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Capítulo 23.

Su tono adquirió un derrotero de lo más confuso. Sé que me pregunto si yo leía, como ya les he explicado. Pero, ¿a son de qué? Pues ni idea. Acabó pidiéndome mi dirección y mi nombre, y yo torpemente le pregunté el suyo, que ya me lo había dicho y yo no lo sabía. Me lo había dicho en unas postales simpáticas que después, al enseñárselas, ella tachó de desastre oscuro, viniendo a decirme que las tirase y me olvidara de la historia. Había seleccionado unas fotografías muy conocidas, unas imágenes entre las que se encontraba La piedad, un Cristo en una cruz, muy parecido al que pintase Dalí. También una que tenía una paloma con un resplandor detrás, como saliendo de un libro.
Vale.
Vale. Reconozco que esa en concreto era horrible. Muy fea, y que daba más miedo que cualquier panfleto de los testigos de Jehová.
Pero no. No estoy haciendo ningún relato que guarde nuestra intención, no somos un grupo organizado de ningún tipo, bueno sí. Poesía yo que sé. Poesía, sí.
¿Qué qué quería con mi dirección y esas postales?
Ah, es que no he terminado.
Quería mandarme unos manuscritos, certificados todo un detalle, que había escrito.
Sí, en concreto esa postal daba algo de miedo, pero cosas peores se han visto, no me lo vayan a negar.
Yo le dije que si tanto había escrito, no entendía cómo no podía haber mandado nada en su vida a ninguna editorial o había intentado auto-editarse. La respuesta fue clara: le daba vergüenza. Escribía para sí porque tenía una necesidad enorme de comunicarse con sí misma. Ahora, a sus no sé cuántos años, había decidido hablar con todo aquel que se sentase a su lado en el autobús, contarle su historia y enviarle lo que tenía en casa. Una copia, espero. Sentí celos, esa historia no era tan sólo mía. Otra vez volvía a pasar. Esa mujer hablaba conmigo siguiendo un patrón de repetición mundial. Solo que esta vez no era como comerse un sándwich. No. Esta vez ella era el patrón, ella era el origen. Y el origen era: el miedo que a uno le provoca escribir y mostrárselo al mundo.
Déjeme, déjeme que le enseñe algunas de las postales que me dio. Aún las llevo conmigo metidas en las costuras de mi ropa interior. No han sido muy inteligentes. Mi favorita es una que tiene una foto de Santa Teresa delante. Es un poema. Evidentemente las preguntas buenas son las que van en ambas direcciones: no había leído nunca jamás nada en su vida. ¿Se lo pueden creer? Jamás. Ahora me dirán, de dónde cojones sale esta voz.

Ilusión de Dios
Vuelve a mí
Espíritu halagador.

Y de mí ten compasión
Que si mucho te ofendí
Doblaré todo el amor
Que te ha faltado de mí.
Quiero pedirte perdón
Olvida ya mis ofensas
Y nunca olvidaré yo,
De decirte un solo día
Quiero ser Padre amoroso
Instrumento de tu amor.

La temática es lo de menos, lo de menos.
¿Eso?
Ah. Sí. Eso. Un manifiesto que escribí. Pero ella tenía razón. Los manifiestos ya no pueden ser palabras, ni frases. Tienen que recoger a un conjunto de personas que sientan de la misma manera. No van a creérselo, pero el nuestro se escribió mientras el evento tuvo lugar.
Sí, sí. Allí.
¿Qué dónde está?
Supongo que volando a Japón en un avión de correo exprés. Yo que sé.
Y es el único que existe en todo el mundo.
No hay más copias.
Lo hizo el chico que ustedes piensan que es un terrorista.
Sí.
Sí. El de la fotografía que nos han enseñado.

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Andrea Toribio Álvarez.

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