Expediente disciplinar.

Si añado furia y momentos de continua felicidad, encuentro poca disciplina en mis palabras. Nuestra valía reside en aquellas palabras que preferimos no pronunciar por lo hipócrita, por lo esteril, por la fugacidad de lo que la vida -en valores absolutos- representa o mejor, puede representar. Es siempre representación. Como personajes, marionetas, gigantes y terribles cobardes actuamos. Y guardamos un silencio que es siempre el mismo, perpetrado por pensamientos compartidos (filosofía neoplatónica, racionalismo, “Dios no existe”, que dijo Nietzsche), miles de generaciones se han metido la lengua por el culo / perdidas, mudas y casi heréticas. ¿A son de qué el paroxismo de “recoge, muchacha, la rosa”?  Muchos hacen proselitismo y dicen “claro, con lo fácil que sería decir un simple ‘menudo hijo de la gran puta’, ¿no?”, pero, sinceramente. ¿De qué serviría destruir la belleza del discurso? Por ello, si añado furia y momentos de continua felicidad, encuentro poca disciplina en mis palabras. Concretamente desde el “yo”. Identidad que por reducirse a la nada, se expande al todo. Y acabará devorándote, ya verás. La hermosura, joder, vive en el lenguaje. No lo olvides.

Dalí ve a Juan de la Cruz.
Dalí ve a Juan de la Cruz.

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