Autor recomendado: «Gabo en busca de la estrella»

Esta mañana sonreía impactada al enterarme de que Gabriel García Márquez, Gabo, encontró la manera, su manera de expresión, en un viaje a Acapulco, mientras conducía un coche. Me lo imaginé tomando las curvas con la tranquilidad pasmosa que adquirían las olas rompiendo contra el acantilado de la costa que iba bordeando. Despacio, muy despacio. ¿La carretera es el lugar de las revelaciones? Me pregunté. Habitualmente suelto un par de gritos y acelero con la música bastante alta, yo no entiendo de estrellas de Belén y mucho menos de milagros. Por no hablar de la literatura en general (…)

En realidad, como podéis comprobar, quiero hablar de algo mítico. En lugar de ”la estrella de Belén” tomaremos la caída del caballo que sufrió San Pablo mientras perseguía a un grupo de pobres cristianos, que no es lo mismo que decir cristianos pobres, y hasta aquí mi paréntesis. La esquela de la estrella que seguía nuestro escritor, no era otra que una intencionalidad obsesiva, esto es: hacia dónde nos dirigimos cuando narramos, como comenté a raíz de la lectura de Los pistoleros del eclipse, de Munir Hachemi. Tuvo que recordar cómo su abuela le relataba cuentos inspirados en las llaves oscuras de la realidad que un adulto comprende y que a un niño le cuesta asimilar y sin embargo, tan fácil de integrar en un mundo esencial, de lo nimio, su mundo. Un lugar en el que si un pájaro se posa en tu pelo es capaz de hablarte de las maravillas y tempestades que ofrecen las nubes cuando todos los pájaros susurran al compás del murmurar de un arroyo que se filtra entre la tierra y las piedras. Los niños son capaces de entender lo fantástico, o lo real maravilloso, creen en la verdad porque la mentira no es necesaria. ¿Para qué?, pues eso es justamente lo que yo me pregunto. El escritor si nos cuenta, en algún momento sin desvelar nada, que a un hombre le crece una cola de cerdo (A propósito de Cien años de soledad) ¿Por qué no íbamos a creerle? ¿Acaso lo hemos visto? Veréis, que no lo hayamos visto no quiere decir que no exista. Como los ancianos chinos en los barrios de la periferia madrileña u hombres taheños mayores. Esto último no es ni literaturizable. El pelo joven clarea y se vuelve cano, hete aquí la no existencia de estos homínidos.

Una vez te remontas al pasado, al recuerdo, a la infancia de una conciencia, es sencillo conectar con el origen de todas las historias, como venimos anunciando, el mito. Si has llegado a esa reflexión, la has escrito y te la has comido junto a un plato de maíz y mole, lo difícil ha pasado ya, y puedes incluso despojarte del sudor que no te permite dormir hasta altas horas de la noche cuando es ya de día, tras haber salido del desierto.

Por lo tanto, ¿Qué le debemos a Gabo? Pues en realidad todo y por otro lado nada. Grandes narraciones, es decir, literatura de calidad. No se le puede pedir nada más.

Es cierto que en un pasado (ayer) hice apología terrorista contra Cien años de soledad. Pido disculpas y hago mutis por el foro. He comprendido que no tiene por qué gustarnos todo lo que haya escrito un determinado autor, puedes elegir la parcela de su obra que más te convenza o atraiga y arrellanarte tranquilamente a disfrutarla, en el sitio que elijas. En Macondo por ejemplo.

Y hasta aquí puedo leer.

Gabriel Garcia Marquez

Andrea Toribio Álvarez.

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