El porno es cutre.

Mi único y más tierno problema con el porno es que me parece estéticamente un soplido facial huraño, poco indulgente y nada progre. Alguien pueden sentarse a la vera de un bar chic y decirte, “para mí el porno es un gordo frente a un ordenador”, y contestarás que sí, que es justamente eso. Y será la expresión justa, ese cuadro de costumbres burgués, lo que venga a significar un par de empujones atropellados, sudor y finales iguales para tanto “argumento” dispar, que es siempre lo mismo: gente follando delante de una cámara por dinero: 1,2,3. El porno es la sensual delicia devorada en cuestión de segundos por un monstruo, el hambre larmoyante de un bebé pidiéndole a su madre con las manos comida, es el típico niño estúpido que consigue llevarse la mano a la cara, a verificar el calor que aún desprende la zona afectada, tras el tortazo conveniente por la parte contratante. El porno es arrojarle poesía al analfabeto. Para mí es un señor contemplando las obras de cualquier barrio del extra, mientras se le cae una baba por esa barba sin cuidado, cuerpo que a su vez genera sudor en un bastón de madera mientras pasa una chica en falda. Y es como ese maldito gato, puede estar vivo o muerto, teniendo una erección en ambos casos.

No es un arte, es destaparte. No voy a negar que es estimulante, que es divertido, como quedar con alguien y que a la hora del postre, tras haber hecho la auténtica peripecia, que es comer como si te hubiesen educado los Fitz-James, el chocolate te resbale por la barbilla y pienses, “vaya hombre, ya no seré una señorita, si no una cochina que apenas sabe atarse los cordones”. El comensal simplemente reirá y pensará, bien no se ha percatado de mi mancha de vino en la entre-pierna, al haber estado tan ocupada en guardar las formas. Se reirán y comprenderán que son humanos y que es mejor así. Nadie mantiene las formas de puertas para adentro, ambos comensales tampoco en cuanto se desvistan y se metan en la cama: sigue siendo divertido.

El porno te avisa de que estás vivo. ¿Nunca te has parado a pensar que si alguien viniese a explicarte la mecánica de las cosas rutinarias, éstas quizá perdiesen su sentido? Algo así es el porno. Si alguien tiene que venir a mostrarte lo más elemental, entonces ¿qué haremos después? Disculpe, ¿alguno de ustedes en la sala quiere que le sea explicado el curioso arte nuevo de miccionar? Es la función elemental, y también es culpabilidad lingüística. ¿Quién escribe los diálogos? ¿Nadie ha pensado en el porno mudo? Sería una tendencia indie-pop, super alternativa, algo así como las películas de cine vietnamita a las grandes producciones de Hollywood, cuando la Metro era la Metro y no un spot de Faunia. Digo que te pone en sobre aviso porque mientas que ves un vídeo de estas características no paras de decir cosas del estilo: ¡Ala! Y… qué están…¿haciendo? Sabes perfectamente que de esa suma el resultado va a ser dos, amigo. Se oye una risa tímida tras una mano que tapa una boca que tapa una intención y otra mano dentro de una bragueta.

El porno es cutre porque es tabú y risa enlatada. Y gigas en tu memoria ram.
Es cutre porque el lenguaje es prostibulario y de párvulos, niño en sex-shop.
Es cutre porque en realidad no hay mayor disfraz que el estar desnudo.
El porno es cutre porque es evidente. Y a nadie le gusta que le digan que los reyes magos son los padres y que el sexo es así.

Termina siendo pura fantasía y vodevil.

Ilustración de Pablo Gallo desde Cultura Inquieta.
Ilustración de Pablo Gallo desde Cultura Inquieta.

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