“Reza el juego que…”

…debemos aceptar una serie de consecuencias por romper el reposo del tiempo. He leído que nacer es venir al mundo en ausencia de membranas impermeables a los sentimientos. Imaginemos un cuerpo desnudo sobre un campo de flores desconocidas y un cielo más bien roído. En otras palabras, somos la pared que distingue la realidad y el deseo, muro que contempla a los fusilados que caen como rosas de destierro sobre tierra, húmeda y desgastada. En nosotros apreciamos, como si un delantal (mal atado) se tratase, manchas de sangre, carne herida y pólvora entre los dientes. Caemos poco a poco, nos deshacemos y cuando no queda nada de nosotros, ambos mundo se anexionan y firman un tratado que es casi un pacto de silencio. Es cierto, aún sigue habiendo dos cielos distintos, gente al frente y otros esperando. No es más que esa línea difícil, compleja en constitución y carácter, que separa lo de dentro y lo de fuera. Pero que sea invisible, no quiere decir que no exista. La certeza es la siguiente: no hemos nacido del dolor. Éste no es más que un artificio viral y consensuado para que no caminemos desnudos, como cualquier otra norma social. Sí, no es más que la visión de una escéptica algo déspota e infantil, pero es una visión triste y a la vez (intento que sea) hermosa de lo que creo que es aquello que llamamos “algo” o en los grandes salones “vida”.

 

Berlín.
Berlín.
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