“Así todo” (1)

Decidí ponerme a escribirte cuando me di cuenta de que mi escritor favorito estaba muerto. Nunca podría mantener una conversación con él. La gente diría: Estás loca, nunca lo hubieras hecho de todas maneras. Creo que son formas de esquivar el abismo y yo no tengo miedo, ya fui joven y romántica. Cualquier causa, por estúpida que fuese, me parecía noble. Ahora temo a la muerte. También tiro el cigarrillo, que se hace colilla en el suelo con desdén, independientemente del posible incendio. No me molesto en pisarlo. Vivo donde cualquier palabra a favor del gobierno significa que eres un oprimido consentido. Si te resistes, te palmearán los hombros y responderás: Mi abuelo era rojo, con orgullo. He preferido abstenerme porque ni siquiera puedo ver las tortillas de patata en las fotografías roídas de los restaurantes de San Bernardo. Opto por no ser de ninguno, yo no soy de nadie. Mi abuelo es pintor y sevillano. Desde los catorce años en Madrid y aún mantiene su acento. ¿No es increíble? Totalmente, me dijo el disfrazado de comunista, totalmente camarada. Tomé su panfleto y tiré calle abajo hacia un encuentro en Sol. Veía los edificios y el tiempo reflejados en esa gran trola de oro. Como ciudad tienes poco que decirnos y nosotros mucho que conformarnos, supongo que…

Tan callado y tirado en la cama pensé que siempre ibas a ser un niño. Con el pelo espeso y oscuro sobre la almohada. Me río al pensar que al levantarte y venir a mi cuarto, lo tuvieses siempre aplastado por el mismo lado. Si me toco los labios pienso en tu cabeza entre mis manos cuando te besaba y te preguntaba qué tal te había ido el día. Aún llevabas los aparatos y te sonrojabas cuando el mundo no iba contigo, porque no lo entendías, repitiendo una y otra vez lo que le escuchabas a papá mientras miraba la tele y se aflojaba la corbata. Pensé en ti cuando tomé la mano del judío, cuyo nombre me era indiferente porque su apodo cumplía la función que yo necesitaba para con mi vida: reírme de él. Cuando le conocí en aquel tugurio de Huertas, se había parado delante de mí y me había detenido con sus brazos. Intenté desasirme porque no sabía quién era e iba con unas cervezas de más. Volvía a casa buscando el metro en cada calle, en cada papelera. Llegué a plantarme delante de un coche y a mirar debajo, por si alguien lo hubiese escondido y estuviese riéndose de mí. Cuando me besó fuertemente me asusté. Sentí una especie de ira incontrolada, y por otro lado, una satisfacción plena. La noche debía culminar. Debía ser pronto. Como fuera.

Tenía un aspecto de enfant terrible tumbado sobre la cama. Dormía con los ojos abiertos, recuerdo su colchón cochambroso en aquella habitación de Mesonero Romanos, donde la pensión y la plaza con chinas vendiendo cervezas. En mi vida, me dije, en mi vida, me iría con un hombre que no supiera cómo se llamase, que no hubiese intercambiado con él al menos unas diez palabras: ¿Estudias, trabajas, o simplemente te dedicas a vivir como todos? Lo admito. Me rendí ante un simple: Ven. Se le veía tan seguro y yo había agotado mis horas de continuar deambulando. Sin batería en el móvil ,uno es nadie en esta antropófaga sentencia de el piedra sobre piedra. Era como tú. Silencioso y hostigado, con tanto que decir que de dormido daba el miedo que no inspiraba despierto. Cuando despierte y me vea aquí sentada junto a su cama leyendo uno de sus libros arrugados, me echará. Pero me resistiré. Y no habrá nada más que hablar. Es por esto que en otro momento le hablé de ti, le dije que tenía un hermano. En cuanto me presentó a la suya, a la Miguita. Recuérdame que le mande un mensaje. Las cosas últimamente se me olvidan con frecuencia.

Se despertó. Lo sé porque se incorporó en la cama con los ojos clavados en mí. Un ‘mí’ semi-desnudo, con el pecho al aire y una sábana amarillenta y almidonada. El pelo alborotado y la luz sobre los ojos, leyendo una novela que había encontrado en uno de sus rincones. Se levantó en las mismas condiciones en las que me encontraba yo, sin saber dónde andaba su ropa. Se acercó y me miró con gracia. Se puso a reír y se volvió a la cama, pero no a dormir.

– Me meto al baño con los libros. Los meto en la ducha. Yo no soy el único, porque ya lo hicieron otros. ¡Que no nos jodan la juventud! ¿Sabes? Mucho Ho Chin Minh y luego nada.
– De qué coño hablas.

Estaba como pasmada ante la cascada de la que su boca se iba desprendiendo. No sé a son de qué tuvo que aparecer Vietnam. En otro orden de cosas, le pregunté su nombre, por si acaso.

– Nunca te lo diré. Pero si tienes algún problema pregunta por el Judío.
– ¿Cómo?
– A ver, el Ju-dí-o.
– Por qué te haces llamar así, ¿tienes miedo o algo por el estilo?

Volvió a reírse no por nada, sino porque era la primera vez que hablábamos de algo que tuviese un mínimo de sentido, y no tanto: bésame, bésame o espera, me has enganchado el pelo y me tira. Me besó y no fue nada extraño. La cama se había convertido en su centro de operaciones, desde ahí alcanzaba los objetos de la habitación. Sus piernas eran largas o es que era muy ágil, me desentiendo. Me dijo que una vez un amigo le había llamado así por haber participado en el rodaje de una película de hebreos. ¿Pero no era judío? Sí, sí, pero tú no lo entiendes. Qué importa, me dijo. Mira, mejor déjalo. ¿No ves que son pueblos condenados a la putrefacción de la carne? Yo, bueno, mírame, yo qué soy. Evidentemente. Claro, la vida eterna y amén. Yo no soy nada. Lo peor es que tú te crees alguien, déjame adivinar… Crees que eres importante para alguien, ¿no? Pues no es suficiente, es que, joder, perdóname, no aprendemos nada, nunca. Nunca aprenderemos nada, jamás. Yo puedo vivir los años que quiera…que me voy a morir y esto es una puta tautología, míralo desde la perspectiva filosófica que te interese ,si es que lo hace… cuando pasen cuatro mil años nadie va a acordarse de mí, ni de nadie en general… Puedes escribir un libro cojonudo, con su personal ciclo vital, un fuerte trabajo escondido, reflexión tras reflexión y voilá, te conviertes en el mejor escritor de tu generación. Luego resulta que eres el hito que marcó a unos chavales que no sabían muy bien qué estaban haciendo afirmando la resurrección de una naturaleza que vuelve a morir cuando alguien dice primavera. Ya, ya sé que no tiene sentido. Si lo entiendo, pero en fin, ¿qué puedo decir? Maldita literatura, ¿eh? Sí, sí, puedes acordarte de todos los familiares de un escritor por haber destrozado tu semana y aún así el libro no volverá a empezar de nuevo. Cada vez que lo tomes en tus manos y lo leas, no será el mismo, te dirá una cosa diferente y creerás que te está mintiendo, cuando lo único que hace es dosificar la realidad para que puedas comprenderla mejor.

Nos quedamos en silencio, yo estaba como pensando en lo que me había dicho, hasta que se encendió un cigarro. Le miré con un gesto de reprobación (no sé muy bien que es, pero queda bien en mi historia). No tenía que preocuparme por nada, había trucado la alarma de incendios. Se había ganado al casero del edificio. Sí, así me enteré de que vivía en esa pensión. ¿Sabías lo poderoso que es, saber algo de alguien? Por eso no te diré mi nombre, no es que no quiera pertenecerte, entiéndeme, somos jóvenes y el sexo está bien, pero… si le dices tu nombre a alguien deja de ser íntegramente tuyo, es como que te desposee, si es que acaso existiera una palabra parecida para esconder el miedo… Que yo sepa tu nombre te hace algo mía. Yo soy un tipo duro, prefiero resistirme. No tenía muy claro con quién estaba hablando y por qué seguía mirándole con los labios arrugados y ese puñetero libro estropeado. Él había estropeado un libro y yo tenía que creerme que aquello era arte. Una imagen holográfica de un tipo de unos veinte años recibiendo los golpes de agua de una alcachofa de ducha estropeada. Lo que realmente quería saber era por qué tenía pillado al señor de la recepción.

– Oye, ¿llegamos a decirle algo al encargado de la recepción?
– Se llama Rafa y ya sabes su nombre. Eres parte del secreto. Se acuesta con las chicas de la calle Desengaño. Su mujer no lo sabe. Yo no sé quién es su mujer. Me deja vivir aquí si no se lo digo. ¿No es raro?

Creí que todo había llegado demasiado lejos. Este tipo de tíos son de hola y adiós, si eso el teléfono móvil y a dos o tres semanas la típica conversación de “esta semana y la siguiente tengo mucho lío”. No iba a ser el caso. Cogí todas mis cosas y salí de la habitación al pasillo. No se movió de la cama mientras me veía organizar las cosas de mi bolso. Saqué todo lo que llevaba y lo tiré en la cama. Algunas cosas incluso le rozaron. Ni me miraba. Estaba recostado con los ojos cerrados. Fui al baño y me di una ducha. Terrorífica. El bote de gel estaba vacío y había otro de color verde que no tenía buen aspecto. Lo olí y se me cayó de las manos. Hizo un ruido psicótico. Desistí de la ducha. Ese chorro de agua salía del infierno. ¿No tienes agua fría o qué? No me contestó. Salí con el pelo mojado y vestida. Le miré por última vez. Estaba estático. ¿Meditaba? No lo sé. Nunca he creído en esos rollos espirituales que tratan vendernos. Es la parte cutre de ese estado e bienestar que quieren vendernos, como si fuésemos a hacer alguna revolución si no nos mantuviesen bien contentos. No nos movemos, somos como ejecutores de acciones en cadena. El amor es así, yo no sé qué es. Lo compraron nuestras conciencias hace tiempo, estados heredados de Dios sabe quién, y eso que él aquí no tiene nada que ver. No pienso quejarme, porque preferiría gritar y no puedo. Sí, sí puedo. Salí de su habitación dando un portazo indignada. ¿Cómo iba a saber qué era el amor? Claro que no, así no. Nunca más, me dije, nunca más. Grité y me gritó. ¿Sabes por qué nadie va a recordarnos? Porque estamos hechos de tierra, y la tierra (su voz se iba escuchando cada vez más fuerte)se pisa y es siempre la misma. Aglutinada y tosca es (juraría que estaba junto a la puerta) pura natura. Si alguien quisiera ser recordado no tendría que escribir otro Romeo y Julieta. Tendría que salvar a la humanidad, otra vez. Ya no sería original. Lo hizo alguien antes. Abrió la puerta. ¿Sabes qué? Pensándolo mejor, podría estafarnos a todos y crear una nueva religión. Tal vez nos llevase de nuevo de calle. Pero lo cierto es que eso ya lo han intentado otros focos de locos sin coco, las sectas, las sectas, esos grupos de hippies que venden magdalenas de marihuana. Se te ha caído la chaqueta, espera, yo te la recojo. Sí, sí, no sirve de nada. Vístete de la forma que quieras, cómprate un quimono si quieres. Hemos venido a ver el nacimiento de otros. Mi número está en tu agenda de teléfono. Tus mensajes de móvil no son interesantes, ese tipo no te quiere. Llámame. Me cerró la puerta en las narices. A mis pies una bandeja de restos de comida y cubiertos pegajosos. Una nota doblada en dos: es guapa, cuídala un poco. Espero que todo esté a tu justo. Rafa. ¿Justo? ¿En serio? Resoplé y me largué de allí.

[Actualmente le dedico a esta historia mi tiempo libre. Si os ha gustado me gustaría que comentaseis o algo, tampoco os voy a obligar. De momento la iré haciendo grande… o al menos, eso espero].

Nicanor Parra. Recomendación urgente.
Nicanor Parra. Recomendación urgente.

a,

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s