Perspectiva del amor en planos.

Sin inmutarme, moví los labios en lo que parecía un hondo suspiro. La tarde se quemaba por los laterales. Las hojas de los árboles entraban en discordia, el sol trataba de esconderse con poco éxito. Lo cierto es que no suspiraba, hablaba de cómo pasan las cosas en la vida de uno y qué se cree sobre ellas. Dije algo tonto, como que por fin entendía ese tipo de poesía que parece toda igual, que no disimula los sentimientos monótonos ni los besos de cualquier cosa. Carecía de intención, pero no de función. Por eso cuando alguien escribe algo sobre el mismo tema de siempre, amor, debe entender qué tipo de conciencia posee y qué es lo que quiere hacer con ella. Poéticamente expresado, o demasiado snob por lo que me toca, se podría decir que esa sensación de “esto de lo que se habla, no es lo corriente” es porque se acerca, aunque sea de forma mínimamente al arte. La belleza es reduccionista, algo es hermoso o no lo es; el amor también lo es: o es amor o no es nada.

Me contaste, restándole importancia a mis cosas de siempre, que un zar pre-Stalin mandó construir una catedral que de tan grande constituía una religión nueva. Las paredes tenían, según crees, unos tres metros de grosor y justo en lo que podría considerarse el ecuador de la megaconstrucción (ahora, con suerte en las Vegas), se erigía una estatua de piedra maciza de un santo (X) de la iglesia ortodoxa. Con la revolución del octubre rojo, todos los escritores rusos que vinieron a destrozarnos y unas ideas alemanas algo subidas de tono y de lo más claras, vino un tal Lenin a confirmar que efectivamente un nuevo culto se había instaurado, y que el zar tan sólo se había dedicado a allanar el terreno, evidentemente, en una dirección muy otra, pero que la intención se mantenía. Pues bien, a este señor le momificaron, tan lejos de Egipto, y llevaron allá donde todo el mundo podía ponerse la mano en el pecho y afirmar con rotundidad “pero que vi, pero que vi, pero que vi-va el comunismo” (sin saber qué era exactamente). Pasaron otras cosas (bla bla bla), que no me enteré muy bien porque apenas estaba prestando atención y escucho el nombre de Iósif Vissariónovich (Wikipedia y lo sabrás). Entretenido en jugar a rusos y mazmorras, dijo, han tardado cuarenta y cinco años en construir una iglesia que yo mismo derribaré en cuestión de segundos (crees que dijo el hijo de Vasili). Minutos. Horas. Días. Semanas. Meses. Cuatro largos meses in crescendo. El solar quedó, francamente, deshabitado, ni el santo supo qué decir ante tanto inerte: vegetales, hombres sin voluntad y más prójimos. Lo curioso es que, avanzando en la conversación, el lugar pasó a un plano totalmente secundario y fue objeto de multitud de ideas que siempre fracasaron salvo una. El frío lleva acosando a esos pobres muchachos de tierras norteñas desde que la pangea dijo “todo esto es Rusia” y apagó el interruptor. ¿Había algo más lógico, que una piscina (grande) exterior a 40º constantes frente a los -30º habituales? No.

Por eso, en ese banco de madera con vistas a una ciudad dormitorio, varias urbanizaciones en la periferia con un tren cada hora, entendí que uno siempre tiene una seguridad. Nada debe sorprendernos pero el amor, sí. Es lo único que tal vez debiera hacer mella. La sorpresa es, definitivamente, seguridad. Seguí mirando el infinito mientras describías una escena paródica de unos rusos uniformados desvistiéndose y metiendo ligeramente los pies en el agua. ¡Oh!- dirían. ¡Quema, quema!y de fondo una música entre electro-pop y los pajaritos de Mª Jesús.

Palacio de Cristal de "El Retiro".
Palacio de Cristal de “El Retiro”.

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