Vine a un museo pop y no volví.

Europa nunca llegó a entender la Vanguardia (véase Avant-gardeBelleza not found 404): haz lo que no debas y desees y no lo que quieras (siempre condicionado por nuestro rol social). Éramos verdaderos bares de alterne de la inconsciencia. La herencia de todo ese panorama cultural, profundamente gallego, se debate en un torpe discernimiento sobre a qué podemos añadir a la lista de objetos que enmarcaríamos dentro de lo que propiamente se conoce como “arte” sin olvidar que debemos agregar un título secundario en el que se especifique “interactivo/no interactivo”. ¿Puedo tocar? En caso negativo un vigilante se acercará y te dirá: “respete la obra del artista.”

Al entrar en una sala de exposiciones de arte moderno – otra plataforma fustigadora, dueña y señora de la tendencia – el individuo se somete a un exigente control de calidad: el teléfono que cuelga de la pared, ¿pertenece a la colección “Estaba aburridamente distraído cuando encontré el super-glue, y acto seguido empecé a pegar todo lo que tenía a mano (incluso las virutas de los lápices Alpino)”? 

Lo cierto es que la falta de originalidad del ser humano, que provoca inanición y de ahí toda esa panda de modernos tirados por los suelos de museos francos, es casi demencial. Siempre hemos estado pidiendo SOS, pero claro, hay que transgredir y obviar que los zapatos rojos de purpurina eran de Dorothy. Dos más dos son cinco quieren hacernos creer. A mí no me engañan. Le doy el visto bueno a Keith Haring, pero no pretendan que un pene y una vagina a escala 1:7 deban parecerme hermosos, sino humanamente atroces. Por no hablar del gasto de plástico y látex y la pregunta lanzada anteriormente sobre el hombre en el primer párrafo. El artista: ¿genio o simplemente instalador de telefonía por cable?

 

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Keith Haring.
Keith Haring.
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Desde el infierno, dígame.

A Lola, el resto recordad que debéis leer antes ésto:

https://unadecisnesyflamencos.wordpress.com/2014/05/11/asi-todo-1/

https://unadecisnesyflamencos.wordpress.com/2014/05/21/asi-todo-2/

Al principio fue el dolor, el que despertó mi angustia por el amor hacia la lectura. Uno tiende a creer que es suficiente con lo que da de sí para el mundo, pero no es cierto, no es verdad que nos entreguemos. De tan egoístas, moriríamos en el intento y la habitación se abriría al resto de personas con el único fin de ocuparla para siempre.

El ventilador se dispuso a girar una y otra vez, mientras mi dedo gordo del pie (si es que no poseyera otro nombre más descriptivo) se posaba una y otra vez con rabia sobre el botón, justo al lado de la entrada y de la cortina que hacía las veces de puerta para un baño del que no guardo ni justicia ni perdón. No terminaba de arrancar, era mi alter ego. Yo era un defectuoso aparato con una cuerdecita colgando que, justo al borde, tenía una bola de celo. Así fue cómo mi hotelito tres estrellas lux, fue degradado a dos justas y que, como flores, iban perdiendo puntas a medida que abría cajones y puertas del armario, que mi ceniza caía sobre la moqueta y que los bordes de las cortinas con extraños motivos, tipo años ochenta, se amarilleaban caprichosamente.

Una nube de lecturas sobre un escritorio, dudosa fabricación, respiraba lentamente mientras se achicharraba con el rayo de sol mediterráneo que entraba por la ventana sin ganas. Tan solo acertaba a preguntarme por qué nacieron tantos críos tras el gran apagón de Nueva York, y por qué aún no estaba tan bebida como para evitar sentir el chirriar de la puerta en cuanto la abriese el Judío, con noticias sobre Andrés. Debía ponerme un libro sobre la cara antes de todo. Y así tal vez beber con una pajita el whisky solo y absorber las sutilezas de Spinoza por ósmosis. Añadí para entonces una nota mental: el vaso correcto no tiene colillas y un condón dentro. ¿Que por qué de aquello? No lo quiero saber. Incluso ahora, cuando menos me apetecía leer. El acto de leer, que llegó a ser tan importante como hacer el amor o follar.

 

Fotografía de Alberto García-Alix
Fotografía de Alberto García-Alix

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“Siete minutos de mi porvenir”

…Reza un renglón de no sé muy bien qué libro de “el señor”, como dice Bolaño, Alan Pauls. Pero como no he venido aquí a hablar de su libro (en teoría inexistente, y de posible, poco imaginable), sino de mi intolerancia a los viajes en transporte público, comenzaré hablando de un gato que maullaba y su tutora transportaba en una maleta azul con orificios.

1. Una chica se aproxima y pienso, tu ombligo, chica, es insultante. Extraña, por no decir vaga, es la moda de exhibir los cuerpos sin desahucio previo, más comúnmente conocido por el término “operación bikini”. Supongo que el ser humano, en general, ha comprendido por fin que no tiene nada que esconder, que la piel, termina pudriéndose como una manzana roja sobre la tierra. Sólo quedan los huesos. 

2. Un par de retratos asaltan el museo de la obscenidad y se sitúan justo delante de un cristal negro inundado de ráfagas de luz. Juro que nunca o mejor puedo prometer que en mi vida vi rostros tan enfermos. Dos mujeres, ¿por qué siempre madre e hija? El caso es, como de tan cierto, que una sale corriendo con las manos sobre la espalda, sin esperar a la sombra. Tal vez de tanto, fuesen la muerte vestida de gorro rayado en rosa y los dientes justos para decir amén los domingos y no caer en pecado. 

3. ¿Que qué estoy leyendo? Bien, a todas todas, parece un festín erótico festivo de pezones y marismas, mundos marianos no virginales, donde tan solo cabe la onda que forma el pelo de las puntas de una mujer (cualquiera), cuando llega sobre el pecho y lo traspasa. Lo que quiero decir, es que leo una novela de Esther Tusquets sobre una mujer enamorada de otra porque amó, previamente, a un hombre , como bien pudiera haber amado a cualquiera que la hubiese hecho sentir que todos tenemos miedo y esa es la única verdad: In principio era il dolore. 

4. Es, por no decir otra cosa, del todo interesante, contemplar “paralelo” como sinónimo de “alternativo”. Lo otro es ponerse a decir, que esta sensación de [no verano], mantiene una relación amorosa distinta conmigo de esas que no se escriben en las redes sociales ni se redactan en limpio delante de los demás considerados “el resto”. Todos creemos que mantenemos relaciones únicas con las personas a las que amamos, fantaseamos con un amor que no muere y se mistifique. Y es cierto, ninguno es igual. Como en el blanco de los ojos, dije yo. Que sea amor, recuerda, es decir, me recordaron. Con eso basta.

5. Es una hora en la que uno es capaz de arrepentirse, incluso, de tener pies. Por otro lado t
ambién se llama narcisismo, ya que es políticamente poco correcto decir: – Escribo esto porque entiendo que a mí misma, me da la gana. Sin pretensión pedante, ni aquiescente convalecencia de la voz que resquebrajada, acierta a afirmar: – Un blanquito se rasca el culo, me mira con comida china en una bolsa amarilla. Saca una Game-boy y yo lo llamo “producto, altamente, capitalista”. No tienes edad, muchacho, claro que no la tienes. Mírame a mí. “No me he sentado en todo el día”, digo, como si tal cosa. Ni que tuviese, lo diré, 21 años y no trabajase (seriamente). Como para encima no sentarme en todo el día y vestir shorts. 

6. El estereotipo del tatuaje se ha convertido en un leitmotiv recurrente, diré que, se copian, como en las serigrafías: notas musicales, frases de libros que no se han leído, corazones, estrellas, infinitos y nombres de personas caducas. Tienes quince años, tu novio no será tu novio al día, con lo cual escucha: con quien te morreas hoy, será distinto del de mañana. Fíjate, hoy he visto uno de Isaac Asimov en el brazo de un metalero y la cara de Maradona en la espalda de una chica con una mochila de una universidad española, ¿acaso es altura académica y/o moral? A menudo pienso que los libros visten. Escúchame, compañero de metro. Lees a Benedetti y es extraño en este “subte” (como dice Pauls), pues en la serie: Grey, Grey, Grey, Reverte, Grey, Grey, ver a Mario es no menos que excelente. Y qué fiesta si fuese Ray Bradbury: alta poesía de ficción de a) tatuarse y b) recordar siempre. 

7. En definitiva, ir de intenso es una porquería que consume tiempo, poco dinero y esfuerzo. Lo del gato era involuntario (miau, miau, miau) , como también lo fue pagar la cuenta de las cervezas que me tomé unas tres horas más tarde – y eso que era un tinto de verano-, junto con otros que no como yo, no vieron el ventilador desmontado que yo misma veo, cada vez que llego a mi portal y aún nadie lo retira. ¿Cuánto tiempo va a estar la vecina, tocando el piano a horas intempestivas y otras mierdas facsímiles? Qué cansancio. Llego a casa y en el trayectito del ascensor me miro cansada en el espejo como una folclórica sin marido pudiente y me digo: – Cómo has crecido, niña. Cuánto porvenir.

A. 

Ceci n'est pas une pipe.
Ceci n’est pas une pipe.

El porno es cutre.

Mi único y más tierno problema con el porno es que me parece estéticamente un soplido facial huraño, poco indulgente y nada progre. Alguien pueden sentarse a la vera de un bar chic y decirte, “para mí el porno es un gordo frente a un ordenador”, y contestarás que sí, que es justamente eso. Y será la expresión justa, ese cuadro de costumbres burgués, lo que venga a significar un par de empujones atropellados, sudor y finales iguales para tanto “argumento” dispar, que es siempre lo mismo: gente follando delante de una cámara por dinero: 1,2,3. El porno es la sensual delicia devorada en cuestión de segundos por un monstruo, el hambre larmoyante de un bebé pidiéndole a su madre con las manos comida, es el típico niño estúpido que consigue llevarse la mano a la cara, a verificar el calor que aún desprende la zona afectada, tras el tortazo conveniente por la parte contratante. El porno es arrojarle poesía al analfabeto. Para mí es un señor contemplando las obras de cualquier barrio del extra, mientras se le cae una baba por esa barba sin cuidado, cuerpo que a su vez genera sudor en un bastón de madera mientras pasa una chica en falda. Y es como ese maldito gato, puede estar vivo o muerto, teniendo una erección en ambos casos.

No es un arte, es destaparte. No voy a negar que es estimulante, que es divertido, como quedar con alguien y que a la hora del postre, tras haber hecho la auténtica peripecia, que es comer como si te hubiesen educado los Fitz-James, el chocolate te resbale por la barbilla y pienses, “vaya hombre, ya no seré una señorita, si no una cochina que apenas sabe atarse los cordones”. El comensal simplemente reirá y pensará, bien no se ha percatado de mi mancha de vino en la entre-pierna, al haber estado tan ocupada en guardar las formas. Se reirán y comprenderán que son humanos y que es mejor así. Nadie mantiene las formas de puertas para adentro, ambos comensales tampoco en cuanto se desvistan y se metan en la cama: sigue siendo divertido.

El porno te avisa de que estás vivo. ¿Nunca te has parado a pensar que si alguien viniese a explicarte la mecánica de las cosas rutinarias, éstas quizá perdiesen su sentido? Algo así es el porno. Si alguien tiene que venir a mostrarte lo más elemental, entonces ¿qué haremos después? Disculpe, ¿alguno de ustedes en la sala quiere que le sea explicado el curioso arte nuevo de miccionar? Es la función elemental, y también es culpabilidad lingüística. ¿Quién escribe los diálogos? ¿Nadie ha pensado en el porno mudo? Sería una tendencia indie-pop, super alternativa, algo así como las películas de cine vietnamita a las grandes producciones de Hollywood, cuando la Metro era la Metro y no un spot de Faunia. Digo que te pone en sobre aviso porque mientas que ves un vídeo de estas características no paras de decir cosas del estilo: ¡Ala! Y… qué están…¿haciendo? Sabes perfectamente que de esa suma el resultado va a ser dos, amigo. Se oye una risa tímida tras una mano que tapa una boca que tapa una intención y otra mano dentro de una bragueta.

El porno es cutre porque es tabú y risa enlatada. Y gigas en tu memoria ram.
Es cutre porque el lenguaje es prostibulario y de párvulos, niño en sex-shop.
Es cutre porque en realidad no hay mayor disfraz que el estar desnudo.
El porno es cutre porque es evidente. Y a nadie le gusta que le digan que los reyes magos son los padres y que el sexo es así.

Termina siendo pura fantasía y vodevil.

Ilustración de Pablo Gallo desde Cultura Inquieta.
Ilustración de Pablo Gallo desde Cultura Inquieta.

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