Lectio de trinaranjus.

Ayer yo te pude destapar de tu tristeza.

El tigre, TANAKU.

Lo bueno de abrir los ojos y tener en el deber de expectativas un cero (pensemos un papel sucio y arrugado y una manaza llena de bolígrafo sujetándolo y escribiendo con un bic azul sin tapa y mordido un trazo informe que dice “cero”), es que cualquier cosa puede petrificarte para siempre o para nunca (depende del reloj biológico de cada uno, sí) y cualquier incidencia del exterior puede actuar como un elemento desacralizador y profundamente desmoralizador (des, des) de lo que podríamos llamar “Nuestra monótona, monótona vida“, sin que suene a serie b, tremendamente tediosa de finales de la primera década de los dos mil. Monótona, tonta y del montón. Por ello, y, tras el día de hoy, he comprendido que debemos dejar a un lado el tono afectado de nuestra bocaza y empezar a hacer grandes esfuerzos, que no obstante, y pese a la creencia extendida que predica con palabras como “esperanza y amor”, no tendrán fruto. Pero lo pasamos bien, después de todo. He podido sacar tres conclusiones en limpio con las que me arrimaré en mi nórdico 75% plumón de un ave inexistente (gamusino, gamusinus) y el otro 25% se lo dejo al improbable lector.

Me pregunto hasta qué punto la literatura latinoamericana no son unos indios, de los otros, no de los de indios y vaqueros, jugando con unas pequeñas reproducciones de la diligencia norteamericana del siglo XIX. Estos últimos serían el salón argentino de románticos del siglo referido, o algo así. Sí, sí, aquellos que escribirían una teórica historia argentina y pondrían, al comienzo, una cita mal referida del francés. Parece, a primera vista, o primera lectura, lo que prefieran, que toda la literatura es tremendamente errónea, o al menos así la pensamos a la hora de efectuarla o alumbrarla. Mal. De hecho, es que, “los indios” hacen referencia a una de esas incidencias terminológicas terriblemente mal comprise, I mean, faire comme si de rien n’etait. Indios americanos o indios latinoamericanos, más correcto indígena, por cierto y los de la India. Donde fueres, haz lo que debieres. El caso es que todo lo dicho se valida en una sala acristalada que imprime “criados en cautividad” en algún museo del interior de Estados Unidos. Condado de Carroll, Missouri, maybe?

Estuve reflexionando acerca de esa condición del indígena, o de cualquier sujeto subalterno. ¿Puede hablar, realmente? Tan sólo he llegado a una tierra a la que llamaremos patria potestad sin arrogancia y sin verborrea. El poncho de Rigoberta Menchú tiene una etiqueta que pone “Made in China”. La auténtica trabaja en un bar de algún barrio de Madrid, o de cualquier ciudad del mundo que se llame “Valle de Oro” y tenga una bandera de colores en la puerta junto a un cartel de tarifas para llamar a Latinoamérica, algo caro, vamos, intentá en otro, flaco. Y que al atenderte te diga: Qué quieres m’hijo. Y que escupa al premio Nobel, para limpiarlo. Vaya, un momento, alguien debe habérselo quedado. Porque ya no está. Tal vez se olvidaron. Lo que ocurre en Europa, se queda en Europa.

Siempre fui de naturaleza aprehensiva, pero, basta. Resulta que el pensador de Rodin en realidad fue pillado in fraganti durante un examen de ortografía for dummies, con un casco de su fabuloso iPod en la manga del jersey. Se decidió desvestirlo y privarle del chivato de allá afuera, o de allá arriba, siempre atendido bajo la gracia divina del glam-rock español. Ahora creo que el enchufe y los cables van por debajo, ha perfeccionado algo el sistema, no mucho. No sé si ahora es fácilmente distinguible entre un Papa Noel que gravite sobre su propio eje sin moverse, que aún funcione a pilas y que anuncie la buena nueva a golpe de un ritmo repetitivo y vacilón que, oh, sorpresa también tendrá bajo el pie (izquierdo, siempre izquierdo) la etiqueta de la Menchú.

Todo esto me ha provocado tanto rechazo y tanta sed que me he ido a pedir un trinaranjus. Estoy muy out de la escena. Ya nadie pide aquello. Irse a la cama en este estado febril de cruce de estupideces será, no menos que magnífico.

Patti Smith vuela.
Patti Smith vuela.

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Medicina para sanar enfermos.

Nunca más tendré que apagar la luz, recuerdo que pensé. Porque ya no habrá necesidad de encenderla. Me toqué los ojos como tratando de imitar la intención de un niño atado a una mística de rythm and blues. Tal vez, no vería nunca más, y aquello no estaba tan mal. Me hundiría en una espiral de rocanrol decadente y salvajemente sucio, a todas horas. Alguien consumiría droga por mí; ante los ojos de una sociedad anestesiada no sería técnicamente drogodependiente. Por una vez un vicio no sería suministrado por un adicto, sino por la mano que mece la cuna de forma directa. La droga no se vendería en la calle, sino en las venas. A esta acción la denominaremos “revolución de corrientes” y los iconos serán re-muertos, y más muertos pero famosos, ricos y mohosos, con huesos y carne putrefacta y ningún tipo de literatura amable. Lo cierto es que la juventud vivirá un nuevo Woodstock y yo seré la chica desnuda que baile de forma asistólica a quien todo el mundo vea y se me prive de contemplar, no sin cierta desgana (porque iré drogada, o medicada por otros desde un punto de vista más saludable), a toda esa multitud que discurre en un silencio propagandístico y posmoderno. Mientras todo esto suceda, me daré la vuelta e intentaré dormir al tiempo que una señora bajo mi venta adoctrina a los pájaros dormidos: hoy no tengo pan para vosotros, hoy no tengo nada que daros de comer. Y marcha calle abajo. Los camiones de las basuras iluminan con su luz el asfalto moreno en la noche y sus voces se escuchan, más allá de los parques que oxigenan esta zona franca de mi ciudad.

Pequeñas obsesiones.
Pequeñas obsesiones.

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Monumentum

“Despójate de la hermosura de los labios con sus besos, de la espesa cabellera, del calor de tus mejillas y de toda la piel”.

Diálogo de los muertos, de Luciano.

Te miro y te marchas. Sólo has pasado

rozando. Tu sosiego, tus palabras

me colman en la noche.

Huele a muerte,

Olor del silencio:

Desciendo sobre la luna.

Toma fuerte el capricho, es la última

noche en la que podremos decir: “Eterna-

-mente jóvenes”, sin miedo a avanzar.

Hacia atrás, la noche

Huele a sábanas desnudas,

Sexo hecho voz.

Asciende sobre el recuerdo y olvido.

La Garbo.
La Garbo.

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Estación permanente.

No pueden dormir mis ojos, 

no pueden dormir.

Cancionero musical de Palacio.

La experiencia seduce a la sombra y se descuelga. Comienza el vertiginoso

descenso de la araña. Viaja hacia otro y habita su cuerpo creando

espacios de conversación para, finalmente, hallar un lugar desde el que devolver

la llamada a casa. “Los…los ojos” -diría si hablasen los nervios,

“son las manos, muertas de sueño” -diría si hablasen en serio. Sí,

vivimos en la soledad del que se oye respirar aún estando dormido.

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Dictum

I was happy in the haze of a drunken hour, but heaven knows I’m miserable now.

Morrisey.

Tengo mi conciencia.

Aunque luego, más tarde, la que te habita y no soporto, huye apoyándose en alguna bien distinta que es la otra. Ésta cree que con respirar, legitima mi último yo cuando hay otros, mucho más claros, que esperan a que diga algo y los disperse para siempre y gritar. Gritar mucho: “ya no existes, yo, ya no”. Por hoy, nunca más la familia.

Y es que a fin de cuentas, Yo, no soy siempre yo. Pero siempre yo cuando estás tú.

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