El Gabo.

Se habla (constantemente) de las dotes mágicas que destilaba tu mente instalada en un pasado infinito. Hemos vivido recientemente una época en la que cada día, el telediario emitía noticias con la muerte de personas dedicadas al culto de las letras, y bien, yo me pregunto, ¿Qué ocurre cuando muere alguien que es uno de los cultos en sí? Pues nada, no ocurre nada.Todo es frustración al fin y al cabo. Sucede que no nos parece una muerte real, porque los mitos no mueren jamás y porque, si nos remontamos a su origen, los desconocemos y por descontado, podemos dudar abiertamente de su existencia. Pero lo que sí que es cierto es que, aunque no hayas cumplido cien años (tal y como se prometió), serás siempre esa emoción y muchas veces garante de lectura para cualquier muchachito curioso que decida tomar prestado un libro tuyo, en cualquier parte del mundo.

Si me paro un momento, se dibuja una imagen. Un escritor, como enloquecido, dando (larga) vida a Melquiades (otro mago), mientras una mujer en el marco de una puerta, que pudo ser la de tu casa, te pregunta al volver de trabajar (porque ella es la que trabaja), cuánto te falta, y tú sonríes y agitas la mano, restándole importancia al asunto mientras dices: una eternidad, una eternidad.

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