Literatura portátil: concepto y teóricos.

Hace poco, nos dijeron que el sector editorial no había experimentado semejante caída, hasta el momento, en cuanto a ingresos, desde 1994. Es decir, ascendiendo a la cima, acostarse con el éxito y zas, vuelta al mundo real, Neo. Definitivamente: malos tiempos, para la lírica. Y la narrativa. Por no hablar del teatro, que en mi modesta opinión, poca gente consume, adquiriendo un papel de estupefaciente sui generis que te hace parecer aristócrata a ojos de una mayoría letrada (?). Cómo, ¿que vas al teatro?

Parece ser que la gente ha dejado de leer, que, las personas han dejado de consumir “literatura” o lo que Dios sabe qué, se dedican a hacer esa panda de vagos y maleantes, traga-novelas contumaces y principales productores de un objeto valioso que una vez adquirido, se deprecia un 80%, si no más: el libro. Creedme cuando os digo que el señor que leía los cuentos de García Márquez en el autobús esta mañana era un ente físico, en absoluto paranormal y que, aplicando la misma regla, también lo era ese chico, recostado a mi lado leyendo a Proust y que me ha pedido disculpas al salir. Que me aspen si lo que he visto no era real. Incluso, he llegado a ver a otros, leyendo (lo que sea), desde libros electrónicos. He de admitir que eran más, pero continuaban ejerciendo una de las curiosidades más antiguas del pensamiento humano y, no se les veía muy disgustados, au contraire mon frére. Finales de julio, pleno verano, autobús climatizado y poco ruido, baaam, lectura tranquila garantizada. Por lo tanto, parece indicar que no es que las personas hayan dejado de “leer”, simplemente el medio ha cambiado. Y claro, como en todo, mil detractores del aparatito, fuertes defensores del libro en papel frente a la comodidad de llevar una biblioteca en la mano. Formo parte de ese grupo enloquecido esnifador de masa procedente de la corteza de los árboles y profundamente post-apocalíptica y tremendamente underground. Sí, yo leo. Y lo hago al modo tradicional. Confieso que el libro electrónico es algo útil, yo tengo uno. PERO. La emoción de recibirlo por correo certificado, abrirlo e introducir algunos documentos ni por un momento supera a todas esas ocasiones, en las que el azar o algún dios de algún culto erótico-festivo, me brinda la oportunidad de comprarme o de recibir un libro.

Lo que realmente me preocupa es el título de esta entrada, el concepto de lo portátil. Deberíamos dejar de preocuparnos por el medio empleado, ambos seguirán sus caminos, como las Azúcar Moreno. Una en el anonimato y otra operándose el pecho, yo que sé. El caso es que han vuelto a juntarse, sin ambages. La verdadera amenaza es el hecho de haber evolucionado desde las ediciones tratadas de un modo fiel, ameno y tierno, a los compactos o ediciones de bolsillo, el salto a la digitalización y los poseedores de esa información, texto constituyente de las tripas de una persona: el libro. ¿Era cansado llevar un libro en el bolso? ¿Tan complicado llevar un compacto? ¿Y un libro electrónico? Tendremos que tener miras y aumentar la perspectiva a la hora de “ceder a otro” el peso de conocimiento, que si bien no ocupa lugar, en manos de la conjetura, la historia y Fahrenheit 451, puede desaparecer por pensarnos más ¿ligeros?

Puede que no en este preciso y precioso instante pero puede que en otro que se suceda más adelante, te dirijas a una librería, preguntes por un libro y no lo tengan. Que tampoco esté en la red y que ninguna distribuidora de libros digitales para el electrónico lo suministre. ¿Quién sabe dónde estará? Ni tú ni yo lo sabremos, pero tal vez otros…digo. Los teóricos de lo portátil y de lo teóricamente, más cómodo. ¿Para todos?

Fotografía de Elliot Erwitt, portada del libro: Los enamoramientos, de Javier Marías.
Fotografía de Elliot Erwitt, portada del libro: Los enamoramientos, de Javier Marías.

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The Smiths: “…ask me, ask me, ask me”.

Últimamente la música de The Smiths, me permite sobrellevar el calor y la impertinencia de sus transeúntes. Tomo el coche con frecuencia y, por ello, decidí comprarme uno de sus discos sin atender bien a la cuestión en torno al fanatismo, o al obsesivo coleccionismo de obras maestras. Compré sin más un recopilatorio editado por la discográfica Rhino, con una fotografía de Rourke, Joyce, Marr y Morrisey o “Mozzer” en la portada, sonriendo descaradamente, como diciendo: “Han pasado casi, o sin el casi, treinta años y aún la gente nos compra, aún los jóvenes tienen el alma triste y desgarbada”. Tal vez no sea así, ¿sabes, Mozz? A lo mejor tan sólo queremos escuchar nuestra realidad sin que nadie, o nosotros mismos, la tiñamos de nada. Lo único bueno de vuestras letras es, que con el paso de los años, argumentan más fuerte y si me decís “algo ha dejado de tener gracia” contestaré seriamente, que eso pasó “hace mucho tiempo” y que si mi amor es “the bomb, the bomb, the bomb”, tenga que créermelo.

Al principio, lo confieso, pensé que la melismática voz de esta identidad amorfa era una especie de mofa hacia la gente, que como yo, creemos encontrarnos en una espiral estúpida de no sé sabe muy bien qué y su causa. Y que, junto a sus flores, sus gafas de pasta y su discreta indumentaria moviendo la cadera arrítmicamente eran golpes sobre una pared llamada ‘mi corteza cerebral’. En realidad lo que hace es situarse a tu lado y ponerte una mano al hombro de forma sensual para decirte que él también ha soñado esa noche “que alguien lo quería” y que sí, en ocasiones, aunque todo vaya bien, te puede preocupar esa naturaleza estable que nos hace dudar. Comprendí que la verdad se puede contar de la forma que uno decida, pero que si se quiere mostrar no tiene que ser tan evidente como contar un polvo punto por punto o simplemente decir “estuvimos tan agusto que el tiempo no era”.

En resumidas cuentas la desgana, que teóricamente pensamos que siente, es todo lo contrario hablamos de un indiferente tono de voz. Alguien ha venido a engañarte y el señor Steven te mira y te dice: “Ah, ¿no lo sabías? vivir es esto. Camina”. Parafraseando una de sus canciones, que a su vez, es una de mis favoritas, lo cierto es que si uno se queda rezagado en el asiento del conductor, por muy suave que sea el cuero que te toca la piel, debes preguntarte cómo has llegado hasta allí, debemos hacernos preguntas, sino, no tiene sentido alguno que estemos respirando y lo más importante, rodearnos de personas que nos alimentan la vida con “yo me siento igual que tú”. Es verdad, Clara. La primera persona del singular es casi tan poco relevante frente al “otro” y los “otros”…

Si quiere ser normal, séalo. Si por el contrario quisiera ser el mejor en un campo, por qué no. Inténtelo, no van a decirle que no, al igual que si quiere ser mediocre. Lo importante es ser algo, no importa el qué. El cómo es una cuestión de lo más personal.

Libro de The Smiths editado por Errata Naturae V.V.A.A: http://www.erratanaturae.com/index.php/2014/the-smiths/

Libro de Clara C. Escribá, “Plurales”: http://www.casadellibro.com/libro-plurales/9788494261206/2339285

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lieber Freund Matsu

lieber Freund Matsu,

He preferido no poner tu nombre, es más sencillo. Llevo tus palabras atadas en las patillas de mis gafas, sin contestar. Ni un sólo gesto desde que tu misiva electrónica aterrizó y aquí estoy, treinta y desconozco grados a la sombra, diez de la noche, enciendo el cacharro del aire acondicionado. ¿Qué tal Berlín? Gaza mal, Ucrania mal, España mal. ¿Cómo va el presente? El futuro se ha echado a perder. Ese día en la presentación de mi “libro”, mucho vértigo paliado con ingentes cantidades de caña-descuento, en el agujero menos humillante del barrio, y ¿sabes qué? supe que existía porque tú lo señalaste en el mapa: trabajo a veces allí. Quisiera pensar que no todas las palabras son siempre agresivas y efervescentes y que me lees, en ocasiones, desde una pequeña pantalla de ordenador sobre un escritorio pequeño, junto a una ventana destartalada y una cortinilla amarillenta por los bordes debido al sexo y al tabaco, al sexo y a la cerveza. Lo que realmente quisiera pensar es que las palabras amables se han concentrado en burbujas instaladas en las conversaciones de autobús y pequeño lugar del mundo otro llamado “cafetería de la facultad” entre tú y yo y con eso, amigo, es suficiente. Nadie es bueno, ninguna de las caras del poliedro. Ahora una pregunta fácil, ¿leer o escribir? A Pepe le gustó mi libro, al menos eso me dijo y sentí que era feliz un momento, hasta que lo vi alejarse por el pasillo con unas chanclas arropadas por unos pantalones de gasa rosas y blancos, preguntándome qué era lo que tenía que hacer en ese momento con mi vida. Algo haré, pensé, algo haré, pensé que le decía. En realidad estaba muda.

Pd. Da recuerdos, allá donde estés a aquellos que te hagan sentir como en casa, que no es más que el corazón de uno y todo lo que tenga que contar.

Epílogo. Mi intención fue la de enfadar a mi destinatario a base de silencio, tratar de que se le olvidase que me encontraba en la parte del debe a declarar mientras esperaba, no sin esperanza, que me decidiese a escribir. Luego pensé en crear un efecto óptico en el que se prefigura como un sueño, ¿realmente esperamos que nos contesten a algo que podemos haber escrito o no? El resultado, no obstante, fue una entrada nueva a este maldito y [solo] blog de internet.

Playa de Marbella, hace pocos días.
Playa de Marbella, hace pocos días.

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Volví.

Hacía tiempo que no pasaba por aquí, tratando de esconderme bajo la piel de un relato que espero, sinceramente, os haya llegado. Y con llegado quiero decir: ¿ha quedado claro el mensaje? Tal vez, y solo digo tal vez, los cuatro esquizofrénicos de la discoteca móvil de los textos de internet nos hayamos sosegado.

Bien, le he estado dando vueltas a un par de estupideces, casi sentenciosas. ¿Creéis que los perfiles de las redes sociales os dirán algo sobre una persona? La respuesta es no. Todo lo que está colgado en la red constituye una décima parte de lo que asoma tras la pantalla o persona al otro lado de la línea y todo lo que ésta exponga supondrá, algo (indeterminado) elevado a la enésima potencia. Si has salido de fiesta, serás el/la que mejor se lo pase, si por el contrario has ido a un parque a tomar pipas con tus amigos, haréis fotos que ni Alberto García-Alix en calidad superlativa, o si te has ido de vacaciones, el álbum propondrá tu nombre para ocupar el espacio al que tan alto llega el globo de Willy Fog. Los comentarios que escribimos, prácticamente, un 75% por ciento suelen ser de usar y tirar. Su utilidad se refleja en la frase “no estamos solos”, necesitamos saber que existe alguien capaz de consolarnos, en este caso leernos e identificarse con un determinado estado de ánimo que queremos transmitir. No podemos dejar que un medio creado ridiculice y pervierta la condición del ser humano y su máxima elemental, la de relacionarse con los otros. Debe ser una herramienta útil y sobre todo, no arrojadiza. Tus amigos no van a dejar de serlo, tu familia no va a dejar de quererte y los libros, películas y demás droga cultureta va a seguir estando ahí, donde siempre.

La verdadera red social es salir por la mañana del portal de tu casa y decir: otro día más. Con gente de verdad, abrazos convencionales y otros besos o como diría Truman Capote, “otros ámbitos”.

Pd. No sólo el relato “Y nos llamaron nadie” ha constituido un subterfugio escurridizo. Había perdido mis ganas de escribir y no las encontraba. Y ocurre.

Hacía tiempo que no escuchaba algo tan bello.

Alberto García-Alix.
Alberto García-Alix.

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[25] final.

Capítulo 25.

La cogí del brazo y echamos a correr. Jamás había visto nada tan bonito en mi vida, jamás. Pude ver cómo ese chico se le acercaba, tocaba su espalda y la besaba. Ella se resistía pero luego todo fue calma. La gente corría de un lado para otro y a ellos no parecía afectarles en absoluto. Dos policías se aproximaron a ellos y la cogí del brazo. Le dije: Corre, corre vamos. Creo que fue culpa mía. Durante unos instantes había sido feliz. Feliz.

Entró en su cuarto. Todo estaba como el día anterior. Y como esa misma mañana cuando salió rumbo a las clases de japonés. Oyendo el ruido que hacía la puerta automática tras sus pasos. Guardó su llave electrónica y echó a caminar.
Esos días había hecho multitud de fotografías. A la comida y a las personas con las que pasaba el tiempo. Y a los paisajes. Se preguntaba si ellos estarían viéndolos desde Madrid, desde sus casas, todos juntos o separados. Pero viendo que él estaba tras el objetivo que fotografiaba cada uno de los momento que morían en el horizonte del mar. Él estaba en la fina línea que dibujaba el agua y el aire occidental que emanaba su espíritu. Viajar. Ese iba a ser su oficio, por eso pidió la beca y por eso se marcho. Las personas tan sólo son puntos en la lejanía. Las personas, tus personas no dejan de seguirte allá donde vayas.

Cuando regresó vio un paquete en la puerta. Se detuvo ante él y sacó su tarjeta del bolsillo, restregándola hasta que la banda y el chip daban luz verde y podía regresar al sitio que había creado.
La cama era un colchón en medio de una habitación. Era la cuarta pared donde estaba la ventana, las zapatillas rojas y verdes que había dejado ventilando y el mismo pájaro de siempre.
Se tumbó en ella apartando la manta y algunos libros que tenía encima.
Se incorporó.
Tomó la caja y la abrió. Venía de Madrid. Estaba rota y mojada por las esquinas. Sin explicación.
Dentro un cigarrillo de Lucky.
Dentro una moneda de dos euros con la cara del rey de España.
Otra moneda, de un euro. Con las proporciones de Da Vinci.
Una fotografía en color de una polaroid. Tenía escrito en bolígrafo azul: ‘’El día que fuimos’’.
Una casa grande detrás. Una marabunta de gente corriendo. Policía. Papeles por el suelo. Zapatillas. Hombres y mujeres.
Y en la multitud.
En la multitud estaba ella besándose.
No sabía quién era. Probablemente no era nadie. No eran unos ideales, ni siquiera un sueño. Tampoco era una utopía. Era un chico. Un chico que durante unos segundos ella debió amar. Después nada.

25

Andrea Toribio Álvarez.

[24]

Capítulo 24.

Me lo envió por correo.

Ah, ¿Lo tienen?

¿Les importa que lo lea de nuevo?

A ver si me acuerdo de más cosas…

Lo leo en alto:

Discúlpeme,
Olvidaba que todos en adelante queremos ser el vértice de nuestra generación, auge de la putrefacción sentimental en detrimento de la debacle del triunfo y la victoria. Queremos que nuestro mayor logro sea pisar América, recorriendo la honda llanura bajo la inexorable sequedad del sol o cayendo exánimes nuestras almas agrietadas sobre la tierra de la selva que humedecerá el recuerdo de los ecos humanos en la historia.
Formo parte de ese grupo de jóvenes queriendo ser muchachos en un camino hacia no where, gritando desde un pueblo bonaerense junto al pacífico de los conquistadores. Nosotros los de hoy empuñamos armas violentamente pacíficas, estoicas palabras que profundizan diariamente y que tal vez contribuyan a la monotonía natural, la línea de la vida, la sucesión de acontecimientos, una variable x elevada a n siendo ésta la generación beat que nos hizo enloquecer y tiritar para tratar de despertar.
Seguimos presentando espasmos, diagnosticados siempre, ante todo.
Por otro lado queremos ser de aquí. Escuchar música de la que nos gusta, soñar vivir donde querríamos hacerlo, soñando porque no hay otra forma de vivir, siendo vivir la onda máxima que debemos proyectar para con nuestras intenciones, y el donde querríamos aquella casa con balcón desvencijado de allí. Queremos dar cuenta de nuestra existencia. Queremos ser tontos, listos, neutrales, barbudos, parecer que hemos vivido, llevar abrigos d hace veinte años y ya veremos qué en otros tantos. Tan sólo damos cuenta de una juventud reflexiva resuelta en una complicada edad adulta que será sin duda la juventud rebelde que nos faltó.
Y esto seremos, sin despertar siquiera hasta morir, renacer y aceptar, como dijo Elliot, que la vida es larga. Lo atestiguará el tallo de la rosa recién cortada junto a unas espinas y una gota de agua que alguien cortará por ti el día d.
¿Y sabéis qué otras generaciones?
La tecnología no nos vertebra no deja de ser otra estupidez más, un mecanismo que nos permite declararnos poco conformes con las ingentes cantidades de información que recibimos. Podemos leernos el mejor libro jamás escrito que seguirá oculto tras nuestra sombra visceral, una mueca descarada y sobria: nosotros mismos.

Sí fuimos a los bares de Malasaña.

Recitamos.

Recitaba todo el mundo.

Bebíamos cerveza.

Había lecturas en centros culturales y bibliotecas. Se hicieron asambleas, se hicieron también entrevistas a escritores… aparecieron puestos de libros de segunda mano por las calles, las librerías se abrieron a los transeúntes con puestos de libros a un precio menor…

Fuimos a los bares de todos los barrios. Hicimos que en todos se pudiera recitar y tomar algo. Hicimos que la gente se moviese. Había panfletos con la cara de Vicente, con nuestras caras, con las caras de todos. Había poemas tirados por el suelo, había muchas cosas y elegimos un día para reunirnos todos allí.

Sabíamos perfectamente que el movimiento moriría en cuanto consiguiéramos un poco de atención, fueron unos días muy bellos. No se lo voy a negar. Pero que muy bonitos. Yo estaba entusiasmada. Hermosos…

Nuestro requerimiento era básico.

Queríamos que se remodelase la casa.

Que el jardín volviese a ser un jardín, con flores y césped.

Que hubiese una zona de niños y otra en la que hubiera un porche con sillas y mesas para poder organizar reuniones de poetas y oyentes. Conferencias. Eso en verano y cuando saliera el sol. Como ahora. Me pregunto si aún sigue el sol ahí fuera.
Dentro… dentro debían volver todos los libros que Vicente hubiera tenido en casa.

Sí sabíamos que esto no era posible. Íbamos a pedir libros, los que sobrasen en cada librería, donaciones de anónimos, libros de escritores, a las editoriales… a todo el mundo. E íbamos a llenar la casa con estanterías. En principio queríamos que funcionase como una gran biblioteca, como las públicas. Que se pudieran sacar libros libremente. Son palabras que suenan parecidas.

Con todo ello, una sala de conferencias, para cuando hiciese frío, un programa de becas y evidentemente, que se convirtiese en casa museo con centros asociados.

Una cafetería pequeña con espacio para recitales y cuenta-cuentos para niños. Deben entrar en contacto con la literatura desde bien pequeños. Como si quieren ser Pedro Duque, abogados, ingenieros o cultivar las letras. Siendo quienes quieran ser, eso siempre. Pero también hay que sonreír ante la vida, y es necesario reír.

Suscribo sus palabras. El manifiesto debe estar en Japón. Yo no sé nada. Quien pudiera saberlo sería quien envió la carta con él dentro. Y nada más.

Todo fue rápido y apenas me enteré de nada.

Sí.

Todo iba bien.

Hasta que dijimos que no íbamos a movernos y lo avisamos, lo dijimos muchas veces. No quisieron escucharnos o tal vez le dieron demasiada importancia.

A los tres les cogieron primero. Todo el mundo corría y no había espacio para huir. Delante de nosotros estaba la casa. Dejamos todo rápido y la calle se llenó de luces azules al grito de: Ya está bien, desalojen.

Nosotros corrimos hacia la casa, como le digo. Saltamos la valla, pero una de ellos se enganchó y los otros dos se quedaron para ayudarle haciendo palanca con sus pies y con sus manos también.

Nos colamos por una ventana del sótano, rodearon la casa y cuando estuvimos dentro hicimos un pequeño círculo y nos quedamos dormidos escuchando el huracán de voces de fuera, las sirenas, la gente gritando y yo… yo estaba como ida…
No sabía dónde estaba ni él. Ni siquiera sabía quién era. Quería volverle a ver una vez más, abrir los ojos mientras me besaba. Me estrechaba fuertemente. Parecía decirme: te conozco, ¿sabes? Yo te conozco. Me has esperado y aquí estoy. Estuvimos un momento separados. Le dio tiempo a decirme que siempre quería haber hablado conmigo, pero nunca se había atrevido. Roja como un tomate sentí que una mano tiraba de mí muy fuerte. Le perdí entre la gente. Yo. Le perdí.
Sentí su sonrisa dentro de mi boca. El tiempo que estuvimos dentro de la casa, mantuve mi mano sobre mi cara, todo el rato… continuamente… sentía su calor, seguía sintiendo su abrazo…

Capítulo 24.
Capítulo 24.

Andrea Toribio Álvarez.

[23]

Capítulo 23.

Su tono adquirió un derrotero de lo más confuso. Sé que me pregunto si yo leía, como ya les he explicado. Pero, ¿a son de qué? Pues ni idea. Acabó pidiéndome mi dirección y mi nombre, y yo torpemente le pregunté el suyo, que ya me lo había dicho y yo no lo sabía. Me lo había dicho en unas postales simpáticas que después, al enseñárselas, ella tachó de desastre oscuro, viniendo a decirme que las tirase y me olvidara de la historia. Había seleccionado unas fotografías muy conocidas, unas imágenes entre las que se encontraba La piedad, un Cristo en una cruz, muy parecido al que pintase Dalí. También una que tenía una paloma con un resplandor detrás, como saliendo de un libro.
Vale.
Vale. Reconozco que esa en concreto era horrible. Muy fea, y que daba más miedo que cualquier panfleto de los testigos de Jehová.
Pero no. No estoy haciendo ningún relato que guarde nuestra intención, no somos un grupo organizado de ningún tipo, bueno sí. Poesía yo que sé. Poesía, sí.
¿Qué qué quería con mi dirección y esas postales?
Ah, es que no he terminado.
Quería mandarme unos manuscritos, certificados todo un detalle, que había escrito.
Sí, en concreto esa postal daba algo de miedo, pero cosas peores se han visto, no me lo vayan a negar.
Yo le dije que si tanto había escrito, no entendía cómo no podía haber mandado nada en su vida a ninguna editorial o había intentado auto-editarse. La respuesta fue clara: le daba vergüenza. Escribía para sí porque tenía una necesidad enorme de comunicarse con sí misma. Ahora, a sus no sé cuántos años, había decidido hablar con todo aquel que se sentase a su lado en el autobús, contarle su historia y enviarle lo que tenía en casa. Una copia, espero. Sentí celos, esa historia no era tan sólo mía. Otra vez volvía a pasar. Esa mujer hablaba conmigo siguiendo un patrón de repetición mundial. Solo que esta vez no era como comerse un sándwich. No. Esta vez ella era el patrón, ella era el origen. Y el origen era: el miedo que a uno le provoca escribir y mostrárselo al mundo.
Déjeme, déjeme que le enseñe algunas de las postales que me dio. Aún las llevo conmigo metidas en las costuras de mi ropa interior. No han sido muy inteligentes. Mi favorita es una que tiene una foto de Santa Teresa delante. Es un poema. Evidentemente las preguntas buenas son las que van en ambas direcciones: no había leído nunca jamás nada en su vida. ¿Se lo pueden creer? Jamás. Ahora me dirán, de dónde cojones sale esta voz.

Ilusión de Dios
Vuelve a mí
Espíritu halagador.

Y de mí ten compasión
Que si mucho te ofendí
Doblaré todo el amor
Que te ha faltado de mí.
Quiero pedirte perdón
Olvida ya mis ofensas
Y nunca olvidaré yo,
De decirte un solo día
Quiero ser Padre amoroso
Instrumento de tu amor.

La temática es lo de menos, lo de menos.
¿Eso?
Ah. Sí. Eso. Un manifiesto que escribí. Pero ella tenía razón. Los manifiestos ya no pueden ser palabras, ni frases. Tienen que recoger a un conjunto de personas que sientan de la misma manera. No van a creérselo, pero el nuestro se escribió mientras el evento tuvo lugar.
Sí, sí. Allí.
¿Qué dónde está?
Supongo que volando a Japón en un avión de correo exprés. Yo que sé.
Y es el único que existe en todo el mundo.
No hay más copias.
Lo hizo el chico que ustedes piensan que es un terrorista.
Sí.
Sí. El de la fotografía que nos han enseñado.

23

Andrea Toribio Álvarez.

[22]

Capítulo 22, “Sala insonorizada 2. Cristal opaco y tres personas delante. Micrófonos”.

¿El verso que nos obsesionó durante meses? Claro que lo recuerdo, era de Vicente, como no, y decía:

«Un pájaro de papel
Y una pluma encarnada
Y una furia de seda
Y una paloma blanca»

Pertenece al libro ‘’Espadas como labios’’, concretamente, una sección dedicada, unos poemas sueltos, a Luis Cernuda. Ese poeta nos gusta mucho a las dos, ¿Sabe? Pues bien. Compró el libro por internet y lo trajo a clase para enseñármelo. Siempre que nos compramos un libro, nos lo leemos lo recomendamos y nos lo dejamos, para luego devolvérnoslo y decir: qué gusto, y qué bonito es todo, joder, a la vez tan triste…

En esa parte del libro, era un libro amarillo y nada viejo a pesar del año de publicación, había una fotografía que hizo que me convirtiera en una buscadora de manos de hombres compulsiva. Tengo una carpeta en el ordenador con manos, que entiendo que ustedes han visto, si no lo han hecho poco les falta, porque me han quitado y registrado hasta las uñas de los pies.
No puede amenazarme con nada, porque no funcionaría. Déjeme terminar y ya hablaremos.
La fotografía era en blanco y negro, y no sé por qué pero creo que era un recorte de otra que sería más grande. Habían hecho una reproducción al detalle, como si yo quisiera fotografiarle a usted, remotamente, y únicamente fijarme en el botón oxidado de su chaqueta. Hace tiempo que no vive con su mujer, ¿Verdad?

Un pañuelo. Quiero un puto pañuelo, un jodido clínex. Tengo que quitarme la sangre de la boca. Quiero que mi boca deje de saberme a sangre, si no le importa. Y un vaso de agua, o firmaré mi silencio con los dedos.
Era una mano muy bonita, grande, con las uñas cuidadas, algunas arrugas y bueno, una americana de pana o de tela jaspeada ya no lo recuerdo, y la he podido contemplar, al menos, medio millón de veces, como obnubilada…
Nos pusimos a hablar de manos un buen día. Ella me dijo que no había visto ninguna que le hubiera llamado la atención, pero sí me contó no se qué del padre de los Panero. Se ve que cuando murió, lo bajaron los enfermeros por la escalera de su casa en una camilla con una sábana blanca encima, como para conservar lo poco puro que tiene la muerte, y no se dieron cuenta de que una mano colgaba e iba golpeando cada escalón de esa casa, que se quedaba vacía y que al llegar al último tocó la carita de uno de los niños que años más tarde moriría en un manicomio, sin parar de repetir desde la verja: Yo ya soy libre, y os saludo a vosotros, los encarcelados.

Estuve durante muchos días pensando, en cómo podrían haber sido los últimos momentos de la mano del poeta, y sinceramente me puse a investigar a ver vídeos de cuando vivía. Desde entrevistas a él mismo hasta de otros poetas. Me enfadé mucho cuando me enteré que la casa que acogió su enfermedad, sirvió de trinchera en la guerra civil, le guardó la vida durante la dictadura y había acogido a poetas de generaciones posteriores estaba ruinosa y nadie hacía nada por salvarla. Bueno, miento. Existe una asociación de amigos del poeta pero creo que no cuentan con ningún tipo de soporte económico. Por eso escribí la carta. Cuando se es joven, se tiende a pensar que puede escribir algo y que con ello cambiará el rumbo de las cosas, pero no. Habitualmente no suele cambiar nada, y si lo hace es a peor. Yo siempre me he refugiado en el horror de las cosas rutinarias y eternamente aburridas, por eso, como digo, escribí esa carta que llegó a contestarse desde dos sitios diferentes y la respuesta fue siempre la misma. Y yo seguí esperando hasta que ella me dijo, que podíamos enviar un proyecto a esa organización, mandar cartas a poetas, a profesores, amigos y demás interesados en esto: la poesía. Teníamos en nuestras manos el poder de recuperar un espacio.

No, ella no fue.

¿Entonces? Entonces nadie. Si usted piensa que somos un grupo anarcosindicalista de la extrema izquierda está usted muy equivocado. El chico que sale en la fotografía que está sobre la mesa no es nadie. Tiene el pelo rapado, sí, pero no todo. Y lleva un pasamontañas en el cuello, ¿Y qué? A ver si ahora no vamos a poder vestir como queramos. Que vaya así no quiere decir que pertenezca a ninguna ideología concreta, es tan sólo un chico, como todos los que estábamos allí. Usted podría pensar de mí cualquier cosa, como ya he pensado sobre usted y su mujer. A mí qué me cuenta.
Fijamos un día, por la tarde, cuando no tiene que dar clase al chico ese de gramática y lo pusimos todo por escrito. Previamente yo le conté lo de la carta, que la había mandado esa misma mañana y todo un rolo burocrático al que asentía con indiferencia mientras tomaba con calma el café que acababa de traernos mi madre, en taza negra. Recuerdo que lo elevaba con cuidado, tomaba un par de sorbos y lo dejaba sobre el plato del mismo color. Más de una vez le dije que me estaba poniendo enferma y que esperaba que terminásemos aquello cuanto antes, que quería estar sola y leer un rato. El comentario ni siquiera le molestó, lo entendía porque quería hacer lo mismo. Estas discusiones sin palabras las solíamos tener siempre, por lo tanto, no sé hasta qué punto no hemos llegado a discutir nunca. Desde que nos conocemos, ¿Me entiendes? El caso es que creamos una plataforma de internet, un blog de los que están de moda ahora. Incluimos un texto que presentase las ideas de forma clara y concisa: nuestra intención, nuestros votos y lecturas, la ayuda con la que contábamos y la que no. Nuestros amigos de la facultad se sumaron sin dudar un solo momento, al igual que ocurriese con la obra de teatro que alumbrase nuestra compañera o la revista que propuso ella. Tan sólo tuvo dos números y unas tres o cuatro reseñas que nos señalaban como grupo poético de un nombre que se inventaron, creo que era ‘’de los dos mil’’, pensamos que debíamos acogernos a una causa feroz. Éramos los ‘’nuevos de Velintonia’’, sabiendo que Vicente ya no estaba para recibirnos.

Capítulo 22.
Capítulo 22.

Andrea Toribio Álvarez.

[21]

Capítulo 21, “Sala insonorizada 1. Cristal opaco y tres personas delante. Micrófonos”.

No hace falta que me mire de esa manera.

No soy ninguna perra.

No he hecho nada.

Pensar está condenado y por tanto, todos lo estamos.

Ni siquiera tiene vida esta manta gitana que me han dado. Tengo frío, llevábamos ocho días metidos en aquella casa, sin un solo mueble y pensando que estábamos aportando algo al crimen social. Una casa abandonada y sola que estuvo muy concurrida, una casa que vivía a través de jóvenes que se acercaban hasta esa zona de Madrid, Moncloa, por ciudad universitaria y que aunque escribiesen mal, recibían palabras amables y algo de aliento. Muchos de ellos probablemente, más que probable diría yo, trabajan tecleando, cla, cla, cla. Yo escucho su respiración, oigo las teclas tamborear el teclado de ese puesto en una oficina x, en la que se encuentran destinados como funcionarios. Ocupan una vida a la que no aspiraban. Y todo, todo ¿Por qué? Y yo que sé.

Por eso nosotros, nosotros vinimos a hablar de nosotros mismos, para avivar la llama y decir a otros que tienen la misma edad que nosotros, a otros que son más pequeños y que en un futuro, que muchos creen lejano serán los que manden, los que impongan leyes, los que corrijan nuestros errores y los que nos inviten a la reflexión como estamos haciendo ahora. Eso, ¿Qué tiene de malo?

La ocupación fue después, no estaba planeada. El encuentro se convocó por las redes sociales y se nos fue de las manos. Debieron enterarse algunos medios de comunicación, los que estaban allí puedes atestiguarlo y estoy segura, estoy completamente segura que son los mismos que grabaron lo que ocurriese después.

Qué mira.

¿Disculpe?

Ah sí. Que empiece por el principio dice. Ah, el principio es muy relativo… verá, yo.
Vale. No le estoy vacilando, ¿Cree que era realmente necesario abofetearme? Yo tampoco.
Yo estoy muy orgullosa. Él me mandó un mensaje en cuanto me vio por televisión, me dijo: Estoy orgulloso de ti, te quiero. Y por eso yo recité con más fuerza. Nunca había recitado nada, pero ahí estaba yo, subida a una caja de madera que acabábamos de fabricar, con algo de la basura y dos clavos. Me acuerdo perfectamente de lo que escribí:
Nunca duermo antes de las dos,
Recordando las luces torrenciales
Del abismo.

La carretera crea un caudal abierto
En el horizonte
Los edificios colorean tu visita
En el paisaje.

Es el coche que tomo, la rutina, la velocidad.
Es el prostíbulo del desvío,
La gasolinera, el cuartel
De la guardia civil, los jóvenes de este país.

Son los besos guarros en el portal, ya es todo.

La despedida.

El adiós.

El sexo del cielo y las luces de neón
Que me hacen marcharme para volver siempre.
Eres tú. Y nada más.

Se improvisó un gran círculo en el que todos podían leer lo que quisieran bajo el atento silencio de un espacio que habíamos creado de la nada. Como ve, la calle no es muy ancha, nos acoplamos como pudimos, éramos más de dos mil personas, un helicóptero empezó a custodiar nuestras cabezas. Sabían, ustedes, los medios, nuestros padres que también estaban allí, todos sabíamos que no nos moveríamos hasta que la última palabra estuviese dicha, es decir nunca. Nunca o conseguir lo que estábamos pidiendo. Fe en un proyecto, una reapertura. Pensamos en pedir dinero a todos los que se dieron cita. Nosotros queríamos poner también a pesar de haberlo ‘’organizado’’, de alguna manera, pero bueno, decidimos finalmente no pasar la gorra, queríamos hablar con el coordinador de la asociación primero, estábamos nerviosos. Todo empezó por un verso que dice… no me acuerdo… pero ella seguro que lo sabe. Estoy segura.
No era necesario recurrir al mismo método, no sé si me entiende. Me quedó claro la primera vez que no estábamos para jueguecitos.

Volveré a empezar de nuevo, si no me cortan.

El caso es que… yo estaba en el autobús, me subí a él quiero decir. Y me senté donde pude, al lado de una señora mayor. Veréis es que este autobús tiene ese no sé qué, lleno de gente mayor, un olor a muerte que te mareas y sin embargo huele tan fuerte, pero tan fuerte a colonia…de la cutre. De la que vas un día a casa de tu abuela y te dice que tomes, que se la han regalado en el i bes roches y tú te la metes al bolso, y al bajar, a la basura.
La señora comenzó a hablarme y yo estaba como dormida, como sin estar, pensando en esas pequeñas cosas del día que probablemente nos surjan y no sepamos afrontar.

Tiene que ver, se lo aseguro, no levante la voz, se lo prometo, déjeme seguir y ya luego discutiremos, mientras vienen mis padres, lo que usted quiera.

Dejé el libro dentro del bolso, no recuerdo qué libro era, uno para la universidad. En fin. Me miraba a los ojos como si quisiera decirme algo, y pasó algún tiempo hasta que se decidió: ¿Tú lees? Le dije que sí. Miró hacia abajo, se miró los pies un tanto y pude fijarme en sus zapatos. Eran de los que suelen llevar las personas mayores, que no dicen nada, al menos eso nos hacen creer. Siempre me pareció una estupidez que se acogieran al silencio. Pero fuimos nosotros, de eso estoy segura. Porque cada vez que llama mi abuela yo me dedico a asentir y a continuar con la tarea de turno o cuando estoy en casa de mi abuelo, me dedico a revivir las cenas de Navidad. Aquellas cenas en las que mi abuela aparecía en zapatillas y delantal, un delantal azul y manchado de grasa con un plato con flores y un filete, no muy hecho, es que yo soy así, y me preguntaba… recuerdo que me decía… ‘’Lo hice con todo mi amor’’. Mi abuela la que ya no existe, como dijo Vicente Aleixandre sobre su hermano, no la de las llamadas telefónicas para solucionar los deberes que le mandan en el centro cultural, esa no.

Sigo. Déjeme.

Esa señora, de la que le hablo, que no es una imagen alegórica del cariño de mi abuela, me dijo que dos de sus hijos acababan de morir. Uno era esquizofrénico, el otro simplemente había sufrido un infarto y Dios le había llamado para reunirse con él. Algo pronto, pero es la vida, me dijo. Su marido se estaba muriendo también, todo un drama, atado a una máquina de diálisis. De ahí vengo, hija. De ahí vengo hace un ratito, me señalaba la ventana, otro punto en el paisaje que no era ni mucho menos un hospital, sino el restaurante chino de la cuesta que corta la calle que lleva a mi casa. Yo no sabía qué decir. Eran las nueve de la mañana, llegaba tarde a clase y tenía que enfrentarme a un examen de francés que aprobé y más tarde, festejé. Me tomé un café y un bollo de chocolate.

Vale ya. Joder, ni un puto vaso de agua y tan sólo recibo, recibo sin dar nada cambio. Estoy hablando, joder. Déjeme y luego haga, o hagan lo que quiera o quieran usted y sus amigos los del cristalito.

La conversación siguió un curso raro, porque me contó que en la casa de uno de sus hijos había empezado a alojar a una madre y a un hijo, cuyo marido y padre, respectivamente les maltrataba. No físicamente, que eso es lo típico, sino verbalmente. Las palabras siempre han hecho más daño. Duelen. ¿No lo sabía usted? Pues ya lo sabe.

Capítulo 21.
Capítulo 21.

Andrea Toribio Álvarez.

[20]

Capítulo 20, “Siguen caminando”.

El otro día íbamos de camino a… ¿A dónde íbamos? Cómo que a dónde íbamos. Ah vale, vale. Íbamos, no. Salíamos de comprar un libro de la librería del centro. Ahá. ¡Ahhhh! De hecho, salíamos de comprar el libro para TU regalo, j aja j aja.

Gracias chicas, yo también os quiero, ¿eh? Amor de hermanas.

Si te queremos mucho, tonta. Es verdad.

¡Chicas! ¡Esperadme! Es que había quedado con una amiga, y me había quedado hablando con los extranjeros y me habían pedido que hiciera, y me habían, y tenía, y bueno luego, a las cuatro tengo que ir a, y luego he quedado con, y por la noche tengo que…

Tienes que dormir y dejar de tomar tanto café, hombre ya, que tengo que estar siempre como una madre.

Vale, jo, llevas razón. No más café.
¿Cuántos llevas ya, hermosa?
No vengas a hacer de padre tú también, ¿eh? Pues el de casa y ya está.

Salíamos y de repente vimos como a lo lejos a un hombre con un gato encima, un gato enorme blanco y negro que no se movía. Era como un loro encima de un pirata. Que está ahí y ni siquiera te preguntas por qué cojones está ahí sin moverse. Pues nada, muy chulo, encima de los hombros de este tipo que encima llevaba una especie de mochila, macuto o lo que quieras decir, llena de roña, bueno desde lejos no sé si sería o no suciedad el caso es que llevaba una esterilla y caminaba de un lado a otro y el gato siempre recto, rectísimo, sin moverse, mirando todo desde allí. Expectante.
No sé si os he contado lo que me pasó el otro día, pero os lo voy a contar. El caso es que… yo estaba en el autobús, me subí a él quiero decir. Y me senté donde pude, al lado de una señora mayor. Veréis es que este autobús tiene ese no sé qué, lleno de gente mayor, un olor a muerte que te mareas y sin embargo huele tan fuerte, pero tan fuerte a colonia… de la cutre. De la que vas un día a casa de tu abuela y te dice que tomes, que se la han regalado en el i bes roches y tú te la metes al bolso, y al bajar, a la basura.
Eres una cruel. Nada de eso, nada de eso y escúchame. Pero joder, que es tu abuela. Cállate. ¿No lo oyes? No paran de golpear. No paran de golpear. No paran y debemos recordar hace dos semanas dónde estábamos, debemos recordar que estábamos en otro lugar mejor. Por eso vengo a contaros esta historia que no tiene nada que ver, pero que nos mantiene unidos. ¿Entendido?
Sí.
Está bien.
Lo intentaré.
¿Vosotros también?
Lo intentamos, no es sencillo. Todo debería ser tan sencillo como respirar y que la vida fuese sola. A veces los jóvenes, a veces nosotros, nos ponemos a vivir sueños que no son los nuestros y que ya han sido vividos por otros y que no llegaron a cumplirse. La estupidez, la maldita tontería de tener que revivir algo que ya ha hecho otra persona para perpetuar los hechos en la historia y anclarnos a un tiempo que le propio hombre crea es una tontería. El estar atrincherados aquí, con la policía encima, con los medios de comunicación ahí fuera tan sólo acrecienta la culpabilidad: somos jóvenes, valientes y románticos que han venido a la nada. A compartir una esperanza que entre todos hemos querido que se cumpliese y aquí estamos. Dos velas en el centro, como si estuviésemos haciendo espiritismo y como armas una pila de libros que hemos ido trayendo de cuando en cuando, colándonos en esta casi que es casi un templo cuando es tan sólo eso, una casa. Una casa ocupada por unos jóvenes que se hacen ‘’llamar’’ los ‘’jóvenes de Velintonia 3’’. Eso somos, unos soñados.

No lo creo así, ¿Sabes? Si no hay nada por lo que luchar, ¿Qué hacemos aquí? Vivo en la otra punta de Madrid, donde nadie escribe y quien lo hace es a escondidas, por la noche, entre las calles, en páginas de internet de mala muerte y que no publicarán jamás. Mi sueño es tener una librería donde poder servir café y hablar con la gente que quiera acercarse a contarme lo que han venido a ver al mundo, y ese es mi ánimo. Oye, ¿Cómo van esos cafés?

Bien. Pero no puedo tomar más.

Caliento algo de mate.
Y pensar que todo empezase de esa manera. Voy a ponerme a tocar el cello mientras las sirenas suenan, hablan cuanto quieren y echan la puerta abajo. ¿Alguna preferencia?
¿Podrías tocar algo alegre? No quisiera pensar que están en un calabozo, presos, muertos como perros, con hambre de otros, y suspiro de tantos.

(Sigue)

El edificio de la calle Vicente Aleixandre nº3, antigua calle Velintonia, del distrito de Chamberí, forma parte de la Colonia Parque Metropolitano, colonia histórica catalogada por el Plan General de Ordenación Urbana de 1997, que garantiza la conservación y protección de las características morfológicas y tipológicas del medio de urbano del conjunto, la edificación y los usos, como integrantes del patrimonio histórico y cultural. Estas condiciones que protegen el edificio y aseguran su conservación, se mantienen en el avance del nuevo Plan General en proceso de revisión.
(Continua)

¿Quiénes? ¿Los tres?
A los tres les cogieron antes que nosotros entrásemos aquí y cerrásemos todas las puertas. Iban con los pañuelos de las fallas de hace unos meses, sólo hace unos meses. Huelo el hollín de los pañuelos y me pongo alegre, y retengo la imagen saltando la valla, y todos ahí congregados: ¡Que viva la poesía, esto vuelve a ser una casa!
Velintonia… velintonia… el número tres que me lleva a tu memoria, cuenta la historia, que unos jóvenes amalgamados en un verso hicieron tuya patria tierra, memoria… velintonia… jóvenes atrincherados, hogar cerraaaado…

(Sigue)

Lamentablemente, la actual situación económica no permite acordar adquisición del inmueble y acometer las obras de reforma y remodelación que la vivienda necesitaría, por lo que hemos de mantenernos, en el acuerdo que adoptó el Pleno del Ayuntamiento el pasado 30 de marzo de 2005 y, no podemos (ilegible) compra de la vivienda, aún cuando hemos de (ilegible) o patrocinadores lo promueven y apoyaremos cualquier (ilegible) sentido.
Quiero expresarle que dese el Ayuntamiento se (ilegible) fórmulas de colaboración municipal que sean (ilegible).
Atentamente,
Un cordial saludo,
(Firma correspondiente)
(Termina)

Capítulo 20.
Capítulo 20.

Andrea Toribio Álvarez.