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Capítulo 10, “Se oye a un par de personas quejarse de forma algo reivindicativa desde un micrófono”.

Acaba de entrar un chico con un jersey muy bonito. Es de color verde y la luz del techo tilila, está a punto de fundirse. La barra de la cafetería está pegajosa, los trozos de pizza fríos parecen de plástico al otro lado del cristal. Se asoma el cocinero por la ventana pequeña de aluminio blanca. El suelo está lleno de servilletas y están recogiendo las mesas como si todos los que estaban sentados fuesen a marcharse a algún lado.

El café parece agua y tiene mucho azúcar en el fondo, que tarde o temprano se colará por el lavavajillas de chapa. Huele a hojaldre y chocolate. Hay unos chicos fuera, tras las ventanas, fumando antes de entrar y acogiéndose a las solapas del abrigo, que de nada, de nada tienen culpa. Entran un par de profesores y miran con indiferencia a esta rutina que germina y muere todos los días. Y esto, es así.

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Su mujer lo abraza por la espalda y tiene una copa de vino en la mano, yo mastico de forma sensual el sándwich que me acabo de preparar, le espeta la obsesión con un folio de cuadros en particular, le pregunta qué mira con tanta fruición. El profesor se congratula y mira los libros que ha escrito en la estantería. No tuvieron éxito, pero piensa que ese chico debe ser pulido. Que él lo hará. Es el mejor escritor desde hace generaciones. No lo sabe, pero es el mejor. El profesor sólo quiere experimentar la destrucción de un talento para luego decirle algo del estilo: era mentira.
Es usted el mejor, es casi un Rimbaud, un Flaubert. ¡Balzac! Y yo, un mísero escriba te hizo creer que debías proseguir, aceché el instante cero de tu naturaleza.

¿Sabes que en realidad, el profesor vive en un manicomio y su vida la ha inventado un muchacho que hizo pintadas en las paredes y cumplía servicios sociales? No es verdad, yo tengo otra interpretación. Cuál es. No voy a decírtela. No es sencillo sentarte y decir: ¡Eh! No me interrumpan, voy a escribir un buen guión, un buen poema, un buen lo que sea, whatever. Lo que digo es que si vences al papel, vences a la ‘’cosa ‘’ viscosa y petulante que orbita.

Tú no podrías parar un segundo, meditar y escribir, sin haber sido anteriormente una conciencia algo estable y con deseo, la simple y llana motivación del: tengo algo que decir, y lo diré ahora. Cuando quieras. Cuando quieras qué. Que cuando quieras te demuestro que puedo contarte cualquier cosa y ficcionarla. Y lo haré de dos maneras diferentes. Una desde tu boca, y otra desde la memoria. Vas a ver. A ver.

Capítulo 11.
Capítulo 10.

Andrea Toribio Álvarez.

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