Me he despertado de pronto.

También yo mataría,
incluso a ti:
me haces soñar sin tregua
no me dejas dormir

Kampa, 1986. Clara Janés.

El hecho de sentarme frente al ordenador y dedicarle al tiempo unas palabras vagas y confusas sobre lo que estoy sintiendo es, del todo, complicado. Además, me causa auténtico pavor y rechazo. Sobre todo ante el “¿pero qué voy a decir yo?” o “¿puedo sumar y no restar, verdaderamente?”. Al irme a dormir estos días de estudio y lectura, claustrofobia y encierro, notaba la boca seca. Sentía un vértigo inexplicable, un hondo vacío en el estómago. Me pasaba las manos por la cara continuamente y cada vez notaba que aparecían más, y más imperfecciones en mi rostro de las que había conseguido salir y que, progresivamente, estaban volviendo sin permiso. Al tiempo me empezaron a doler las manos, los pies y la barriga. El pelo se me oscurecía y notaba que veía menos las cosas que delante de mí pasaban, como en sueños. Recordaba muy pocos días felices y a muchas personas que, como sombras, ya no estaban en mi vida porque el tiempo había precisado que todas las cosas tienen su motivo y razón de ser ad hoc. Y me entristeció. Acerté a meterme dentro de la cama y, no sin sorpresa, pude comprobar cómo los pechos habían menguado, el pelo estaba más corto y la ropa que llevaba me quedaba grande. No era la mujer que pensaba, no era aquella en la que quería convertirme e iba poco a poco construyendo al modo de Simone. Era tan solo una niña llena de miedo y con los ojos empapados en unas lágrimas que, si me pongo a recordar, me encogen el alma aún. Eran llantos muy tristes porque creía que estaba sola, muy sola. El agua que me caía de las pestañas parecía que nunca iba a acabarse. Era incapaz de cerrar el grifo. Llegué a pensar que nunca nadie me comprendería y me palpaba la espalda, como pensando, ya llegará, todo tiene su ser, existes. Porque hubo un tiempo en el que dude de mi estado, pensé que era invisible y que nadie se percataba de un “yo” tan solitario. Y es que era capaz de pasarme la lengua de trapo por los dientes y notar los bultitos metálicos que me rondaban mis pobres catorce años y lo poco que vivía, porque no sabía qué era vivir. Ante todo porque ignoraba que el amor fuese una forma de expresión que, como el arte, nace y se deja observar tranquilo, con mucha calma y paciencia, sin invocaciones estúpidas, sin evocaciones fantásticas. Que llega, que es cierto, no posee caducidad porque no tiene tiempo y que ante todo: nunca hemos estado solos, ni lo estaremos. El amor es una de tantas señas de identidad.

Cuánta soledad en todo esto.
Cuánta soledad en todo esto.

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