Micro-universo #1

Presiento que el fin del mundo no es otra cosa que el fin del mundo repetido una y mil veces, es decir, un invento circular. Y que la teórica escritura de un libro no es más que la práctica de un brazo mecánico escribiendo durante un tiempo (indeterminado) el Antiguo Testamento en hebreo. Algo que no es completamente mentira, ni cierto. En ocasiones se avería. Lo único bueno es que no hay que hacer que comience de nuevo su labor, tan solo debemos re-colocar las piezas. A ver qué ocurre.

Brazo mecánico reproduciendo la Torá en el museo Judío de Berlín.
Brazo mecánico reproduciendo la Torá en el museo Judío de Berlín.

(Dichoso) domingo.

a,

La “almighty” infancia.

Una infancia es siempre, el escritor sencillamente descubre que aquello dura hasta que pierde la memoria. Por ahí la necesidad de pasarlo a limpio, para recordar y poner en orden su tiempo.

“¿Qué separa a un lector de a pie respecto a un lector especializado?” es de forma evidente una pregunta que de irresoluble tan sólo puede compararse a la siguiente: “¿Por qué un (determinado) mundo interior escrito nos atrae y otro nos deja indeferentes?”. En ningún momento trato de acordar ningún tipo de pacto con aquellos pirados de la teoría de la recepción o fijar cualquier tipo de convenio estándar sección 8 pasillo 3 de ninguna asociación de indignados X (fervientes todos, amantes de la literatura pocos).

Hace poco escuchaba a un más que cansado Onetti (donde quiera que esté), afirmar sin servirse de ningún tipo de eufemismo que un escritor es debido o en pos de su infancia. Esto me acongojó un poco porque temí -esta vez en serio- que las palabras pudiesen crear un espacio arrojadizo lleno de reproches y alterado por los recuerdos que, en ningún momento en conjunto, llegarán a formar una memoria humana completa. Según decía, intuyó la infancia cuando comenzó a mentir y el hecho de escribir fue algo relativamente sencillo, pero bajo un nombre más plausible: ficcionar. En la praxis es casi más visual encender el televisor y ver un anuncio de café o de alguna marca de alcohol, de la que siempre, siempre se recomienda hacer un uso responsable. El tabaco es también otra droga, pero el anuncio posee un carácter más elevado y joven: el primer cigarrillo de un chaval a la escasa edad de trece años en su propia mano. Algo así como “buscar el problema en el problema” o “hablar de la literatura desde la misma literatura”. Consumir las citadas addictĭo está bien (¿?), nadie va a juzgarte (¿?). Si engañas todos te señalarán, pero no en este plano, no en este ámbito tan concreto al partir, esta vez sí, de una estrategia acordada previamente: yo te cuento, tú decide después. Lo menos inteligente sería increpar a los escritores que se deshagan de sus traumas y desechen la idea de tomarse la literatura como una terapia cognitivista en la que puedan llegar a comprender qué es el miedo y comunicarse con él. Algo absurdo es advertir “tu infancia no te define”. Porque sí lo hace. Tendríamos de pronto un grupo de creadores obsesionados con partir desde el último recuerdo posterior al initium o al primer grito. Los críticos hablarían de los mismos en términos de, digamos por ejemplo hipotética parrafada pseudo-académica: “…circundando el problema tan sólo llegan al origen una y otra vez (incluir algo del eterno retorno del señor Nietzche, que siempre queda fetén). Lo que niegan en rotundo lo afirman con más fuerza. ¿Esa es la verdadera innovación?”.

Por lo tanto, huimos de una estética para caer en ella. Y retomo la palabra “miedo” de unas líneas atrás porque eso fue lo que pasó en la infancia de todos los que conversan con nosotros en silencio. Eran unos niños, como diría Patty Smith. Unos niños que tenían pavor por el mundo que les rodeaba y que decidieron de forma inconsciente poner un muro en medio que con seguridad llaman propio en el que puede así mismos considerarse humanos y crear un ambiente de soledad ausente que poder disfrutar. Es difícil, pero tal vez sea la tarea que menos deseamos culminar, averiguar la verdad última que conocemos al nacer: estamos solos. Esos niños encontraron la evasión que nos llega, a nosotros lectores como billete de ida y vuelta. Y en absoluto es triste, por mucho que lo parezca. No es cierto. Encontrar lo cierto es lo que siempre nos mantendrá apegados a lo real que tantas veces nos cuesta distinguir. La voluntad aparece más adelante. Con los galardones y la risa cavernaria de rechazar otros premios y esperar, esperar, esperar a los demás, que nunca será lo mismo que decir “el resto”.

Esther Tusquets junto a Delibes en Sedano, Burgos. 1961.
Esther Tusquets junto a Delibes en Sedano, Burgos. 1961.

a,

Fantasmas de todo.

Algo que Carmen Martín Gaite denominaría bajo el sobrenombre de Cuadernos de todo, nos servirá como contexto fundacional. Es tal vez el momento (nunca lo es), de poner las cartas sobre la mesa, fantasmas de todo. La aceptación de uno mismo comienza cuando el barco se aleja de la tierra y las velas despliegan una blancura (respirar, ¡al fin!) que en todo o nada se parece a una verdad. Es más bien como una intuición del abismo de conocerse y criticarse, saberse complicado y comprenderse, nunca diferente. La inteligencia  con la que nacemos -que se debe suponer o atisbar en algunos individuos, no tantos como quisiera hacernos creer la televisión – no debe considerarse un elemento que haga distingos en cuando a la calidad humana de unos y de otros. Somos parte de una emoción contenida que vamos considerando al cabo de los años y prestando progresiva atención, psché.

Si tú eres tú, es decir, si vos sos vos, actúa en consecuencia. Y a riesgo de que esto pueda parecer alguna sentencia, y dios no lo quiera, paulocoelhiana (que sí, tantísimo detesto), tenemos que dejar de tener miedo al otro, because terror starts at home y aprender a decir (que es pronunciar palabras): “No, es así como opinas, te respeto pero no comparto tu juicio” y sobre todo, por si no nos encontrásemos en el camino de la comunicación y el respirar hasta 10, cada uno que emprenda las medidas legales para con su vida como pueda. Somos algo mayores para interpretar un papel tan nimio como el de ser otro en el cuerpo de una “Mal pagá” y fingir continuamente alguien que detestamos. Porque tener miedo es como encontrarse inmerso en una habitación sin luz llena de humo, otro invento más del invento de alguna multinacional de dudosa ética y cuestionable moral: nosotros. Ni más ni menos.

Carmen Martín Gaite.
Carmen Martín Gaite.

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“Luego pensé”.

Y yo te veo porque yo te quiero. 

Claudio Rodríguez.

Entro en la casa. Creo: todo va bien. Vamos

hacia la luz, la de tu cuarto. Los pies maltratan

el suelo, presintiendo la falta de esperanza.

Contemplo mi silencio, te niega una y

otra, y otra…Qué difícil se hace

cuando es la pared quien se agranda

para rodear este espejismo, el

último de todas mis primeras veces, y otras.

Hacemos nuestro propio tipo de música.
Hacemos nuestro propio tipo de música.

a,

“Ayer, en la noche”.

Vuleve muchas veces y tómame en la noche,

cuando los besos y la piel recuerdan.

C. Kavafis

Ayer, en la noche

Conseguí caer dormida al asilo del tiempo.

Buscaba las flores de tu olor en la memoria.

No las encontré. El salón perdió su buen nombre.

Olvidé mis cenizas y me marché.

La noche es un territorio complicado, es -sin

duda- el amor. Y la nada. Y el lugar donde

uno se siente deshabitado por sentir en

multitud de estados. Al haber sido

en otro, al mirar con sus verdaderos ojos.

Ecos cansados, como labios tristes y húmedos,

arrodilladas las niñas a los pies

de un sofá de tres patas.

Y si mirase al final, donde toda verdad

se corrobora, la duda se convierte en el más

leve gemido, marca del deseo de amar.

Amar más allá de la muerte, amor.

Morir enamorados, sonidos dulces, llenos

de rabia. Dolor de todo con gusto

voraz. Agudizar la piel para despertar y

entonces, ahora, derribar la pared fría.

El suspiro último de la dichosa piedra.

Pensamientos como columnas.
Pensamientos como columnas.

a,

Insomnio diurno.

¿Qué es lo que se debe esperar de un domingo por la mañana? Me he estirado con todas mis fuerzas y se me ha subido el gemelo. De la mejor forma posible, he estirado la pierna enferma al borde de la mutilación y haciéndome un ovillo sobre mí misma, he tomado las sábanas, tratando de volver a dormir. Los días caen como gotas de agua de alcachofa de ducha, y golpean contra mis oídos. Plac. Silencio. Plac.

Últimamente todo parece una película del mejor autor de cine independiente del decenio (¿?), un rostro empapado por la lluvia a cámara lenta y con el pelo pegándose sobre las pestañas mientras una mano se aleja en el horizonte. Todo muy principio de incertidumbre, porque la mano nunca llegará a su destino. Se trata de un hombre caminando hacia la esquina de una calle. Miro el reloj poco convencida porque aún son las diez de la mañana y mis ojos no pueden cerrarse de nuevo. Tengo tantas cosas que hacer– me digo, debo escribir tanto– me repito a diario; debería contestar a unos correos electrónicos– resoplo al fin. El problema es que no tengo solución y que nunca es el momento. Por no hablar de la tragicomedia que se ha montado en mi subconsciente sobre envejecer y el haberme convertido en una de aquellas personas que crecen y que son plenamente conscientes de que los 21 años es una edad complicada.

Afirmar la vejez es snob pero escúchame, yo siempre había dormido bien hasta que entendí que debía hacer algo de provecho con mi vida y aquí estoy, tirada en una cama de noventa, sin mi hombre de metro ochenta, los libros por encima de la mesa y el constante dramón del “qué me pongo”. Por no mentar el hecho de que tengo que contestar a tres preguntas de una asignatura endemoniada. A ver si me podéis ayudar, que nos estamos jugando el Oro de Moscú: ¿Qué se considera literatura actualmente? Bien. Como veis, las otras dos van por ese camino, mejor lo dejamos. Ni con ésas me he podido volver a enzarzar en mi sueño. Llevaba un jersey mostaza sencillo (sin chorreras), una falda negra con volantes, más bien corta. Medias granates y unos zapatos que llaman ahora modelo oxford. Eran los setenta y yo era una revolucionaria de lo más chic que leía a Simon de Beauvoir. Parece ser que ni dormida dejo de ser estúpida.

a,

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Como muy bien dice Esther Tusquets “una nunca deja de ser una vieja dama indigna. Y no es nada fuerte porque lo de “vieja” e “indigna” se equilibran”.

Descrédito y auto-convicción.

Al perder la ilusión y la esperanza te enfrentas a una serie de preguntas que a nadie, o casi nadie, le apetecería contestar. El instante más claro comienza a planear sobre el horizonte en forma de salida grave: llega un momento en el que no tienes por qué dar explicaciones. Y bueno, un poco así nos sentimos todos últimamente, ¿no? La imagen sería algo así como una gran barbacoa con amigos en la que,  de pronto, te encuentras solo contra el fuego y sólo quedan cenizas que, de forma evidente, tienes que avivar sin otro esfuerzo mayor que tu respiración y un poco de ánimo. Comprendes que a eso le llaman “sacar las castañas del fuego”.  Corrijo. “Sacarse las castañas del fuego”. En realidad no es que comiences a adoptar una pose neoliberal, algo escéptica y con un punto chic, que también, pero no es eso. No lo es. Si ambas suposiciones se han anulado, debemos partir del descrédito que nos proporciona el ya nada me sorprende y las propias convicciones. Si no, el fuego no encenderá, no habrá nada que sacar, no habrá respiración y no sabremos qué fue antes, si el huevo o la gallina.

Palacio de Cristal en el Retiro, volumen dos.
Palacio de Cristal en el Retiro, volumen dos.

“La vie en rose”.

a,

Perspectiva del amor en planos.

Sin inmutarme, moví los labios en lo que parecía un hondo suspiro. La tarde se quemaba por los laterales. Las hojas de los árboles entraban en discordia, el sol trataba de esconderse con poco éxito. Lo cierto es que no suspiraba, hablaba de cómo pasan las cosas en la vida de uno y qué se cree sobre ellas. Dije algo tonto, como que por fin entendía ese tipo de poesía que parece toda igual, que no disimula los sentimientos monótonos ni los besos de cualquier cosa. Carecía de intención, pero no de función. Por eso cuando alguien escribe algo sobre el mismo tema de siempre, amor, debe entender qué tipo de conciencia posee y qué es lo que quiere hacer con ella. Poéticamente expresado, o demasiado snob por lo que me toca, se podría decir que esa sensación de “esto de lo que se habla, no es lo corriente” es porque se acerca, aunque sea de forma mínimamente al arte. La belleza es reduccionista, algo es hermoso o no lo es; el amor también lo es: o es amor o no es nada.

Me contaste, restándole importancia a mis cosas de siempre, que un zar pre-Stalin mandó construir una catedral que de tan grande constituía una religión nueva. Las paredes tenían, según crees, unos tres metros de grosor y justo en lo que podría considerarse el ecuador de la megaconstrucción (ahora, con suerte en las Vegas), se erigía una estatua de piedra maciza de un santo (X) de la iglesia ortodoxa. Con la revolución del octubre rojo, todos los escritores rusos que vinieron a destrozarnos y unas ideas alemanas algo subidas de tono y de lo más claras, vino un tal Lenin a confirmar que efectivamente un nuevo culto se había instaurado, y que el zar tan sólo se había dedicado a allanar el terreno, evidentemente, en una dirección muy otra, pero que la intención se mantenía. Pues bien, a este señor le momificaron, tan lejos de Egipto, y llevaron allá donde todo el mundo podía ponerse la mano en el pecho y afirmar con rotundidad “pero que vi, pero que vi, pero que vi-va el comunismo” (sin saber qué era exactamente). Pasaron otras cosas (bla bla bla), que no me enteré muy bien porque apenas estaba prestando atención y escucho el nombre de Iósif Vissariónovich (Wikipedia y lo sabrás). Entretenido en jugar a rusos y mazmorras, dijo, han tardado cuarenta y cinco años en construir una iglesia que yo mismo derribaré en cuestión de segundos (crees que dijo el hijo de Vasili). Minutos. Horas. Días. Semanas. Meses. Cuatro largos meses in crescendo. El solar quedó, francamente, deshabitado, ni el santo supo qué decir ante tanto inerte: vegetales, hombres sin voluntad y más prójimos. Lo curioso es que, avanzando en la conversación, el lugar pasó a un plano totalmente secundario y fue objeto de multitud de ideas que siempre fracasaron salvo una. El frío lleva acosando a esos pobres muchachos de tierras norteñas desde que la pangea dijo “todo esto es Rusia” y apagó el interruptor. ¿Había algo más lógico, que una piscina (grande) exterior a 40º constantes frente a los -30º habituales? No.

Por eso, en ese banco de madera con vistas a una ciudad dormitorio, varias urbanizaciones en la periferia con un tren cada hora, entendí que uno siempre tiene una seguridad. Nada debe sorprendernos pero el amor, sí. Es lo único que tal vez debiera hacer mella. La sorpresa es, definitivamente, seguridad. Seguí mirando el infinito mientras describías una escena paródica de unos rusos uniformados desvistiéndose y metiendo ligeramente los pies en el agua. ¡Oh!- dirían. ¡Quema, quema!y de fondo una música entre electro-pop y los pajaritos de Mª Jesús.

Palacio de Cristal de "El Retiro".
Palacio de Cristal de “El Retiro”.

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“Reza el juego que…”

…debemos aceptar una serie de consecuencias por romper el reposo del tiempo. He leído que nacer es venir al mundo en ausencia de membranas impermeables a los sentimientos. Imaginemos un cuerpo desnudo sobre un campo de flores desconocidas y un cielo más bien roído. En otras palabras, somos la pared que distingue la realidad y el deseo, muro que contempla a los fusilados que caen como rosas de destierro sobre tierra, húmeda y desgastada. En nosotros apreciamos, como si un delantal (mal atado) se tratase, manchas de sangre, carne herida y pólvora entre los dientes. Caemos poco a poco, nos deshacemos y cuando no queda nada de nosotros, ambos mundo se anexionan y firman un tratado que es casi un pacto de silencio. Es cierto, aún sigue habiendo dos cielos distintos, gente al frente y otros esperando. No es más que esa línea difícil, compleja en constitución y carácter, que separa lo de dentro y lo de fuera. Pero que sea invisible, no quiere decir que no exista. La certeza es la siguiente: no hemos nacido del dolor. Éste no es más que un artificio viral y consensuado para que no caminemos desnudos, como cualquier otra norma social. Sí, no es más que la visión de una escéptica algo déspota e infantil, pero es una visión triste y a la vez (intento que sea) hermosa de lo que creo que es aquello que llamamos “algo” o en los grandes salones “vida”.

 

Berlín.
Berlín.