El otro día, sin ir más lejos.

Se debatía entre la locura y el ”ser normal”. Porque eso es lo que todos quieren. Ser normales, o al menos, aparentar serlo. Lo importante es parecerlo no serlo, perdonad mi insistencia pero esto es España, y es así. Lo quijotesco está algo de modée, por eso, ¿Para qué decir: Me he vuelto un alucinado leyendo? Cómo es, decirle a alguien, a cualquiera, que se ha tenido un mal día porque un personaje de la novela que te traes entre manos también lo ha tenido. Cómo se hace eso, me pregunto. Bien. Recordad, recordad, debemos aparentar ser normales.

La misma inquietud con la que os lo cuento, fue con la cual me espetó el otro día Manuel Rivera. Os he hablado de él. Pues bien, estaba leyendo una novela de un escritor que ahora está muy en boga. Me comentaba que no entendía cómo podía tratar así de mal a sus personajes, dando esos volantazos absurdos que ellos no entendían. Y este lector tampoco, estaba muy enfadado. Quedamos en un café una tarde, a tomar algo, a hablar. Me dijo que iba a ir a ver al escritor que me había comentado, evidentemente, le miré a los ojos y le dije que no se le ocurriera hacerlo, se iba a decepcionar. Los libros son sólo eso, libros, le dije, no debes obsesionarte, son historias que alguien ha tenido la necesidad de contar y ya está. Movió la cabeza en señal de negativa, yo entendí que no debía insistir y le dejé marcharse. No era plan que llegase tarde a la cita por mi culpa. Llámame cuando termines, le dije. Me debes un café aunque a este invite yo. Se armó algún revuelo allí, en el local, o al menos eso me escribió desde el metro. Yo leía divertida en el café su mensaje. Con que dejar que invite una mujer está aún mal visto, vaya, vaya.

Al llegar a la oficina del escritor debió asustarse. Era una oficina, no era una casa. Tal vez si le hubiesen citado en una fábrica hubiese tenido un mayor sentido, escribir es producir, no es papeleo. La cita no duró mucho, tan sólo una pregunta que se despejó prontito. La sensación de asfixia era un mero recurso literario que había aprendido en un taller. ¿En un taller?, le preguntó. Sí, sí, en un taller, le dijo rascándose la cabeza.

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Andrea Toribio Álvarez

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