Hoy

A M y a J por (más que) perfectos anfitriones.

Hoy me ha entristecido pensar en mí en Argentina al escuchar sus ecos en otras bocas. Las calles se han venido junto a recuerdos inevitables que no eran míos, en palabras que jamás he dicho: cheto, bacán…

Todo se vino porque el mundo se acababa (parecía acabarse) y yo estaba sola. Recuerdo que pensé: ¡Debes cambiar tu vida! Y lo hice, tomé la mochila y me fui diez días. Cuando estás fuera entonas la canción del que nunca vuelve, pero al dormir siempre vuelves donde el sueño se hace verdadera ópera prima. Huir no es cambiar nada, es destrozar algo que luego vas a tener que volver a montar. Tras esto un amor. Y después el despertar de la incertidumbre. Aún conservo la conciencia de una noche de alcohol y playa. Música a lo lejos y un calor seco que me obligaba a lanzarme al mar. Procastinación de papeles, están en la red, están en la red… y los demoraba y se venía el tiempo y me alejaban. Paciencia. no me iré, me dije. No me iré. ¿Para qué? Aquí hago falta. Me hacen falta los de aquí. ¿Qué habrá? ¿qué habrá? Me pregunto ahora. Puede que no deje de hacerlo y, tendré que seguir creando una proyección…¡Ay! Pero es que el mundo… el mundo es tan grande que… A veces nos come. Nos engulle. Y a todo esto, yo tengo una visión utópica del Río de la Plata, que tal vez sea barro y agua. Y sus aguas cenicientas se deban al color de un tubo oxidado varado en la orilla que alguien ha querido ver recién salido de la fábrica. Lo que no sabe es que antes fue parte de un carro.

Tal vez -y sólo digo tal vez- el primero de mis ‘yo’ hubiera observado cómo su visión sobre una ciudad, se acomodaba sobre la verdadera urbe. Y se destruía. Marchándose despechada. Mi futuro ‘yo’ probablemente experimentará un rechazo de idiota enamorada, a lo Ángeles Mastretta. Se tumbará lentamente conversando y fumándose un cigarro (me acuerdo de cómo olía entre las manos) a la que el sol muere entre azulejos y asfalto. Con algo más de equipaje y no sólo con la lectura de un maldito gaucho inmortal. Habrá que esperar. Aceptar la antropofagia de esta ciudad que se consume no está tan mal. Sobretodo si se sigue platicando sobre películas, series y viajes mientras quede algún rosal en el jardín, junto a unas tazas de café enormes y Buenos Aires.

Roque Dalton, qué descubrimiento poético...
Roque Dalton, qué descubrimiento poético…

a,

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