Realidad autóctona: lectura de «Cien años de soledad».

El Macondo literario del que nos habla Gabriel García Márquez, excede con creces una realidad superpuesta, de la que podría darnos cuenta. La lectura destila un círculo vital compartido en clave de tragedia, de la que el lector difícilmente puede escapar. Una vez más, como casi siempre ocurre en literatura, este universo creado de forma artificial nos confunde y nos embriaga. Obviando el límite de lo real, absorbe la artillería imaginística un fervor tormentoso, que experimentamos durante el primer contacto con la novela.

El otro día me refería a ella gracias a una extraña sensación, la de sentirse deshabitado por todos esos personajes que, llegados al término de la novela, no son más que encíclicas de carne caracterizadas por recuerdos y hábitos que se ven a obligados a ejecutar aun desconociendo sus propia naturaleza. La serie de sucesos y acontecimientos que encierra, irán destapándose y permitiendo el desarrollo de una trama cuyos personajes poco importan, si tenemos en cuenta el rosario de escenarios que incidirán en sus personalidades, y que sin embargo actuarán sobre sus espíritus de la misma manera. El pueblo no es más que un hervidero de mala sangre en muy mala hora y mariposas amarillas de origen (teóricamente) desconocido. La felicidad siempre se encuentra a un paso, pero lo cierto es que uno debe esperar, y experimentarla -en ocasiones- a través de la carne de otros, siendo la única constante, los pescaditos de oro míticos del coronel Aureliano Buendía. La sangre, en este caso, es un verdadero desacierto primigenio, que podríamos decir que se ve condenado a perpetuarse una y otra vez hasta aplacar el espíritu de una estirpe que no durará sino cien años sobre una tierra que ellos mismos creen haber elegido.

La pureza que entraña la tradición, la coralidad de los elementos vivos, la brutalidad de las ideas que se despiertan a media noche y un amor desenfrenado que es capaz de aislar a dos personas hasta borrar su existencia del recuerdo colectivo abren y cierran un capítulo de la literatura hispanoamericana bajo un título que jamás perecerá: Cien años de soledad. La única deuda que podrá cobrarse Márquez es la de habernos suspendido durante más de cuatrocientas páginas, un suspiro tremendo cargado de paciencia, que se transformará en un sinsentido completo a la hora de escoger nuevas lecturas. ¿Qué más se podría decir sobre el mundo, que esto?

«Las estirpes condenadas a cien años de soledad, no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra».

Gabo

Andrea Toribio Álvarez.

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