Tres críticos.

[Tres tristes críticos hablan sobre literatura en una universidad. Un crítico, dos críticos, tres críticos]

Ahora que te abrazo, pienso en otra.

Linda, Miguel Bosé.

(Alguien intenta hablar)

Un tipo lleva unas gafas de pasta negra. A simple vista, fettuccine. Una barba carbón. Cara triste y somnolienta; parece que la conversación le está provocando náuseas. Se tapa la boca con la mano para no llegar a las palabras. Sabe que dirá que no cree en la amistad. Tiene los labios gruesos y alguien comenta a media voz: “se parece a un hombre que se cuelga de los tirantes de los pantalones una revista del corazón. Suele salir detrás de las personas famosas, o de éxito relativo (incluso efímero: un polvo de una noche), mientras les graban yendo a comprar el pan”. No obstante, le siguen cerca de cuatro mil personas en una red social. Pero no cree en el dinero, pese a estar convencido de la pureza du l’art. ¿Quién no le dio a like en su página?

(Una mujer intenta hablar)

Parece que no sabe articular una palabra tras otra, el hecho de limitarse a producir grandes discursos en cada una, no es de pública aceptación. Impregna su intervención de manera significativa y, tal vez, al oyente, no le permite hacerse una idea clara sobre aquello que enuncia. Será, unas horas después, en el pensamiento lúcido de alguien que continue mascando cada sílaba y cada letra, que con sangre entra quien se piense “X, ESE hombre”. Cada afirmación es fruto de un cortocircuito del más alto nivel. Los espectadores rien distraídos y tontean, incluso, con las miradas. Dos amantes en la sala, de ensueño. La fantasía de una sala de conferencias. Lleva unas bonitas lentes que asemejan las raíces de un árbol milenario. Para mi sorpresa (particular): no es calvo. Las palabras impostan al hombre. Da a luz. Parece que el bebé está sano: viejo loco y cuerdo. El que más.

(La escritora intenta hablar)

Cuando vinieron y me dijeron: “escribes bien, apostamos por ti”, me hicieron unas fotografías y me sentí satisfecha. En ese momento pequé de vanidosa, pero, ¿a quién no le gusta que le hagan caso? Por ello, la crítica es más necesaria que nunca. Si debemos hablar de capital simbólico, será mejor hablar de capital monetario y sí, existe contradicción y esclavitud, corruptos, negados, rendidos e incorregibles. Soy un ingreso mínimo convertido en algo relevante, formo parte de un catálogo y no lo sustento. Lo nutro. Y al final, ¿qué es lo verdaderamente importante? A veces, sola en mi casa, reflexiono sobre la fama (¿?) y pese a mi rostro en unas cartulinas de cartón pluma, me pregunto si aún puedo mantener intacta la duda.

“Por otro lado, es inevitable”, dice el público. “Lo realmente verdadero es ‹‹escribir››”, reiteran. Ya hablaremos más adelante sobre “la entrada”, y si por ésta se tuviese que pagar o no. ¿Cuál sería, entonces, el precio del poder?

No sé qué opinarías tú sobre ésto.
No sé qué opinarías tú sobre ésto.

a,

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