simpático, todo sea justicia y no quede vanidad, que venían a decir algo así como “¿acaso es que no come usted?” a lo que le respondía “sólo cuando el papel guionizado que interpreto hace referencia ex profeso al proceso de la ingesta”. “No sea usted tan retórica señorita, ¿desayunó esta mañana?”, “No, no me da la gana”. “¿Educación ha recibido usted o tampoco?” a lo que cortesmente, entonces sí lo intentó, otras veces se cuela algún que otro “eres un cabrón, joder” y que no falte;  dijo “si con ‘esta mañana’ entiende cualquier mañana, sí, desayuné”. “Debería escribir todo aquello que le atormenta: un vaso de leche, un poco de cacao en polvo, unas galletas perseguidoras por el corredor, todo”. “¿Ah, sí? Qué motivo tiene usted, es decir, qué razón debo tener para ponerme a escribir sobre cualquier cosa.”. Se inclinó levemente sobre la mesa de madera que cojeaba y simplemente dijo “la pasividad es destructiva”. “Eso es de un libro”. “Nada, no importa, nada”. Lo peor del caso es que aquel tipo tenía un bigote barredor y algo dictatorial. Nadie es perfecto. (“Eso es de una película”. “bueno, ¿y qué?”. “Nada”.) a,  

La trifulca en el patio de las buganvillas.

Con no poco acierto decía John Donne a propósito de aquellas creencias imperecederas que nos acompañan, por lo menos, un trecho del camino: «quien no tiene ninguna virtud no puede simular ninguna». Y es que, con el corazón palpitando en la palma de nuestra mano, ¿quién, decidme, quién de entre esta humilde audiencia, no ha creído a ciegas en una persona en concreto? Es decir, creer, creer, creer, como si hablásemos de la mística que emana un catecismo oscuro, un dogma, una ley, la palabra alumbrada desde las fauces malolientes y estipuladas del pensamiento hasta un entorno apacible, la conversación. ¿Qué es, a fin de cuentas el amor? Hablo del amor como concepción estoica, no el que se identifica con el sufrimiento y la pasión que cae como puñales. Me refiero a la desposeída, carente de dolor y, bueno, transformadora de toda aquella superficie sobre la que se proyecta. Pues bien, el amor es una virtud. Y quien no la posee no puede vestirse de ella. Y esto no es más cierto que cualquier otra cosa que se haya dicho ya y con la que nos alimentemos a diario. La cuestión es, ¿te crees o no te crees las actuaciones que perpetramos a diario? Actores, o sea, puro teatro.

clorosi

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Como ríos en los que flotaban cosas increíbles.

Reconozco que la idea del fracaso siempre me ha apabullado con inútiles preguntas, digo inútiles por no decir “asfixiantes”, “verdaderas” o “evidentes”, asimismo por no decir “obstáculos que no puedo… No soy capaz de abordar”. Cada paso que doy se ve abocado -irrevocablemente- al drama. El hecho de conversar con éste o aquel, se ha convertido en un suplicio del más alto nivel: ¿diré alguna estupidez? ¿creerán en mis palabras? ¿es, acaso, interesante lo que cuento? ¿me escucharán? Sinceramente pensar que estás verbalizando aquello que sientes, sabiendo que no cubres el porcentaje de veracidad requerido, y que, además, tu interlocutor mientas tanto piensa “por favor, pescado y puré no, que haya sobras con cualquier cosa con tomate en la nevera, ¿a quién debo rezar, eh?” es sencillamente revelador. ¿Hasta qué punto el silencio habla por nosotros? ¿Es otra forma de fracasar? ¿Qué hay del “Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better” de Beckett?  ¿Tengo que tragarme yo también esto? La pose intelectualoide con tintes preferentemente nihilistas y profundamente lacónicos tan sólo contribuyen a la construcción de un “yo” de lo más ridículo muy semejante a la de un gato lamiéndose la patita. Al final todo hace bola de pelo y regurgita. Aún no me creo que hubiese podido escribir esos poemas tan absurdamente románticos; -joder-, que son míos, llevan mi firma y no encuentro su motivo de ser mas que en fracaso sobre fracaso, entregas fortuitas y especulaciones en torno a un tema más manido que, que: hay que joderse. Y joder más. Prefiero suponer que el fracaso es otra de las tantas derivas que provoca en nosotros el vacío o el abismo sobre el que nos arroja la escritura. En tanto en cuanto, fracaso como engaño. Y como mentira, ficción. Y como ficción la escritura y círculo cerrado, concéntrico, articulador de explosiones mínimas y constantes. Arte, de hecho.

Ahora, que he dejado de creer en todo esto, ¿qué puedo hacer?

Arte-facto.
Arte-facto.

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Una auténtica sorpresa, ¿eh?

Sí, ha sido uno de los taquillazos del fin de semana y probablemente del mes. No, no ha sido un acontecimiento cultural ni mucho menos; más bien, y creo que sinceramente encasillada, la película basada en la novela erótica de E.L James “Cincuenta sombras de Grey” es lo que es. Por lo tanto -vale- nos hallamos ante un evento acultural y embrutecedor. No entiendo el porqué de tanta decepción, si realmente algún espectador esperaba ver realizados en el cine todas las fantasías derivadas de la lectura de un libro aburrido y poco sutil, error, esta no es su película. Atienda pues a las siguientes instrucciones: vaya a la tienda de electrónica más cercana, cómprese una cámara. A continuación, diríjase al centro comercial o tienda de barrio más cercana en la que pueda encontrar un conjunto que se ajuste a su volumen y al tamaño de su promiscuidad. Llame a su compañero/a sentimental, y dígale que traiga una tarjeta de memoria para la reciente adquisición fílmica. Agarre con pasión a su enamorado/a y arrójele con fiereza sobre la cama o cualquier superficie blandita que acuerden. Follen. Y no se olviden de encender la cámara. ¡Ah! Tengan siempre en cuenta la duración de la batería. (Se recomienda un visionado íntimo)

Ahora hablando un poco más en serio, lo que realmente me avergüenza es que si las cosas sucedieron tal y como la autora cuenta, es decir, si las condiciones de escritura se desarrollaron en el ámbito que se estipula, la creación de esta trilogía se debate entre las paredes de un cerebro de una mujer hastiada debido en gran parte a su monótona rutina y su anodina vida sexual. Y yo me pregunto, ¿escribir tres libros en los que se desarrolla una historia de amor profundamente edulcorada con toques de sadomasoquismo que traten de envolver sin éxito a un hombre de negocios en un aura de misterio es la solución? No. Desde luego que no es el camino. Sobre todo si el personaje femenino encarna la figura de una chica que no ha roto un plato en su vida y que al entrevistar al tipo referido, experimenta un flechazo que ni Diana y accede a firmar un contrato con él, mediante el cual autoriza a practicar sexo del que requiere de aclaración por rozar lo enfermizo y lo sexista, y aguantando pacientemente que se enamore de ella y vivan felices. Lo de siempre. Cosa que, sin haberme leído el libro, sé de buena tinta que ocurre al final, porque pese a las anécdotas guarrindongas, a todas las mujeres, para las que teóricamente está orientado el libro, quisieran leer, como diciendo: Sí, sí, el sexo fenomenal pero quiero mimos.

No creo que existan diferencias netas entre las publicaciones de novelas eróticas que se venden, cada vez menos y qué suerte, en los kioscos de cualquier ciudad con títulos excitantes y nombres de autoras que siempre son Mc no sé qué. Bueno, no es del todo cierto. El mero hecho de coronar las portadas con un intencionado glamour, poniendo una corbata color cobalto o unas esposas le da un toque aún si cabe, más proclive para el destierro. En ningún momento condeno su lectura, por la sencilla razón de que yo misma soy consumidora de subcultura, concretamente, soy una adicta a los reality, y poco me importa el objetivo o naturaleza que deseen mostrar al público, por miserable que sea. Pero siempre tengo en cuenta al menos una cosa: en el momento en el que se veje la libertad de cualquier persona con independencia del sexo al que pertenezcan, raza, orientación sexual o religión apago el televisor. No lo convierto en best-seller y aún menos lo llevo a la gran pantalla. “Está mejor el libro, la película me ha decepcionado mucho” -dicen. Pues no sé si tendremos que darle gracias a la providencia o a quién.

A photo released on December 1955 shows

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PeterPanada

Al pintarme los mofletes y echarme máscara en las pestañas esta mañana, me ha invadido una especie de tic nervioso y no he parado hasta que me he deshecho de toda la pintura. Lunares, granitos, marcas y raíces oscuras sólo si te centras en el pico de viuda que me señala el comienzo del pelo en la frente. El resto igual; ayer decidí no peinarme y se me quedó una onda espantosa. Me da igual. Acto seguido me he desnudado casi por completo y me he metido en la cama a esperar que pasase el frío. Con la mano enredada en el pelo he cogido el libro de Woolf, “la poesía sigue siendo un terreno prohibido”, refiriéndose al ámbito que la literatura de, por y para mujeres puede o es capaz de abarcar. El no ir a clase y quedarme así, tan perezosa, tan niña estúpida me colma de estupideces sublimes. “Vístete y dúchate, deja de hacer el imbécil. Que vas a llegar tarde”. Juro que un día de éstos me marcho de casa y vuelvo a la hora de comer para volver a irme y llegar a cenar.

A ver si te compro o qué.
A ver si te compro o qué.

a,

Existir intensamente.

Nadie va por la calle con un rótulo en la frente: “Soy mujer”. El problema es cultural. El cartel que deberíamos llevar, en todo caso, tendría que ser: “Soy persona, ¿y tú?” Y sin explicaciones. Espeluznante. Parece que ciertas personas están obsesionadas con ponerle etiquetitas estúpidas a todo. De alguna forma tendrán que ganarse el pan. Y Dios. De todos modos, creo que, en mi vida, en algún momento, mi lengua arderá por combustión espontánea de tanto repetir que las odio profundamente, oye. Todo es mejor sin papelitos. Ni papelazos, ni roles ni, en fin. Gente here and there, ¿no? Pues ya está.

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“All the single ladies, all the single ladies…”

Nihilismo tecnológico.

Y en fin, en fin. ¿Qué puedo decir? No sé usar las etiquetas de esta plataforma donde publico en alto pensamientos vagos, muy vagos. Profundamente hastiados, eh, que yo es que soy así. Demuestro lo triste e ingenua que puedo mediante 140 caracteres, lo insolente de ser víctima de vídeos virales totalmente consentida en el tablón de mi página y la melancolía de mis gafas de pasta en un muro de fotografías virtuales. Ser de esta manera es un rollo absoluto, muy demodé. Y como no sé categorizar nada, pues están sin ordenar y me encuentro ante un aparato aparentemente metálico (brilla, brilla mucho, tiene dedazos en la pantalla) y un montón de palabras almacenadas en carpetas que tienen nombres estúpidos del tipo: “Relatos3” o “Imprimir/entregar”. Todo muy críptico, según creo. Pero es que es para alucinar, si cogiese el ordenador, (espera, primero abriría la ventana), y lo arrancase de la cárcel de cables y “adiós muy buenas” me quedo huérfana. Y sinceramente, es tristísimo depender de un aparato que me facilita la vida y me obsequia con un poder nimio pero imprescindible: la pereza de escribir a mano. No obstante, y pese a la absolución sui generis, sigo cogiendo lápiz y papel; total, si lo tiro por la ventana al menos recreo alguna escena de alguna estúpida película que puede que haya visto ya. Todo esto viene porque ayer, mientras tenía la televisión encendida, estaba atónita poco-viendo un documental sobre un país de ficción, me pareció intuir…tal vez… escuchar que los dibujos que una persona podía proyectar en un sencillo papel en base a recursos y escenas de la memoria y la experiencia eran objetos inútiles y sin ningún tipo de validez moral. Escúchame. A mí, no se me ocurre pintar escenas de canibalismo per se. ¿Entiendes? Y ahora cárgate la historia de muchos cómics. Ahora, destruye los dibujos de “Mamá y papá conmigo en el parque, Ainoa, 6 años” que pende de un maldito imán de una nevera sin comida. Ahora y en este caso, dime, querido lector, si no me das la razón. Dime que el testimonio ilustrado es una falacia, una cochina mentira. O qué.

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a,

Nadie va a juzgarte.

No lo sé, y ostia, es una putada. Negar algo que uno no sabe es siempre un follón de terribles consecuencias: galletazo asegurado. Pero bueno, por otro lado entiendo que atreverse a hablar sobre cosas que uno no maneja con la suficiente lucidez es un atrevimiento necesario. ¿Por qué? Fácil. Se aprende escuchándose a hablar; no quiero ser malinterpretada, también te digo. Todos los vicios con moderación. Sin embargo, hablar, comunicarse, existir si nos ponemos puretas, es al fin y al cabo la única forma de comprender, de acercarse, de saber: de comprender el sujeto de nuestra observación. Imagina conmigo un cuerpo desnudo y repite en alto: “qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman”, otra vez, “qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman”. Ahora cierra los ojos y piensa en la última vez que tu cuerpo chocó, aunque sea levemente con otro, tan solo una brisa, venga, adelante, permitamos el mero hecho de algo que podríamos denominar ‘compartir un espacio inferior a dos metros cuadrados’, y pam. La casa por la ventana. Ahí, en tu cara, preciosa. Tienes contigo un violento acto de amor. Sí, en serio. Entre las millones de trivializaciones estúpidas a las que sometemos la carne viscosa y repugnante de la masa gris also known as cerebro se esconde la más sencilla: nos mueve el apetito. Y nos corr…corrompe…corroe. Y no sé, no lo sé y ostia, qué putada. Que me dejen en paz, que tan difícil no debe ser tumbarse en el sofá a ver la televisión o a leer un libro y que alguien venga a comerte la oreja y lo que sea. Ahora hablando en serio, me parece muy hermosa la desnudez y el silencio por ser las únicas dos palabras que me permiten pensar que ni las intenciones, ni las etiquetas son cómplices de lo que deseamos.

En fin, después de todo, tal vez, tenga alguna idea al respecto.
Sí, sí lo sé.

Leaving home: René Magritte.
Leaving home: René Magritte.

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Somos inocentes.

Lo que más me gusta de compartir mi tiempo con alguien es hacerlo sin pretensiones y falsa modestia que reviste al revestir, valga la redundancia, al otro sin ninguna compasión. “Mi amado”, “mi novio”, “mi amor”, “mi persona”, ¿qué hay del tú? ¡El horror verdadero es la posesión! Del tú como identidad quiero decir. ¿Tendrá, realmente, algo que decir en aquello que hemos llamado egoístamente “nuestro querer”? Mira, chico, pues no sé. Pero qué hermoso es quererse sin obsesiones y estúpidos viajes que inutilizan el sexo, bah. El conocimiento básico en nociones químicas nos augura no pocos pesarosos presagios: el enamoramiento dura tres meses. La pregunta es: ¿qué es lo que hay después? ¿Veis? Ha cambiado la pesquisa. Sinceramente, hasta yo querría haber escrito “¿qué quedará de nuestro amor, amor?” De todos modos, lo que más me gusta de compartir mi tiempo con alguien es compartir mi tiempo con alguien.

Marcel Duchamp.
Marcel Duchamp.

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La figura

A Vade

Nací. En la espalda tatuado un contrato ficticio que nadie había firmado: ni siquiera yo, ni otra persona por mí. No encuentro amabilidad de ningún tipo en este ¿favor? ¿fervor? desdeñoso y terco del que no me libro, no me libero, no puedo respirar. Existe el papel, la grafía, y un contenido apenas definido. Nada más. ¿Por qué tuve que ver la luz antes? Arg, y digo arg, por decir algo, y no referirme a este exoesqueleto que contiene a una figura de arcilla y barro. Y es tan fácil, pero tan fácil caer en la lágrima y deshacerse… que mejor será dejar que florezca el rosal, las margaritas y poco más. Callarse, callarse, callarse. Encender el televisor como quien enciende una pecera; como las tarántulas, como, esos bichos asquerosos que viven en cuatro paredes sobre cuatro patas peludas y alguna confusión intravenosa, ¿sabes? No sé, no lo sé, de verdad te lo digo, si realmente existe otra dimensión, otro plano distinto a este en el que podamos volver a una inocencia primigenia y tener el derecho -que no la capacidad- de elegir. Porque elegir ya hemos elegido mucha cosas como la disconformidad, pero no es suficiente. Ser un incomprendido y ya está no es lo que debería ser. Otro tipo de enfant terrible

¿Sabes que vamos a morir y nadie nos va a pedir perdón, verdad? ¿Lo sabes? Sí. Ser hermanos mayores, esto de las etiquetas, tiene tan poco porvenir que al olvidar el pasado (¿quién? ¿la especie?) nadie se va a molestar en cambiar. Las categorías taxonómicas funcionan bien, como deben, para aquellos que no cuestionan nada, que no han abierto camino a nada, que no saben nada y que solo se dedican a cultivar sus mentes en la oscuridad y el silencio de la mediocridad. Y tan felices.

El mundo está lleno de villanos.

Lo que más me gusta de perderme exposiciones es que actualicen los recursos y los suban a internet: "el despertar de la escritura femenina en lengua castellana", en la Bne.
Lo que más me gusta de perderme exposiciones es que actualicen los recursos y los suban a internet: “el despertar de la escritura femenina en lengua castellana”, en la Bne.

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