[16]

Capítulo 16, “Se sientan en clase y prestan atención. No hay nada que negociar”.

Una se pone a mirar fotografías en el teléfono móvil, en el buscador del teléfono. Escribe: ‘’manos’’ en la barra de inicio y se pone a ver cientos de imágenes en las que sólo ve manos, pequeñas, grandes de todas las pieles, de todas las partes del mundo, para poder formar una gran par de manos que sean tan bonitas que uno pueda morir en ellas sin ningún tipo de objeto personal, digamos altercado emocional y entonces abandonarse, abandonarse, sin ningún tipo de miedo y evitar unos versos de novísima creación (de hecho se están construyendo en este mismo momento) que digan: «Qué vas a dejar sobre la tierra, si tú no eres nadie, nadie: mujer y sola».

Luego como que se acuerda del mendigo de Gran Vía, donde el cajero automático y las luces de los musicales de segunda fila, no en todos los casos, pero sí en la mayoría. En la inmensa y jodida mayoría. Tiene un brazo vendado y algo de pelo en los brazos que se le escapa por las mangas de la camiseta rota. Lleva unos tatuajes con unos dibujos poco definidos y de un color oscuro, cree que verde y rojo también pueden llevar pero no lo sabe bien y se acuerda del olor a pizza del establecimiento que hay al lado de los cartones y el hombre, así como de la discoteca de ambiente que antes era un cine que hace esquina y de la tienda de esmaltes y demás maquillaje postmoderno.

La otra simplemente se desespera con lo que unos llaman tecnología y ella piensa que es la ciencia del atraso, porque no tienen ningún sentido que criaturas que han luchado durante siglos contra la opresión y el desgaste humano, para poder gritar LIBERTAD y que no venga un tipo con una porra a dejarte K.O en la acera, vengan con estupideces de tiempos cronometrados, llamadas y mensajería instantánea a la que hay que contestar.

Sin tener en cuenta la de tiempo que ocupa tener que crear un perfil en una de esas redes sociales que nos contaminan, nos acunan y a algunos dan de comer, porque el tema es muy complejo y bastante tedioso de tratar. Y por más que mira su teléfono no encuentra ningún tipo de orificio de salida o algo así, por donde pueda salir el genio que parece residir dentro. No para de frotarlo y limpiar la pantalla para que no se ralle, y al mismo tiempo le encantaría tirarlo fuertemente contra el suelo para que se acabase aquella esclavitud desesperante y continua.

Sabe que se arrastraría por el suelo sin embargo, a recoger esos pedacitos metálicos y a susurrarle bajito al verdadero mago que vive ahí: ¿Sigues con vida? ¿Me sigues queriendo? Por favor, dime que sí y que me invitas al cine, no muy tarde que mañana tengo clase pronto.
Recuerdas mi cumpleaños de este año, ¿No? Claro. ¿Por qué?
No nada, me acabo de acordar de lo tonta que eres, en algunas ocasiones. No tiene gracia. Sí, sí la tiene. ¿Cuántos correos pudimos escribirnos aquel mes? Ni idea, muchos, Dios, incluso… incluso te llegué a mandar poemas, ¿No? Ehm… sí, pues igual que yo. Cuando se nos metió entre ceja y ceja escribir poesía. Si se nos sigue metiendo. Efectivamente. ¿Tú crees que alguien la lee? A quién, ¿A nosotras? Indudablemente. No.

Aquel verano, habían estado intercambiándose mensajes por correo electrónico. Cada semana por lo menos, uno detrás de otro. Una pasaba los días en la piscina de su casa y tenía casi clavada la marca de la mano en la barbilla, señal de aburrimiento, no había nadie en Madrid. Y no paraba de leer los libros que sacó de la biblioteca una y otra vez. Se sentía bastante sola y no sabía a lo que le iban a llevar esas fechas tan puntuales, tan concretas del verano en los que podría escapar del agobio. El agobio de no hacer absolutamente nada, claro. Se preguntaba qué estaría haciendo su amiga. Estaba en Londres y se la imaginaba tumbada en Regent’s Park sin hacer nada, también.

Bueno, la nada es relativa, estaría leyendo o sentada en una habitación compartida y con moqueta, como la de Portugal, pero eso sería después. Y comiendo un sándwich de jamón y queso. No sabe si lo llaman emparedados. En esa habitación estaría todo, absolutamente todo, tirado por el suelo o debajo de la cama, si es que era de las que tenían espacio para meter las zapatillas debajo. Y total, una estantería que se iba llenando de libros que iría comprando, sobre todo, sobre todo, en esa tienda de Marylebone de la que tendría tiempo de sobra para conocer después del incidente…
De todas formas debes dejar de creer que todo el mundo está constantemente haciendo cosas interesantes y triunfando porque existe un trabajo detrás, el conocido: trabajo invisible, de la apariencia que uno no ve pero que ha costado tanto… ¿Acaso no lo ves o qué?

Tal vez Madrid no seguiría siendo esa tediosa estancia de su vida en la que no pudiese respirar ni un momento. Las calles se habían vuelto aburridas y cada vez que paseaba con ella cerca de su casa, se daba cuenta de que era siempre el mismo tramo de calle el que le provocaba la náusea que tendría que decir adiós con la mano cuando tirase de la cadena al observar el mueble negro del baño con motivos japoneses. Al realizar ciertas reglas de tres se descubre que el mundo funciona igual en todos los niveles y en todos los lugares, por eso la hamburguesa que puedas pedir, con menos gracia que en el restaurante de debajo de tu casa, tendrá más encanto en Londres o en París. Pero seguirá siendo comida basura. Y seguirás caminando por una calle, en compañía de otras personas, pero y qué. No vas a conseguir huir de ti misma. Que sigues aquí, ¿Acaso no sientes que existes o qué?

Pues bien, ¿Qué ocurrió? Una le escribió una carta de cumpleaños a la otra. Apuntó la dirección que la otra le había escrito en un correo: 83/84 Marylebone High Street London W1U 4QW y se puso a escribirla. No sabía cómo empezar y tampoco quería explicar las tonterías que se habían escrito por correo así que decidió recordar cómo escribir a alguien, como ya había hecho antes, relatando cosas insólitas, bueno eso parecen en un primer momento. Sobre todo intentando que suenen convincentes, proyectos grandes y bonitos para que la otra persona piense: Guau, sí que hay movimiento en la ciudad. Me juego un tatuaje en el antebrazo de un pony a que ninguno de ellos llegó a buen término. ASÍ FUE, ¿No? El grupo de teatro que hablaron en la Plaza de Oriente destruido a manos de la burocracia universitaria. El poema en un trozo de papel, el que envió. Y… el resto, la verdad me iba a poner a criticar de forma algo agresiva y violenta pero es que nunca me dejaron leer esa carta. Tenía un recorte de periódico del día en el que se conmemoraba el aniversario de la muerte de Cortázar, era bonito y eso, supongo. Luego escuché algo así como… dibujos con colores en la carta pero yo que sé. Lo bueno de todo esto es que pasada la veintena podamos seguir usando los colores, los rotuladores de colores sin avergonzarnos en ningún momento de ellos. Y eso siempre está bien. Envió la carta, como iba diciendo, con cariño. Sé por ella que compró unos sobres de los que aparecen en las películas, con un marco de franjas rojas y azules, pero creo que no lo llegó a mandar en ellos porque no cabían las fotografías del argentino y bueno qué le vamos a hacer. Creo que aún los guarda. Esperó durante unas semanas, y siguieron mandándose correos electrónicos, siempre posdata: ¿Te ha llegado la carta? Carta que nunca llegó, bueno sí, en realidad sí lo hizo. Cuando tomó el bolígrafo, al principio, para escribir el destinatario le pareció bastante raro que ni siquiera pusiera el número de la habitación que ocupaba en la residencia de estudiantes, pero qué iba a saber ella. Creía en una persona de metro cincuenta y dos muy diligente con gafas de gato y una cadena para que no se le cayesen de la cabeza, el pelo recogido en un moño y un traje de los que son… americana y falda, eso sí de una tela horrible, como por ejemplo, de pana. Londres, frío, lluvia, God Save the Queen, ¿Qué sé yo? Yo no estaba allí para verlo. En invierno llegó la carta al mismo lugar y ese mismo día no, al día siguiente se lo dio a su amiga en la universidad. Le dijo: No la abras aquí, espérate al llegar a casa. O a lo mejor fue al revés, el caso es que al llegar a casa, vació todo el contenido en la mesa de madera del salón, una mesa baja junto a unas mantas de colores y lloró, Dolores.

Nosotras no importamos, hablo de la poesía, joder, de la poesía.
Ah pues no sé, pero cada vez hay más personas que piensas que decir algo de forma bonita es poesía. Eso es lo que hacemos todos y todas, con mayor o menor acierto después de todo. No, no. Estamos aquí intentando que no sea una mierda porque si así fuese nuestros pensamientos se reducirían a cochambre mugrienta y no a algo que dices, bueno, si no le sirve a nadie no me va a servir a mí. Pero ayuda, ayuda mucho y, bueno habrá que resignarse. Entonces, ¿Nadie lee? Nadie lee. Todos estamos muertos. Todos estamos muertos. O todos estamos vivos. Eso sí, desde que gritamos. Desde que gritamos. Y nos pegan. Y nos acarician. Desde el respirar. El más puro y hondo peregrinaje. Gilipollas. Tonta. Quiero chocolate. Venga, vamos a comprar algo a la cafetería. No. Por qué no. Era broma, joder. Ah vale, es que a veces te pones de un borde inaguantable. Y tú. ¿Perdona? Sí, sí. Tú también eres una borde insoportable. Venga, pues hasta luego. Hasta luego.
Que te den. Y a ti, con amor besos madmoiselle. ¿Ves? Ya nadie lee. Ya nadie lee poesía.
Y si… ¿y si hiciésemos que dejase de ser así? Mira hace un tiempo envié una carta… y me han contestado. ¿Asunto Velintonia 3? Ya no se llama así. Seguirá siendo esa calle. Lo tendremos que ver. Lo veremos. Y si no ocurre, ¿qué? Lo intentaremos. Déjame. ¿Qué te pasa ahora? Te he dicho que me dejes.

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Andrea Toribio Álvarez.

[15]

Capítulo 15, “Vuelven los nudillos a tocar la puerta, con urgencia. Una voz negociante. Ruido de pistolas, encasquillándose”.

La película terminaba como el beso más bonito de la historia descolgándose de un gran Cristo, o una gran estatua, en todo caso un gran cáliz y lastre para este país, atada a una manta de seda muy larga, de trapecista. Al terminar la tela, se oía un crujido, como desesperado, que infundía en cambio mucho alivio, yo creo que no sólo para la actriz sino para el público en general que estábamos allí como angustiados y pensando en lo que nos estaba intentando contar el director sin saber muy bien si podíamos decir y con todo el derecho del mundo que aquello era una película más que engrosaba la lista de mal cine español, indirectamente diciendo que era una basura, o que al menos era curiosa de ver, división que no llegó a permitir la existencia de mi verdadera opinión: olvidémoslo y ya está. Por eso es como: olvidémoslo, que no merece la pena.

Capítulo 15.
Capítulo 15.

Andrea Toribio Álvarez

[14]

Capítulo 14, “Marchan a clase”.

Oye, y cómo terminaba la película esa que fuiste a ver con él. ¿No recuerdas el nombre? Ni siquiera una mísera palabra del título… o es que no quieres acordarte. Pues recuerdo que la última vez que nos besamos fue un beso frío, como los que puedes darle a una pared de ladrillo y luego tienes que quitarte la grava y los restos de cemento que puede que no hayan soldado bien de la boca, y es una pena. Eso es un poco las relaciones maltrechas por el tiempo y la poca falta de educación o respeto que siente la gente a meterse en ellas como quien se mete a hablar de política y ni siquiera sabe que la derecha o la izquierda son meros collares que se le imponen a un mismo grupo desarmado de mentes poco lúcidas y algo gregarias.
Tanto las mujeres y los hombres, cuando adquieren un compromiso, se vuelven terriblemente irresistibles para otros individuos que tuvieron una oportunidad y que pensaron que eran jóvenes y que las cosas pasaban como quien puede apearse y subirse al instante de cualquier vagón de metro de esta mierda de ciudad. Pero mierda. Qué le vamos a hacer. Ah, qué típico, tú te enamoraste de alguien, ¿No? Sí, eso fue lo que pasó. Me ha desilusionado en cierta manera que no me hayas dicho que fuese él el infiel perro asqueroso, porque es lo que tendemos a pensar, la camaradería de la mujer, pero también entiendo que es algo vacío después del Mujer contra mujer de la Torroja. Fui yo, yo avivé una tontería que había tenido con otro chico que no me había hecho ningún caso, al menos fui decente y lo deje con él para poder besar al otro libremente, pero ocurrió, como en todo, que cuando deseas algo y lo tienes se pierde el interés y se va en busca de otra persona más bonita y más joven. Y esto es, como con dieciocho años, dejas a tu novio y te echas una especie de amante que te soba las piernas durante el trayecto de autobús de forma muy amable y enternecedora y que se tira dos semanas sin dirigirte la palabra hasta que un día te le encuentras besando a una niña que has visto correteando por tu barrio y poco más.

Vuelves a llamar al otro muchacho, y casi piensas que no va a cogerte el teléfono pero vuelve a romper su rutina para dejar a un lado a esa niña tonta, esa tonta, que como dice Panero por Hemingway, esa hija de nadie, porque es una hija de puta y, le impones que deje a la muchacha con la que se está viendo para volver y a los dos meses decir, hasta luego. Y son cosas que piensas que no pueden pasarte, tal vez con cuarenta años dolería menos un engaño que con dieciocho, que aún tienes esos años pueriles y fáciles y te toca enfrentarte a un drama sentimental que tú has provocado y que te hace crecer unos doscientos años, es como… Hace tiempo que pienso que en cuanto dejas de darle un beso a alguien, justo cuando separas tus labios, ese poco tiempo transcurrido es una eternidad, es mucho tiempo, aunque tampoco piense que esté bien el hecho de que muchas parejas se estén continuamente comiendo la boca y tú tengas que ver cómo lo hacen porque sólo les falta tirarse encima de ti en muchos momentos… pero bueno, yo siento el último beso de mi vida como si estuviese viajando en un continuo espacio tiempo, desintegrándose de la galaxia y esperando a que llegue otra explosión para crear otro mundo. Al reencarnarme en otra tierra lo volveré a tomar y seré feliz, seré tan feliz que me daré cuenta de que ese beso que tanto he esperado no era lo que verdaderamente quería sino el amor, el puro y llano amor que no sólo se encuentra en los besos, sino también en los gestos, y sin que esto sirva de ningún precedente creo que lo económico es irse enamorando de todo el mundo que contenga dentro de sí una especie de matiz atractivo que yo sólo pueda ver y que me amarre a un círculo temporal de amor el tiempo que quiera durar…

Capítulo 14.
Capítulo 14.

Andrea Toribio Álvarez

[13]

Capítulo 13, “Asienten”

Tendré que empezar a ahorrar, y realmente me arrepiento mucho de no haberme apostado contigo un euro o dos antes de toda esta mierda de conversación porque hubiera ganado y con ello tú hubieses perdido una moneda de… pongamos… dos euros, que te faltará cuando vayas a pagar las fotocopias de la reprografía de la universidad de Coímbra y te cagues en mi estampa. Y te acuerdes de mí. Y ahí yo me acordaré de ti, como cuando te pitan los oídos al hablar alguien mal de ti en cualquier punto del globo. ¿Qué has ganado concretamente, eh? Pues he provocado que te inventaras algo, en el momento y que fuese real. O tal vez lo sea dentro de unos meses. Es verdad, pero… ¿Qué tiene que ver México? No, en realidad nada. Ah, vale, bueno, qué hacemos ahora. No sé, supongo que ir a clase, ¿No? Maricones… ¿Qué? Nada. ¿No oyes como si alguien estuviese tocando un timbre todo el rato? No. Sí, sí, escúchalo… Estás loca. No, no… escúchalo… Te advertí. Para ti el suelo se mueve y por fin lo siento. Ahora debes oír el timbre.

Capítulo 13.
Capítulo 13.

Andrea Toribio Álvarez.

[12]

Capítulo 12, “Se sientan en un escalón”.

Quiero ver cuando mis maletas estén sobre una moqueta roída el efecto que tienen en el suelo. Tocar una habitación en la que nunca he estado, en la que jamás estaré cuando otro la ocupe. Por eso dejaré marcas de cigarros por todos lados, e intentaré pintar con rayas de colores los barrotes de mi ventana. Porque será una ventana con barrotes, que quiero agarrarme cuando vaya borracha y joder, gritar, gritar, que joder, que es bueno y necesario. Es saludable. Y vomitar, vomitar en el baño y que se entere la amiga o el amigo que allí haga y nos riamos mucho al día siguiente. O en mi cama, y chocarme contra la pared mientras me muero de risa y que toda la residencia lo escuche. Ya estoy notando el césped, no sé si habrá, estoy notando el césped en el que me tumbe esos días en los que haga sol.
Y por supuesto, buscar personas que quieran viajar por allí, aunque sea volver a España un poquito por Galicia, algo sencillo… con poco dinero, ¿Una guitarra? ¿Una guitarra? Una guitarra bonita.
¿Ves estas zapatillas?

Sí.

Estas zapatillas no van a morir allí, es que no van a morir jamás. Aunque sean una suela con unos cordones sucios, los cambiaré y las seguiré lavando y las firmas de mis amigas seguirán ahí, porque si se borraran, estaría borrando años de mi vida que me apetece conservar, sinceramente. ¿Qué pasaría si cerrases los ojos y ya no estuviesen? Pues sería una putada, qué quieres que te diga. Si al nacer ya mantienes conversaciones, de forma indirecta, pero conversaciones del estilo: Doctor, ¿Respira? Yo quería ir al México expansivo, a la ciudad, cuando ésta se hizo inabarcable, una monstruosidad horrenda y que al caminar por ella no tuviera que apartar a nadie, porque nadie hubiese en la puta calle. No pasa igual con Madrid. Madrid es inmensa y terriblemente oscura. Tiene tantos antros y prostíbulos como parques infantiles y centros Corte Inglés. ¡Respira! Me dijeron de pronto, dándome una cachotada en el culo. Mi madre tendría el pelo recogido en una coleta y dividido a ambos lados el flequillo con la raya en medio, lleno de sudor, un sudor frío de quedarse vacía y sola. Como si de dentro hubiera sacado su otro yo, hubiese engendrado una vida que se prolongaría y que cerraría sus ojos en un futuro y esta siguiese existiendo. Como cuando cierras los ojos y hay una vela encendida y tú aún sientes que tiene llama y la cera está consumiendo el cristal. Tal vez así me vaya a Portugal. ¿Quieres que la gente sienta como una muerte tu marcha?

No, yo quiero un espacio caliente relleno de frío que pueda volver a calentar cuando vuelva. Ah. Como México en mi memoria.
Sí, como ese México en el que nunca estarás o tal vez puedas ir, pero quién sabe. A mí el médico no me preguntó, simplemente se limitó a hacerme llorar y luego me hicieron unos agujeros en las orejas que yo no pedí, porque no uso pendientes y que siguen aquí. Es que todo el mundo… es que acaso todo el mundo…

¿Por qué cada vez que se excava un agujero alguien tiene que llorar? El caso es que me iré a Portugal de Erasmus y espero que vengas a visitarme, ¿Sabes?

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Andrea Toribio Álvarez

[11]

Capítulo 11, “Cogen sus cosas y se encaminan hacia el aula. Recogen los papeles del suelo y al salir los reparten de viva voz, de mano en mano”

Hace poco vi que una mujer me miraba en el andén del metro. Yo al principio no la reconocí, iba con un traje negro de raya diplomática y tenía el pelo recogido. Llevaba también, un maletín que se abrió y que me permitió ayudarle y entablar una conversación con ella. Pude verle de cerca. Un lunar en el pómulo con los labios pintados de rosa, un rosa pálido y triste que hacía que las comisuras de su boca tendiesen hacia abajo. Ahí me di cuenta de que tendría entre unos cuarenta, o quién sabe, cincuenta años que apenas noté. Comenzamos a hablar cuando me dio las gracias, a lo que le contesté: no es nada, no se preocupe. Me dijo que era un verdadero gusto encontrar gente que aún crea en algo, unos mínimos valores o simplemente una conciencia del otro. Me sorprendió que no llevase tacones, por eso suspiré que tenía hambre, que era la hora de comer, quería llegar a casa. Mi intención era que me revelase si salía de trabajar o no, si como yo, iría a comer a su casa o si se había tomado un descanso. Nada de eso ocurrió. Me miró como cuando alguien te mira por primera y última vez y se subió al vagón de metro más cercano al tramo final, suele dar muchos coletazos. Tomé asiento en el mío y luego no volví a encontrármela hasta dos transbordos después. Allí estaba.

Sentada junto a una barra metálica y punteada de destellos blancos y amarillos, cerrando un ojo u otro, tomándose un sándwich porque una chica había tomado uno en una conversación acerca de una película hace escasos tres minutos.
Pero… ¿Quién era? No era nadie. Si has dicho que al principio no la reconociste. Claro, es que es una de tus posibles y futuros yo.

Pero no debes preocuparte, que sana pronto. Te vas a convertir en una vieja pelleja. Y tú en una foca. Que te calles. No, no. Te callas tú. Vale. Vale. Pues vale. Vale. Que pares. Ya paro. Que te calles. No, no me callo. ¿Cuándo te ibas a Portugal? ¿Quieres que me vaya? No, no quiero que te vayas sólo quiero que te calles. ¿Qué pasa ahora? No quiero que te vayas, pero tienes que irte. Quiero ver el mar. A eso me refería. Quiero ver, quiero ver… Quieres verlo todo. Ahá, quiero verlo todo. ¿Quieres ver dónde terminan las olas?
Perdona. Dime. Tienes polvo en el pelo. ¿Polvo? El suelo se mueve… ¿Lo notas?

Capítulo 11.
Capítulo 11.

Andrea Toribio Álvarez

[10]

Capítulo 10, “Se oye a un par de personas quejarse de forma algo reivindicativa desde un micrófono”.

Acaba de entrar un chico con un jersey muy bonito. Es de color verde y la luz del techo tilila, está a punto de fundirse. La barra de la cafetería está pegajosa, los trozos de pizza fríos parecen de plástico al otro lado del cristal. Se asoma el cocinero por la ventana pequeña de aluminio blanca. El suelo está lleno de servilletas y están recogiendo las mesas como si todos los que estaban sentados fuesen a marcharse a algún lado.

El café parece agua y tiene mucho azúcar en el fondo, que tarde o temprano se colará por el lavavajillas de chapa. Huele a hojaldre y chocolate. Hay unos chicos fuera, tras las ventanas, fumando antes de entrar y acogiéndose a las solapas del abrigo, que de nada, de nada tienen culpa. Entran un par de profesores y miran con indiferencia a esta rutina que germina y muere todos los días. Y esto, es así.

– – – – – – – – –

Su mujer lo abraza por la espalda y tiene una copa de vino en la mano, yo mastico de forma sensual el sándwich que me acabo de preparar, le espeta la obsesión con un folio de cuadros en particular, le pregunta qué mira con tanta fruición. El profesor se congratula y mira los libros que ha escrito en la estantería. No tuvieron éxito, pero piensa que ese chico debe ser pulido. Que él lo hará. Es el mejor escritor desde hace generaciones. No lo sabe, pero es el mejor. El profesor sólo quiere experimentar la destrucción de un talento para luego decirle algo del estilo: era mentira.
Es usted el mejor, es casi un Rimbaud, un Flaubert. ¡Balzac! Y yo, un mísero escriba te hizo creer que debías proseguir, aceché el instante cero de tu naturaleza.

¿Sabes que en realidad, el profesor vive en un manicomio y su vida la ha inventado un muchacho que hizo pintadas en las paredes y cumplía servicios sociales? No es verdad, yo tengo otra interpretación. Cuál es. No voy a decírtela. No es sencillo sentarte y decir: ¡Eh! No me interrumpan, voy a escribir un buen guión, un buen poema, un buen lo que sea, whatever. Lo que digo es que si vences al papel, vences a la ‘’cosa ‘’ viscosa y petulante que orbita.

Tú no podrías parar un segundo, meditar y escribir, sin haber sido anteriormente una conciencia algo estable y con deseo, la simple y llana motivación del: tengo algo que decir, y lo diré ahora. Cuando quieras. Cuando quieras qué. Que cuando quieras te demuestro que puedo contarte cualquier cosa y ficcionarla. Y lo haré de dos maneras diferentes. Una desde tu boca, y otra desde la memoria. Vas a ver. A ver.

Capítulo 11.
Capítulo 10.

Andrea Toribio Álvarez.

[9]

Capítulo 9, “Ruido de tazas de café contra platos y cucharas”

Tienes que ver esta peli. Cuál. Esa peli, quiero decir. Cuál. La que te comenté ayer. Ah, sí, sí. Vale. Dime. Pues, el chico tiene unas manos muy bonitas. Cómo son. Pues… son huesudas, pero eso no importa, lo que importa es que cuando tocan las cosas parecen bonitas.

Cada vez que coge el bolígrafo o espera… esa forma que tiene de incorporarse en el sofá de una casa que no es la suya, como con tapicería anaranjada, casi roja. Luego la madre del chico de la casa es muy guapa, y se mueve de una forma que te hace pensar que tal vez, y digo tal vez, el amigo de su hijo genere una falsa sensación de sexo en bruto que nunca hubiese estimulado con la ayuda de revistas porno o libros de biología. ¿No?

Ya, ya, pero el conflicto de la película cuál es, la trama y todo eso. Que te vas por las ramas con los detalles, que si las manos de este y aquel, que si la casa y el banco en el que se sientan del porche. No he hablado de ningún porche. Sí. Que no, te he dicho que no. ¿Has visto la película? Sigue contando, no sé, a lo mejor…yo… Aparece un frío patio de colegio, es gris, y puede que tenga amarillo y azul, unas aulas y unos profesores, uno que imparte literatura y no sé cuántas ciencias más que quieren validarse como tales, ¿Me entiendes? Sí, continúa. Entonces manda unas redacciones y las odia, no saben escribir, pierde su vida enseñando algo que no cala. Creo que sé qué película es. ¿Sí? Pero sigue, da igual, está bien. Pues… me he desconcentrado…

Capítulo 9.
Capítulo 9.

Andrea Toribio Álvarez

[8]

Capítulo 8, “Se sientan en los taburetes de la cafetería y apartan unos panfletos con la cara de un hombre del suelo”

Por qué no te abres. Abrirme a qué. Pues a la gente. Pues porque no quiero. ¿Y por qué no? No.
¿Qué? Que no tía, que no. Por qué no escribes. Pues porque no. O sea, ahora no tengo nada que escribir. Te he hablado de él porque había un chico que se parecía mucho en el autobús y vine pensando en cómo seríamos ahora, no si estuviésemos juntos, que eso es irrelevante ahora. Te hablo del verdadero baluarte. Las relaciones. Qué somos, qué seremos, pues tal vez, nada. Pero aquí estamos, y quién sabe si…Huele a yeso, como a pared muerta. Estoy oyendo cómo caen piedras. Cómo se abren las puertas, oigo sirenas de lejos… un helicóptero…

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Andrea Toribio Álvarez

[7]

Capítulo 7, “Caminan un poco más”.

¿Hemos hablado alguna vez de Sade? Que yo sepa, ya sabes quién es la única persona que habla sobre Sade… no, si ya (Me río) igual que Catulo pero… Rima con culo… Con cara de culo… (No nos reímos)
Pues resulta que… la asociación de escritores argentinos se llama así. Qué asociación. Pues hija, la de los escritores argentinos. Ah bueno vale, ¿y? Pues que es gracioso que se llamen ‘’sade’’, como el marqués, ya sabes, no sé, bueno no tiene importancia… Tú sabes si hay alguna asociación de ese tipo… aquí en España. ¿Aquí? Ni idea, no sé supongo, tendrá que haber algo, ¿no? Sí, o sea el límite no está muy claro… Escucha, ¿no oyes como si alguien martillease una puerta? Si es que puede hasta notar los nudillos sobre la madera…

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Andrea Toribio Álvarez.