La “almighty” infancia.

Una infancia es siempre, el escritor sencillamente descubre que aquello dura hasta que pierde la memoria. Por ahí la necesidad de pasarlo a limpio, para recordar y poner en orden su tiempo.

“¿Qué separa a un lector de a pie respecto a un lector especializado?” es de forma evidente una pregunta que de irresoluble tan sólo puede compararse a la siguiente: “¿Por qué un (determinado) mundo interior escrito nos atrae y otro nos deja indeferentes?”. En ningún momento trato de acordar ningún tipo de pacto con aquellos pirados de la teoría de la recepción o fijar cualquier tipo de convenio estándar sección 8 pasillo 3 de ninguna asociación de indignados X (fervientes todos, amantes de la literatura pocos).

Hace poco escuchaba a un más que cansado Onetti (donde quiera que esté), afirmar sin servirse de ningún tipo de eufemismo que un escritor es debido o en pos de su infancia. Esto me acongojó un poco porque temí -esta vez en serio- que las palabras pudiesen crear un espacio arrojadizo lleno de reproches y alterado por los recuerdos que, en ningún momento en conjunto, llegarán a formar una memoria humana completa. Según decía, intuyó la infancia cuando comenzó a mentir y el hecho de escribir fue algo relativamente sencillo, pero bajo un nombre más plausible: ficcionar. En la praxis es casi más visual encender el televisor y ver un anuncio de café o de alguna marca de alcohol, de la que siempre, siempre se recomienda hacer un uso responsable. El tabaco es también otra droga, pero el anuncio posee un carácter más elevado y joven: el primer cigarrillo de un chaval a la escasa edad de trece años en su propia mano. Algo así como “buscar el problema en el problema” o “hablar de la literatura desde la misma literatura”. Consumir las citadas addictĭo está bien (¿?), nadie va a juzgarte (¿?). Si engañas todos te señalarán, pero no en este plano, no en este ámbito tan concreto al partir, esta vez sí, de una estrategia acordada previamente: yo te cuento, tú decide después. Lo menos inteligente sería increpar a los escritores que se deshagan de sus traumas y desechen la idea de tomarse la literatura como una terapia cognitivista en la que puedan llegar a comprender qué es el miedo y comunicarse con él. Algo absurdo es advertir “tu infancia no te define”. Porque sí lo hace. Tendríamos de pronto un grupo de creadores obsesionados con partir desde el último recuerdo posterior al initium o al primer grito. Los críticos hablarían de los mismos en términos de, digamos por ejemplo hipotética parrafada pseudo-académica: “…circundando el problema tan sólo llegan al origen una y otra vez (incluir algo del eterno retorno del señor Nietzche, que siempre queda fetén). Lo que niegan en rotundo lo afirman con más fuerza. ¿Esa es la verdadera innovación?”.

Por lo tanto, huimos de una estética para caer en ella. Y retomo la palabra “miedo” de unas líneas atrás porque eso fue lo que pasó en la infancia de todos los que conversan con nosotros en silencio. Eran unos niños, como diría Patty Smith. Unos niños que tenían pavor por el mundo que les rodeaba y que decidieron de forma inconsciente poner un muro en medio que con seguridad llaman propio en el que puede así mismos considerarse humanos y crear un ambiente de soledad ausente que poder disfrutar. Es difícil, pero tal vez sea la tarea que menos deseamos culminar, averiguar la verdad última que conocemos al nacer: estamos solos. Esos niños encontraron la evasión que nos llega, a nosotros lectores como billete de ida y vuelta. Y en absoluto es triste, por mucho que lo parezca. No es cierto. Encontrar lo cierto es lo que siempre nos mantendrá apegados a lo real que tantas veces nos cuesta distinguir. La voluntad aparece más adelante. Con los galardones y la risa cavernaria de rechazar otros premios y esperar, esperar, esperar a los demás, que nunca será lo mismo que decir “el resto”.

Esther Tusquets junto a Delibes en Sedano, Burgos. 1961.
Esther Tusquets junto a Delibes en Sedano, Burgos. 1961.

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