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Capítulo 22, “Sala insonorizada 2. Cristal opaco y tres personas delante. Micrófonos”.

¿El verso que nos obsesionó durante meses? Claro que lo recuerdo, era de Vicente, como no, y decía:

«Un pájaro de papel
Y una pluma encarnada
Y una furia de seda
Y una paloma blanca»

Pertenece al libro ‘’Espadas como labios’’, concretamente, una sección dedicada, unos poemas sueltos, a Luis Cernuda. Ese poeta nos gusta mucho a las dos, ¿Sabe? Pues bien. Compró el libro por internet y lo trajo a clase para enseñármelo. Siempre que nos compramos un libro, nos lo leemos lo recomendamos y nos lo dejamos, para luego devolvérnoslo y decir: qué gusto, y qué bonito es todo, joder, a la vez tan triste…

En esa parte del libro, era un libro amarillo y nada viejo a pesar del año de publicación, había una fotografía que hizo que me convirtiera en una buscadora de manos de hombres compulsiva. Tengo una carpeta en el ordenador con manos, que entiendo que ustedes han visto, si no lo han hecho poco les falta, porque me han quitado y registrado hasta las uñas de los pies.
No puede amenazarme con nada, porque no funcionaría. Déjeme terminar y ya hablaremos.
La fotografía era en blanco y negro, y no sé por qué pero creo que era un recorte de otra que sería más grande. Habían hecho una reproducción al detalle, como si yo quisiera fotografiarle a usted, remotamente, y únicamente fijarme en el botón oxidado de su chaqueta. Hace tiempo que no vive con su mujer, ¿Verdad?

Un pañuelo. Quiero un puto pañuelo, un jodido clínex. Tengo que quitarme la sangre de la boca. Quiero que mi boca deje de saberme a sangre, si no le importa. Y un vaso de agua, o firmaré mi silencio con los dedos.
Era una mano muy bonita, grande, con las uñas cuidadas, algunas arrugas y bueno, una americana de pana o de tela jaspeada ya no lo recuerdo, y la he podido contemplar, al menos, medio millón de veces, como obnubilada…
Nos pusimos a hablar de manos un buen día. Ella me dijo que no había visto ninguna que le hubiera llamado la atención, pero sí me contó no se qué del padre de los Panero. Se ve que cuando murió, lo bajaron los enfermeros por la escalera de su casa en una camilla con una sábana blanca encima, como para conservar lo poco puro que tiene la muerte, y no se dieron cuenta de que una mano colgaba e iba golpeando cada escalón de esa casa, que se quedaba vacía y que al llegar al último tocó la carita de uno de los niños que años más tarde moriría en un manicomio, sin parar de repetir desde la verja: Yo ya soy libre, y os saludo a vosotros, los encarcelados.

Estuve durante muchos días pensando, en cómo podrían haber sido los últimos momentos de la mano del poeta, y sinceramente me puse a investigar a ver vídeos de cuando vivía. Desde entrevistas a él mismo hasta de otros poetas. Me enfadé mucho cuando me enteré que la casa que acogió su enfermedad, sirvió de trinchera en la guerra civil, le guardó la vida durante la dictadura y había acogido a poetas de generaciones posteriores estaba ruinosa y nadie hacía nada por salvarla. Bueno, miento. Existe una asociación de amigos del poeta pero creo que no cuentan con ningún tipo de soporte económico. Por eso escribí la carta. Cuando se es joven, se tiende a pensar que puede escribir algo y que con ello cambiará el rumbo de las cosas, pero no. Habitualmente no suele cambiar nada, y si lo hace es a peor. Yo siempre me he refugiado en el horror de las cosas rutinarias y eternamente aburridas, por eso, como digo, escribí esa carta que llegó a contestarse desde dos sitios diferentes y la respuesta fue siempre la misma. Y yo seguí esperando hasta que ella me dijo, que podíamos enviar un proyecto a esa organización, mandar cartas a poetas, a profesores, amigos y demás interesados en esto: la poesía. Teníamos en nuestras manos el poder de recuperar un espacio.

No, ella no fue.

¿Entonces? Entonces nadie. Si usted piensa que somos un grupo anarcosindicalista de la extrema izquierda está usted muy equivocado. El chico que sale en la fotografía que está sobre la mesa no es nadie. Tiene el pelo rapado, sí, pero no todo. Y lleva un pasamontañas en el cuello, ¿Y qué? A ver si ahora no vamos a poder vestir como queramos. Que vaya así no quiere decir que pertenezca a ninguna ideología concreta, es tan sólo un chico, como todos los que estábamos allí. Usted podría pensar de mí cualquier cosa, como ya he pensado sobre usted y su mujer. A mí qué me cuenta.
Fijamos un día, por la tarde, cuando no tiene que dar clase al chico ese de gramática y lo pusimos todo por escrito. Previamente yo le conté lo de la carta, que la había mandado esa misma mañana y todo un rolo burocrático al que asentía con indiferencia mientras tomaba con calma el café que acababa de traernos mi madre, en taza negra. Recuerdo que lo elevaba con cuidado, tomaba un par de sorbos y lo dejaba sobre el plato del mismo color. Más de una vez le dije que me estaba poniendo enferma y que esperaba que terminásemos aquello cuanto antes, que quería estar sola y leer un rato. El comentario ni siquiera le molestó, lo entendía porque quería hacer lo mismo. Estas discusiones sin palabras las solíamos tener siempre, por lo tanto, no sé hasta qué punto no hemos llegado a discutir nunca. Desde que nos conocemos, ¿Me entiendes? El caso es que creamos una plataforma de internet, un blog de los que están de moda ahora. Incluimos un texto que presentase las ideas de forma clara y concisa: nuestra intención, nuestros votos y lecturas, la ayuda con la que contábamos y la que no. Nuestros amigos de la facultad se sumaron sin dudar un solo momento, al igual que ocurriese con la obra de teatro que alumbrase nuestra compañera o la revista que propuso ella. Tan sólo tuvo dos números y unas tres o cuatro reseñas que nos señalaban como grupo poético de un nombre que se inventaron, creo que era ‘’de los dos mil’’, pensamos que debíamos acogernos a una causa feroz. Éramos los ‘’nuevos de Velintonia’’, sabiendo que Vicente ya no estaba para recibirnos.

Capítulo 22.
Capítulo 22.

Andrea Toribio Álvarez.

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