Insomnio diurno.

¿Qué es lo que se debe esperar de un domingo por la mañana? Me he estirado con todas mis fuerzas y se me ha subido el gemelo. De la mejor forma posible, he estirado la pierna enferma al borde de la mutilación y haciéndome un ovillo sobre mí misma, he tomado las sábanas, tratando de volver a dormir. Los días caen como gotas de agua de alcachofa de ducha, y golpean contra mis oídos. Plac. Silencio. Plac.

Últimamente todo parece una película del mejor autor de cine independiente del decenio (¿?), un rostro empapado por la lluvia a cámara lenta y con el pelo pegándose sobre las pestañas mientras una mano se aleja en el horizonte. Todo muy principio de incertidumbre, porque la mano nunca llegará a su destino. Se trata de un hombre caminando hacia la esquina de una calle. Miro el reloj poco convencida porque aún son las diez de la mañana y mis ojos no pueden cerrarse de nuevo. Tengo tantas cosas que hacer– me digo, debo escribir tanto– me repito a diario; debería contestar a unos correos electrónicos– resoplo al fin. El problema es que no tengo solución y que nunca es el momento. Por no hablar de la tragicomedia que se ha montado en mi subconsciente sobre envejecer y el haberme convertido en una de aquellas personas que crecen y que son plenamente conscientes de que los 21 años es una edad complicada.

Afirmar la vejez es snob pero escúchame, yo siempre había dormido bien hasta que entendí que debía hacer algo de provecho con mi vida y aquí estoy, tirada en una cama de noventa, sin mi hombre de metro ochenta, los libros por encima de la mesa y el constante dramón del “qué me pongo”. Por no mentar el hecho de que tengo que contestar a tres preguntas de una asignatura endemoniada. A ver si me podéis ayudar, que nos estamos jugando el Oro de Moscú: ¿Qué se considera literatura actualmente? Bien. Como veis, las otras dos van por ese camino, mejor lo dejamos. Ni con ésas me he podido volver a enzarzar en mi sueño. Llevaba un jersey mostaza sencillo (sin chorreras), una falda negra con volantes, más bien corta. Medias granates y unos zapatos que llaman ahora modelo oxford. Eran los setenta y yo era una revolucionaria de lo más chic que leía a Simon de Beauvoir. Parece ser que ni dormida dejo de ser estúpida.

a,

DSC_1832
Como muy bien dice Esther Tusquets “una nunca deja de ser una vieja dama indigna. Y no es nada fuerte porque lo de “vieja” e “indigna” se equilibran”.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s