Epístola de muerte.

No volveré a escribir jamás. El cuerpo se ha desvestido, quemado en el abismo de la ignominia. No volveré a escribir jamás, me digo. No tomaré el lápiz, no sacaré punta hasta hacerme sangre y que ésta caiga sobre el folio. No volveré a escribir jamais: duele. Si te paras un momento mientras caminas por la calle, sigues oyendo los pasos que has dado durante toda tu vida y que sigues dando. El caso es que ya no caminas. No volveré a escribir, nunca más. Mis pasos se asemejan a mis dedos golpeando el teclado: jamás, jamás, jamás. El cuerpo sigue tiritando por estar desnudo, pido algo de ropa con el poco espacio que me queda en la boca. Apenas puedo respirar, las lágrimas están surcándome la cara. De las grietas surge la primavera. Unas tímidas flores me despojan de la hierba seca. un RAYO de LUZ me ha cruzado el rostro. Esa nube que nos mira lleva el color de la muerte, el color de la muerte, el color de la vida, el color de la muerte. Yo no estaba llorando, era una gota de esa nube gris. Yo no estaba escribiendo, estaba viviendo. YO NO ESTABA, YO NO ESTABA, YO ESTABA escribiendo: jamás, jamás, jamás volveré a escribir nada. No volveré a escribir ‘jamás’ por que es como una risa perpetua. No volveré a escribir ‘nunca’ por hacerlo desde aquí, escondida bajo un juego de palabras sencillo, tras los besos de tu nuca que nunca abandonaré ahora que sé dónde se encuentran mis manos.

Y tras haber vuelto del otro lado, con esa mueca de la muerte y ese desprecio auto-impuesto, podré comenzar a decir: yo no habría escrito nunca, es decir, yo no habría escrito jamás. Hasta ahora.

James Stewart en Vértigo.
James Stewart en Vértigo.

a,