“Siete minutos de mi porvenir”

…Reza un renglón de no sé muy bien qué libro de “el señor”, como dice Bolaño, Alan Pauls. Pero como no he venido aquí a hablar de su libro (en teoría inexistente, y de posible, poco imaginable), sino de mi intolerancia a los viajes en transporte público, comenzaré hablando de un gato que maullaba y su tutora transportaba en una maleta azul con orificios.

1. Una chica se aproxima y pienso, tu ombligo, chica, es insultante. Extraña, por no decir vaga, es la moda de exhibir los cuerpos sin desahucio previo, más comúnmente conocido por el término “operación bikini”. Supongo que el ser humano, en general, ha comprendido por fin que no tiene nada que esconder, que la piel, termina pudriéndose como una manzana roja sobre la tierra. Sólo quedan los huesos. 

2. Un par de retratos asaltan el museo de la obscenidad y se sitúan justo delante de un cristal negro inundado de ráfagas de luz. Juro que nunca o mejor puedo prometer que en mi vida vi rostros tan enfermos. Dos mujeres, ¿por qué siempre madre e hija? El caso es, como de tan cierto, que una sale corriendo con las manos sobre la espalda, sin esperar a la sombra. Tal vez de tanto, fuesen la muerte vestida de gorro rayado en rosa y los dientes justos para decir amén los domingos y no caer en pecado. 

3. ¿Que qué estoy leyendo? Bien, a todas todas, parece un festín erótico festivo de pezones y marismas, mundos marianos no virginales, donde tan solo cabe la onda que forma el pelo de las puntas de una mujer (cualquiera), cuando llega sobre el pecho y lo traspasa. Lo que quiero decir, es que leo una novela de Esther Tusquets sobre una mujer enamorada de otra porque amó, previamente, a un hombre , como bien pudiera haber amado a cualquiera que la hubiese hecho sentir que todos tenemos miedo y esa es la única verdad: In principio era il dolore. 

4. Es, por no decir otra cosa, del todo interesante, contemplar “paralelo” como sinónimo de “alternativo”. Lo otro es ponerse a decir, que esta sensación de [no verano], mantiene una relación amorosa distinta conmigo de esas que no se escriben en las redes sociales ni se redactan en limpio delante de los demás considerados “el resto”. Todos creemos que mantenemos relaciones únicas con las personas a las que amamos, fantaseamos con un amor que no muere y se mistifique. Y es cierto, ninguno es igual. Como en el blanco de los ojos, dije yo. Que sea amor, recuerda, es decir, me recordaron. Con eso basta.

5. Es una hora en la que uno es capaz de arrepentirse, incluso, de tener pies. Por otro lado t
ambién se llama narcisismo, ya que es políticamente poco correcto decir: – Escribo esto porque entiendo que a mí misma, me da la gana. Sin pretensión pedante, ni aquiescente convalecencia de la voz que resquebrajada, acierta a afirmar: – Un blanquito se rasca el culo, me mira con comida china en una bolsa amarilla. Saca una Game-boy y yo lo llamo “producto, altamente, capitalista”. No tienes edad, muchacho, claro que no la tienes. Mírame a mí. “No me he sentado en todo el día”, digo, como si tal cosa. Ni que tuviese, lo diré, 21 años y no trabajase (seriamente). Como para encima no sentarme en todo el día y vestir shorts. 

6. El estereotipo del tatuaje se ha convertido en un leitmotiv recurrente, diré que, se copian, como en las serigrafías: notas musicales, frases de libros que no se han leído, corazones, estrellas, infinitos y nombres de personas caducas. Tienes quince años, tu novio no será tu novio al día, con lo cual escucha: con quien te morreas hoy, será distinto del de mañana. Fíjate, hoy he visto uno de Isaac Asimov en el brazo de un metalero y la cara de Maradona en la espalda de una chica con una mochila de una universidad española, ¿acaso es altura académica y/o moral? A menudo pienso que los libros visten. Escúchame, compañero de metro. Lees a Benedetti y es extraño en este “subte” (como dice Pauls), pues en la serie: Grey, Grey, Grey, Reverte, Grey, Grey, ver a Mario es no menos que excelente. Y qué fiesta si fuese Ray Bradbury: alta poesía de ficción de a) tatuarse y b) recordar siempre. 

7. En definitiva, ir de intenso es una porquería que consume tiempo, poco dinero y esfuerzo. Lo del gato era involuntario (miau, miau, miau) , como también lo fue pagar la cuenta de las cervezas que me tomé unas tres horas más tarde – y eso que era un tinto de verano-, junto con otros que no como yo, no vieron el ventilador desmontado que yo misma veo, cada vez que llego a mi portal y aún nadie lo retira. ¿Cuánto tiempo va a estar la vecina, tocando el piano a horas intempestivas y otras mierdas facsímiles? Qué cansancio. Llego a casa y en el trayectito del ascensor me miro cansada en el espejo como una folclórica sin marido pudiente y me digo: – Cómo has crecido, niña. Cuánto porvenir.

A. 

Ceci n'est pas une pipe.
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