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Capítulo 24.

Me lo envió por correo.

Ah, ¿Lo tienen?

¿Les importa que lo lea de nuevo?

A ver si me acuerdo de más cosas…

Lo leo en alto:

Discúlpeme,
Olvidaba que todos en adelante queremos ser el vértice de nuestra generación, auge de la putrefacción sentimental en detrimento de la debacle del triunfo y la victoria. Queremos que nuestro mayor logro sea pisar América, recorriendo la honda llanura bajo la inexorable sequedad del sol o cayendo exánimes nuestras almas agrietadas sobre la tierra de la selva que humedecerá el recuerdo de los ecos humanos en la historia.
Formo parte de ese grupo de jóvenes queriendo ser muchachos en un camino hacia no where, gritando desde un pueblo bonaerense junto al pacífico de los conquistadores. Nosotros los de hoy empuñamos armas violentamente pacíficas, estoicas palabras que profundizan diariamente y que tal vez contribuyan a la monotonía natural, la línea de la vida, la sucesión de acontecimientos, una variable x elevada a n siendo ésta la generación beat que nos hizo enloquecer y tiritar para tratar de despertar.
Seguimos presentando espasmos, diagnosticados siempre, ante todo.
Por otro lado queremos ser de aquí. Escuchar música de la que nos gusta, soñar vivir donde querríamos hacerlo, soñando porque no hay otra forma de vivir, siendo vivir la onda máxima que debemos proyectar para con nuestras intenciones, y el donde querríamos aquella casa con balcón desvencijado de allí. Queremos dar cuenta de nuestra existencia. Queremos ser tontos, listos, neutrales, barbudos, parecer que hemos vivido, llevar abrigos d hace veinte años y ya veremos qué en otros tantos. Tan sólo damos cuenta de una juventud reflexiva resuelta en una complicada edad adulta que será sin duda la juventud rebelde que nos faltó.
Y esto seremos, sin despertar siquiera hasta morir, renacer y aceptar, como dijo Elliot, que la vida es larga. Lo atestiguará el tallo de la rosa recién cortada junto a unas espinas y una gota de agua que alguien cortará por ti el día d.
¿Y sabéis qué otras generaciones?
La tecnología no nos vertebra no deja de ser otra estupidez más, un mecanismo que nos permite declararnos poco conformes con las ingentes cantidades de información que recibimos. Podemos leernos el mejor libro jamás escrito que seguirá oculto tras nuestra sombra visceral, una mueca descarada y sobria: nosotros mismos.

Sí fuimos a los bares de Malasaña.

Recitamos.

Recitaba todo el mundo.

Bebíamos cerveza.

Había lecturas en centros culturales y bibliotecas. Se hicieron asambleas, se hicieron también entrevistas a escritores… aparecieron puestos de libros de segunda mano por las calles, las librerías se abrieron a los transeúntes con puestos de libros a un precio menor…

Fuimos a los bares de todos los barrios. Hicimos que en todos se pudiera recitar y tomar algo. Hicimos que la gente se moviese. Había panfletos con la cara de Vicente, con nuestras caras, con las caras de todos. Había poemas tirados por el suelo, había muchas cosas y elegimos un día para reunirnos todos allí.

Sabíamos perfectamente que el movimiento moriría en cuanto consiguiéramos un poco de atención, fueron unos días muy bellos. No se lo voy a negar. Pero que muy bonitos. Yo estaba entusiasmada. Hermosos…

Nuestro requerimiento era básico.

Queríamos que se remodelase la casa.

Que el jardín volviese a ser un jardín, con flores y césped.

Que hubiese una zona de niños y otra en la que hubiera un porche con sillas y mesas para poder organizar reuniones de poetas y oyentes. Conferencias. Eso en verano y cuando saliera el sol. Como ahora. Me pregunto si aún sigue el sol ahí fuera.
Dentro… dentro debían volver todos los libros que Vicente hubiera tenido en casa.

Sí sabíamos que esto no era posible. Íbamos a pedir libros, los que sobrasen en cada librería, donaciones de anónimos, libros de escritores, a las editoriales… a todo el mundo. E íbamos a llenar la casa con estanterías. En principio queríamos que funcionase como una gran biblioteca, como las públicas. Que se pudieran sacar libros libremente. Son palabras que suenan parecidas.

Con todo ello, una sala de conferencias, para cuando hiciese frío, un programa de becas y evidentemente, que se convirtiese en casa museo con centros asociados.

Una cafetería pequeña con espacio para recitales y cuenta-cuentos para niños. Deben entrar en contacto con la literatura desde bien pequeños. Como si quieren ser Pedro Duque, abogados, ingenieros o cultivar las letras. Siendo quienes quieran ser, eso siempre. Pero también hay que sonreír ante la vida, y es necesario reír.

Suscribo sus palabras. El manifiesto debe estar en Japón. Yo no sé nada. Quien pudiera saberlo sería quien envió la carta con él dentro. Y nada más.

Todo fue rápido y apenas me enteré de nada.

Sí.

Todo iba bien.

Hasta que dijimos que no íbamos a movernos y lo avisamos, lo dijimos muchas veces. No quisieron escucharnos o tal vez le dieron demasiada importancia.

A los tres les cogieron primero. Todo el mundo corría y no había espacio para huir. Delante de nosotros estaba la casa. Dejamos todo rápido y la calle se llenó de luces azules al grito de: Ya está bien, desalojen.

Nosotros corrimos hacia la casa, como le digo. Saltamos la valla, pero una de ellos se enganchó y los otros dos se quedaron para ayudarle haciendo palanca con sus pies y con sus manos también.

Nos colamos por una ventana del sótano, rodearon la casa y cuando estuvimos dentro hicimos un pequeño círculo y nos quedamos dormidos escuchando el huracán de voces de fuera, las sirenas, la gente gritando y yo… yo estaba como ida…
No sabía dónde estaba ni él. Ni siquiera sabía quién era. Quería volverle a ver una vez más, abrir los ojos mientras me besaba. Me estrechaba fuertemente. Parecía decirme: te conozco, ¿sabes? Yo te conozco. Me has esperado y aquí estoy. Estuvimos un momento separados. Le dio tiempo a decirme que siempre quería haber hablado conmigo, pero nunca se había atrevido. Roja como un tomate sentí que una mano tiraba de mí muy fuerte. Le perdí entre la gente. Yo. Le perdí.
Sentí su sonrisa dentro de mi boca. El tiempo que estuvimos dentro de la casa, mantuve mi mano sobre mi cara, todo el rato… continuamente… sentía su calor, seguía sintiendo su abrazo…

Capítulo 24.
Capítulo 24.

Andrea Toribio Álvarez.

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