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Capítulo 11, “Cogen sus cosas y se encaminan hacia el aula. Recogen los papeles del suelo y al salir los reparten de viva voz, de mano en mano”

Hace poco vi que una mujer me miraba en el andén del metro. Yo al principio no la reconocí, iba con un traje negro de raya diplomática y tenía el pelo recogido. Llevaba también, un maletín que se abrió y que me permitió ayudarle y entablar una conversación con ella. Pude verle de cerca. Un lunar en el pómulo con los labios pintados de rosa, un rosa pálido y triste que hacía que las comisuras de su boca tendiesen hacia abajo. Ahí me di cuenta de que tendría entre unos cuarenta, o quién sabe, cincuenta años que apenas noté. Comenzamos a hablar cuando me dio las gracias, a lo que le contesté: no es nada, no se preocupe. Me dijo que era un verdadero gusto encontrar gente que aún crea en algo, unos mínimos valores o simplemente una conciencia del otro. Me sorprendió que no llevase tacones, por eso suspiré que tenía hambre, que era la hora de comer, quería llegar a casa. Mi intención era que me revelase si salía de trabajar o no, si como yo, iría a comer a su casa o si se había tomado un descanso. Nada de eso ocurrió. Me miró como cuando alguien te mira por primera y última vez y se subió al vagón de metro más cercano al tramo final, suele dar muchos coletazos. Tomé asiento en el mío y luego no volví a encontrármela hasta dos transbordos después. Allí estaba.

Sentada junto a una barra metálica y punteada de destellos blancos y amarillos, cerrando un ojo u otro, tomándose un sándwich porque una chica había tomado uno en una conversación acerca de una película hace escasos tres minutos.
Pero… ¿Quién era? No era nadie. Si has dicho que al principio no la reconociste. Claro, es que es una de tus posibles y futuros yo.

Pero no debes preocuparte, que sana pronto. Te vas a convertir en una vieja pelleja. Y tú en una foca. Que te calles. No, no. Te callas tú. Vale. Vale. Pues vale. Vale. Que pares. Ya paro. Que te calles. No, no me callo. ¿Cuándo te ibas a Portugal? ¿Quieres que me vaya? No, no quiero que te vayas sólo quiero que te calles. ¿Qué pasa ahora? No quiero que te vayas, pero tienes que irte. Quiero ver el mar. A eso me refería. Quiero ver, quiero ver… Quieres verlo todo. Ahá, quiero verlo todo. ¿Quieres ver dónde terminan las olas?
Perdona. Dime. Tienes polvo en el pelo. ¿Polvo? El suelo se mueve… ¿Lo notas?

Capítulo 11.
Capítulo 11.

Andrea Toribio Álvarez

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