[25] final.

Capítulo 25.

La cogí del brazo y echamos a correr. Jamás había visto nada tan bonito en mi vida, jamás. Pude ver cómo ese chico se le acercaba, tocaba su espalda y la besaba. Ella se resistía pero luego todo fue calma. La gente corría de un lado para otro y a ellos no parecía afectarles en absoluto. Dos policías se aproximaron a ellos y la cogí del brazo. Le dije: Corre, corre vamos. Creo que fue culpa mía. Durante unos instantes había sido feliz. Feliz.

Entró en su cuarto. Todo estaba como el día anterior. Y como esa misma mañana cuando salió rumbo a las clases de japonés. Oyendo el ruido que hacía la puerta automática tras sus pasos. Guardó su llave electrónica y echó a caminar.
Esos días había hecho multitud de fotografías. A la comida y a las personas con las que pasaba el tiempo. Y a los paisajes. Se preguntaba si ellos estarían viéndolos desde Madrid, desde sus casas, todos juntos o separados. Pero viendo que él estaba tras el objetivo que fotografiaba cada uno de los momento que morían en el horizonte del mar. Él estaba en la fina línea que dibujaba el agua y el aire occidental que emanaba su espíritu. Viajar. Ese iba a ser su oficio, por eso pidió la beca y por eso se marcho. Las personas tan sólo son puntos en la lejanía. Las personas, tus personas no dejan de seguirte allá donde vayas.

Cuando regresó vio un paquete en la puerta. Se detuvo ante él y sacó su tarjeta del bolsillo, restregándola hasta que la banda y el chip daban luz verde y podía regresar al sitio que había creado.
La cama era un colchón en medio de una habitación. Era la cuarta pared donde estaba la ventana, las zapatillas rojas y verdes que había dejado ventilando y el mismo pájaro de siempre.
Se tumbó en ella apartando la manta y algunos libros que tenía encima.
Se incorporó.
Tomó la caja y la abrió. Venía de Madrid. Estaba rota y mojada por las esquinas. Sin explicación.
Dentro un cigarrillo de Lucky.
Dentro una moneda de dos euros con la cara del rey de España.
Otra moneda, de un euro. Con las proporciones de Da Vinci.
Una fotografía en color de una polaroid. Tenía escrito en bolígrafo azul: ‘’El día que fuimos’’.
Una casa grande detrás. Una marabunta de gente corriendo. Policía. Papeles por el suelo. Zapatillas. Hombres y mujeres.
Y en la multitud.
En la multitud estaba ella besándose.
No sabía quién era. Probablemente no era nadie. No eran unos ideales, ni siquiera un sueño. Tampoco era una utopía. Era un chico. Un chico que durante unos segundos ella debió amar. Después nada.

25

Andrea Toribio Álvarez.

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