[21]

Capítulo 21, “Sala insonorizada 1. Cristal opaco y tres personas delante. Micrófonos”.

No hace falta que me mire de esa manera.

No soy ninguna perra.

No he hecho nada.

Pensar está condenado y por tanto, todos lo estamos.

Ni siquiera tiene vida esta manta gitana que me han dado. Tengo frío, llevábamos ocho días metidos en aquella casa, sin un solo mueble y pensando que estábamos aportando algo al crimen social. Una casa abandonada y sola que estuvo muy concurrida, una casa que vivía a través de jóvenes que se acercaban hasta esa zona de Madrid, Moncloa, por ciudad universitaria y que aunque escribiesen mal, recibían palabras amables y algo de aliento. Muchos de ellos probablemente, más que probable diría yo, trabajan tecleando, cla, cla, cla. Yo escucho su respiración, oigo las teclas tamborear el teclado de ese puesto en una oficina x, en la que se encuentran destinados como funcionarios. Ocupan una vida a la que no aspiraban. Y todo, todo ¿Por qué? Y yo que sé.

Por eso nosotros, nosotros vinimos a hablar de nosotros mismos, para avivar la llama y decir a otros que tienen la misma edad que nosotros, a otros que son más pequeños y que en un futuro, que muchos creen lejano serán los que manden, los que impongan leyes, los que corrijan nuestros errores y los que nos inviten a la reflexión como estamos haciendo ahora. Eso, ¿Qué tiene de malo?

La ocupación fue después, no estaba planeada. El encuentro se convocó por las redes sociales y se nos fue de las manos. Debieron enterarse algunos medios de comunicación, los que estaban allí puedes atestiguarlo y estoy segura, estoy completamente segura que son los mismos que grabaron lo que ocurriese después.

Qué mira.

¿Disculpe?

Ah sí. Que empiece por el principio dice. Ah, el principio es muy relativo… verá, yo.
Vale. No le estoy vacilando, ¿Cree que era realmente necesario abofetearme? Yo tampoco.
Yo estoy muy orgullosa. Él me mandó un mensaje en cuanto me vio por televisión, me dijo: Estoy orgulloso de ti, te quiero. Y por eso yo recité con más fuerza. Nunca había recitado nada, pero ahí estaba yo, subida a una caja de madera que acabábamos de fabricar, con algo de la basura y dos clavos. Me acuerdo perfectamente de lo que escribí:
Nunca duermo antes de las dos,
Recordando las luces torrenciales
Del abismo.

La carretera crea un caudal abierto
En el horizonte
Los edificios colorean tu visita
En el paisaje.

Es el coche que tomo, la rutina, la velocidad.
Es el prostíbulo del desvío,
La gasolinera, el cuartel
De la guardia civil, los jóvenes de este país.

Son los besos guarros en el portal, ya es todo.

La despedida.

El adiós.

El sexo del cielo y las luces de neón
Que me hacen marcharme para volver siempre.
Eres tú. Y nada más.

Se improvisó un gran círculo en el que todos podían leer lo que quisieran bajo el atento silencio de un espacio que habíamos creado de la nada. Como ve, la calle no es muy ancha, nos acoplamos como pudimos, éramos más de dos mil personas, un helicóptero empezó a custodiar nuestras cabezas. Sabían, ustedes, los medios, nuestros padres que también estaban allí, todos sabíamos que no nos moveríamos hasta que la última palabra estuviese dicha, es decir nunca. Nunca o conseguir lo que estábamos pidiendo. Fe en un proyecto, una reapertura. Pensamos en pedir dinero a todos los que se dieron cita. Nosotros queríamos poner también a pesar de haberlo ‘’organizado’’, de alguna manera, pero bueno, decidimos finalmente no pasar la gorra, queríamos hablar con el coordinador de la asociación primero, estábamos nerviosos. Todo empezó por un verso que dice… no me acuerdo… pero ella seguro que lo sabe. Estoy segura.
No era necesario recurrir al mismo método, no sé si me entiende. Me quedó claro la primera vez que no estábamos para jueguecitos.

Volveré a empezar de nuevo, si no me cortan.

El caso es que… yo estaba en el autobús, me subí a él quiero decir. Y me senté donde pude, al lado de una señora mayor. Veréis es que este autobús tiene ese no sé qué, lleno de gente mayor, un olor a muerte que te mareas y sin embargo huele tan fuerte, pero tan fuerte a colonia…de la cutre. De la que vas un día a casa de tu abuela y te dice que tomes, que se la han regalado en el i bes roches y tú te la metes al bolso, y al bajar, a la basura.
La señora comenzó a hablarme y yo estaba como dormida, como sin estar, pensando en esas pequeñas cosas del día que probablemente nos surjan y no sepamos afrontar.

Tiene que ver, se lo aseguro, no levante la voz, se lo prometo, déjeme seguir y ya luego discutiremos, mientras vienen mis padres, lo que usted quiera.

Dejé el libro dentro del bolso, no recuerdo qué libro era, uno para la universidad. En fin. Me miraba a los ojos como si quisiera decirme algo, y pasó algún tiempo hasta que se decidió: ¿Tú lees? Le dije que sí. Miró hacia abajo, se miró los pies un tanto y pude fijarme en sus zapatos. Eran de los que suelen llevar las personas mayores, que no dicen nada, al menos eso nos hacen creer. Siempre me pareció una estupidez que se acogieran al silencio. Pero fuimos nosotros, de eso estoy segura. Porque cada vez que llama mi abuela yo me dedico a asentir y a continuar con la tarea de turno o cuando estoy en casa de mi abuelo, me dedico a revivir las cenas de Navidad. Aquellas cenas en las que mi abuela aparecía en zapatillas y delantal, un delantal azul y manchado de grasa con un plato con flores y un filete, no muy hecho, es que yo soy así, y me preguntaba… recuerdo que me decía… ‘’Lo hice con todo mi amor’’. Mi abuela la que ya no existe, como dijo Vicente Aleixandre sobre su hermano, no la de las llamadas telefónicas para solucionar los deberes que le mandan en el centro cultural, esa no.

Sigo. Déjeme.

Esa señora, de la que le hablo, que no es una imagen alegórica del cariño de mi abuela, me dijo que dos de sus hijos acababan de morir. Uno era esquizofrénico, el otro simplemente había sufrido un infarto y Dios le había llamado para reunirse con él. Algo pronto, pero es la vida, me dijo. Su marido se estaba muriendo también, todo un drama, atado a una máquina de diálisis. De ahí vengo, hija. De ahí vengo hace un ratito, me señalaba la ventana, otro punto en el paisaje que no era ni mucho menos un hospital, sino el restaurante chino de la cuesta que corta la calle que lleva a mi casa. Yo no sabía qué decir. Eran las nueve de la mañana, llegaba tarde a clase y tenía que enfrentarme a un examen de francés que aprobé y más tarde, festejé. Me tomé un café y un bollo de chocolate.

Vale ya. Joder, ni un puto vaso de agua y tan sólo recibo, recibo sin dar nada cambio. Estoy hablando, joder. Déjeme y luego haga, o hagan lo que quiera o quieran usted y sus amigos los del cristalito.

La conversación siguió un curso raro, porque me contó que en la casa de uno de sus hijos había empezado a alojar a una madre y a un hijo, cuyo marido y padre, respectivamente les maltrataba. No físicamente, que eso es lo típico, sino verbalmente. Las palabras siempre han hecho más daño. Duelen. ¿No lo sabía usted? Pues ya lo sabe.

Capítulo 21.
Capítulo 21.

Andrea Toribio Álvarez.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s