«De ida y vuelta»

Nunca duermo antes de las dos,
Recordando las luces torrenciales
Del abismo.

La carretera crea un caudal abierto
En el horizonte
Los edificios colorean tu visita
En el paisaje.

Es el coche que tomo, la rutina, la velocidad.
Es el prostíbulo del desvío,
La gasolinera, el cuartel
De la guardia civil, los jóvenes de este país.

Son los besos guarros en el portal, ya es todo.

La despedida.

El adiós.

El gruñido del orgasmo y las luces de neón
Que me hacen marcharme para volver siempre.
Eres tú. Y nada más.

Fotografía de Sergio García.
Fotografía de Sergio García.

Podéis acceder a su tumblr, propuesta visual más que interesante: http://sergiogrc.tumblr.com/ o a su twitter: @sergio5_

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«y si nos pillan descansaos»

Como si
Estuviese perdiendo los
Mejores años
De mi vida suplicando al
Tabaco, a la bebida,
Complot para con el cuerpo
Estimulando
El Madrid de tocadiscos
Y besos guarros.
La droga de los soportales, putas
Junto a poetas vagos
Putos al fin y al cabo. Sin embargo
¡Mírame! Estoy sola. ¡Fan-ta-sí-a!
Con algunos amigos cercanos y
Basta.
Contigo un par de tardes semanales
Y esas veces al mes que
Nos da la gana de dormir desnudos.
El resto viviendo
Lo que puedo, intuyendo
Que nunca llegaré a leer
Más que lo poco que caiga
Y sedimente
En la retina. El ámbar
Del final
No tiene nada que ver con la nicotina, lo
Sé. Pero nadie como la bilis
Al internarnos hacer con
El fuego y fracasar. Entiéndeme ha
Habido noches y noches como la de hoy,
En las que no podía dormir por no
Ser tu cama, el rock and
Roll, tú, cariño, porno de salas X,
En fin. Reflexión en la noche. Bostezando humo.

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27 de marzo.

El martes el bolígrafo se movía encima de la mesa. Fuera sonaban tambores, gritos y cantos. Salimos y una masa de gente vestida negro llevaba pancartas y palos en la mano. Recogimos y nos fuimos a casa. Los policías se quejan en Moratalaz, enterramos a Suárez, y ayer las universidades estaban abarrotadas de silencio. Hoy en la Autónoma cercando las salidas, antidisturbios y un rector que da la callada por respuesta. Esta tarde manifestación, quién sabe, será historia. Si todas las fotos que he ido viendo estuviesen en blanco y negro pensaría que estamos en los setenta.

Ahora dime, Mariano, presidente del gobierno. ¿Dónde estás?
Desde luego que sí, los que se quejan son cinco o seis.

¿Y sabéis qué es lo peor? Que como siempre ha ocurrido en este país, hasta que alguien muera no ocurrirá nada. Y a los que disparen, sean del bando que sean, los que pongan las pistolas en su mano, no sabrán qué es una bala ni de qué color es la sangre.

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A.

El salón de los pasos perdidos.

Ahora que estás en ese salón reposando te contaré una cosa.

Yo creí, como otros, que la verdadera marcha de la dignidad se emprendía hoy, caminando desde la altura más baja del Paseo del Prado y a esperar. Esperar pacientemente una cola, de una paciencia como digo, infinita por parte tuya Adolfo, con un país que jamás te dio ni te reconoció nada hasta hace unos días.

APOYO de forma incondicional esas marchas por la dignidad, sintiéndome triste de su existencia, como si los seres humanos no fuésemos dignos de vivir, al ser privados de un derecho fundamental que todo el mundo esquiva: el poder decidir y por eso luchar. Como comentaba con mis compañeros de clase el otro día. ¿Por qué generar una discusión entorno a la flexión masculina o femenina de las palabras? Bien, el lenguaje, como la ética y la moral tuya Adolfo, se ha visto solo como (de nuevo) tú te viste en manos de la tergiversación pública, sobretodo, privada.

Los símbolos y el lenguaje se subordinan a cualquier mano dispuesta a acabar con el poder vacuo que se alza ante nosotros, sin importar contra quien o contra quienes. Es del todo erróneo, el ciudadano está actualmente atacando al propio ciudadano. No aludiré a la referencia religiosa de ”el prójimo que embiste con sus ojos y atenaza el corazón del otro”, porque suelen ser este tipo de comentarios, supeditados al catolicismo histriónico, que en mi caso no me representa, los que definen al individuo como ente social. Si es religioso, será de derechas, vestirá de firma y es pro-abortista. Si por el contrario lleva muchos pendientes, viste ignorando los códigos rigiéndose a uno solo: su identidad y los domingos se queda en casa, tranquilamente, mínimo anarcosindicalista de izquierdas, perroflauta, indignado y encima lacra. Digo esto como señalo a todos aquellos que bajaban con antorchas, palos y máscaras para atacar a los verdaderos confundidos, la policía, que no dejan de ser unos mandaos. De verdad, es así, por mucho que Cristina Cifuentes hiciese, como siempre, el papel de un Nerón decidiendo en el coliseo quien muere y quien vive mientras con la otra mano pide que arda Roma porque lo soñó.

Para mí fue muy importante ver cómo ayer un hombre con una pancarta en contra de los recortes, a favor de la libertad y el cambio, hablaba a un cobarde que opta por ocultarse y le dice que no quiere que les confundan (a la cascada que venía desde Atocha hacia Colón) con palos, piedras, pasamontañas y mentira. Este hombre tenía un palestino morado en el cuello. Y fue la única verdad que ayer pude ver por televisión.

Presidentes

Andrea Toribio Álvarez

Estimado Adolfo,

Me dirijo a ti, yo que no te he vivido porque han tenido que contármelo.

Te escribo por ser objeto del fracaso o el triunfo del artista. Te ha cogido la muerte esta vez, que no el olvido en el que te habíamos sumado todos los españoles, un olvido que también se alojaba en ti impidiéndote recordar. No sé si lo sentías también, pero últimamente no podemos ponernos de acuerdo en casi nada. El bipartidismo al que nos arrojan los medios nos ha asfixiado, no podemos hablar de política porque supone un intercambio intergeneracional de pareceres que no suelen encajar bien. Incluso entre nosotros, los jóvenes, no podemos hablar salvo en contadas ocasiones muy organizadas bajo la atenta mirada de un desengaño: libertad para todos desde la masa y no desde el individuo. Un sentimiento de lealtad desde uno mismo para conectar con otro y a su vez con otros para formar una inmensa red de coherencia y cohesiones es lo que nos has dejado. Las universidades vuelven a estar como en tu momento, carteles, pintadas y mensajes muy directos que sin embargo no llegan a nadie. Sólo nos faltan las canicas que arrojaron otros, que como yo eran jóvenes, a los grises cuando venían dispuestos a sofocar el nacimiento de otra España. Este es el país en el que nos enseñan a ser de izquierdas o de derechas, un país de pocos términos medios, o te indignas o perteneces a las nuevas generaciones. Así somos.

Digo que te ha cogido el fracaso del artista porque en la distancia, al morir, todo el mundo te reconoce, todo el mundo te llora y todo el mundo pide por un consenso que lograste, hoy día imposible por culpa de un dolor que llevamos en la sangre que no cede y que entorpece, disuadiéndonos de las nuevas bocanadas de aire que trae el progreso. ¿Entiendes? Es como si no quisiéramos avanzar. Para muchos fuiste un nombre más en los libros de historia y para otros tantos un ejemplo que todo el mundo alaba y que nadie se atreve a seguir. ¿Por qué nadie ha pensado en ti antes de morir?

Te escribo y añado todo lo que te diría en un registro correcto y formal, pincelado con sentimientos de otros y propios. Han salido unas imágenes de un muchacho con una bandera de España en frente de tu hospital. Y es difícil, hasta yo lo confieso, creer que la bandera de nuestro país no le debe nada a la dictadura, sino más bien lo contrario. En ella se leía: Siempre, Suárez. Y yo te digo, gracias tú que le sostuviste la mirada al pasado encapotado y hondamente militar, una mirada en la que todos teníamos un espacio y un futuro.

Aludo a lo del registro y retomo el ”que nadie se atreve a seguir”, porque actualmente no hay nadie que tenga cojones de sentarse y simplemente dialogar.

Gracias.

Adolfo Súarez

Andrea Toribio Álvarez

Autores conflictivos: ¿Por qué no nos queremos, Mario?

Llevo unos días a caballo de tres o cuatro libros, no sé, y entre ellos se encuentra Lituma en los Andes de Mario Vargas Llosa. Hace lo menos unos dos o tres años, tomé de la estantería La tía Julia y el escribidor. Lo empecé a leer con fruición, pero la historia terminó por cansarme y volvió a su lugar: entre el polvo y las películas de El País. Me han hablado de La ciudad y los perros muy bien, así como de Conversación en la catedral, pero mucho me temo que he desarrollado un mecanismo de rechazo fuerte. Me es complicado seguir el ritmo narrativo que impone, las mezclas de escenario, voces y ambientes. Las historias que contienen militares, en exceso quiero decir, por lo general no suelen atraerme demasiado. Prefiero pensar que este libro no me ha ganado aún, como tampoco lo hicieron en su día todas aquellas novelas que giran en torno a la Guerra Civil, y que conseguiré terminármelo para poder contároslo.

Independientemente de la presencia fuerte que tiene ahora mismo en mi cabecera, una biografía sobre Panero -hijo- , los pocos momentos que consigo evadirme del maldito y retomar Lituma se deben a Mercedes, un personaje del todo llamativo. Me ha sorprendido gratamente el esbozo de esta gran personalidad de mujer que relataste Mario, qué le vamos a hacer. Algo bueno tenía que tener esta novela.

Por otro lado me han comentado que es un libro de aquellos considerados serios de este autor, y que tiene algunos que son algo más… ¿gracioso? Bueno. Si supierais de esta información compartidlo. A ver si predicando convertís a esta hereje.

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Andrea Toribio Álvarez

El otro día, sin ir más lejos.

Se debatía entre la locura y el ”ser normal”. Porque eso es lo que todos quieren. Ser normales, o al menos, aparentar serlo. Lo importante es parecerlo no serlo, perdonad mi insistencia pero esto es España, y es así. Lo quijotesco está algo de modée, por eso, ¿Para qué decir: Me he vuelto un alucinado leyendo? Cómo es, decirle a alguien, a cualquiera, que se ha tenido un mal día porque un personaje de la novela que te traes entre manos también lo ha tenido. Cómo se hace eso, me pregunto. Bien. Recordad, recordad, debemos aparentar ser normales.

La misma inquietud con la que os lo cuento, fue con la cual me espetó el otro día Manuel Rivera. Os he hablado de él. Pues bien, estaba leyendo una novela de un escritor que ahora está muy en boga. Me comentaba que no entendía cómo podía tratar así de mal a sus personajes, dando esos volantazos absurdos que ellos no entendían. Y este lector tampoco, estaba muy enfadado. Quedamos en un café una tarde, a tomar algo, a hablar. Me dijo que iba a ir a ver al escritor que me había comentado, evidentemente, le miré a los ojos y le dije que no se le ocurriera hacerlo, se iba a decepcionar. Los libros son sólo eso, libros, le dije, no debes obsesionarte, son historias que alguien ha tenido la necesidad de contar y ya está. Movió la cabeza en señal de negativa, yo entendí que no debía insistir y le dejé marcharse. No era plan que llegase tarde a la cita por mi culpa. Llámame cuando termines, le dije. Me debes un café aunque a este invite yo. Se armó algún revuelo allí, en el local, o al menos eso me escribió desde el metro. Yo leía divertida en el café su mensaje. Con que dejar que invite una mujer está aún mal visto, vaya, vaya.

Al llegar a la oficina del escritor debió asustarse. Era una oficina, no era una casa. Tal vez si le hubiesen citado en una fábrica hubiese tenido un mayor sentido, escribir es producir, no es papeleo. La cita no duró mucho, tan sólo una pregunta que se despejó prontito. La sensación de asfixia era un mero recurso literario que había aprendido en un taller. ¿En un taller?, le preguntó. Sí, sí, en un taller, le dijo rascándose la cabeza.

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Andrea Toribio Álvarez

Autor recomendado: «Gabo en busca de la estrella»

Esta mañana sonreía impactada al enterarme de que Gabriel García Márquez, Gabo, encontró la manera, su manera de expresión, en un viaje a Acapulco, mientras conducía un coche. Me lo imaginé tomando las curvas con la tranquilidad pasmosa que adquirían las olas rompiendo contra el acantilado de la costa que iba bordeando. Despacio, muy despacio. ¿La carretera es el lugar de las revelaciones? Me pregunté. Habitualmente suelto un par de gritos y acelero con la música bastante alta, yo no entiendo de estrellas de Belén y mucho menos de milagros. Por no hablar de la literatura en general (…)

En realidad, como podéis comprobar, quiero hablar de algo mítico. En lugar de ”la estrella de Belén” tomaremos la caída del caballo que sufrió San Pablo mientras perseguía a un grupo de pobres cristianos, que no es lo mismo que decir cristianos pobres, y hasta aquí mi paréntesis. La esquela de la estrella que seguía nuestro escritor, no era otra que una intencionalidad obsesiva, esto es: hacia dónde nos dirigimos cuando narramos, como comenté a raíz de la lectura de Los pistoleros del eclipse, de Munir Hachemi. Tuvo que recordar cómo su abuela le relataba cuentos inspirados en las llaves oscuras de la realidad que un adulto comprende y que a un niño le cuesta asimilar y sin embargo, tan fácil de integrar en un mundo esencial, de lo nimio, su mundo. Un lugar en el que si un pájaro se posa en tu pelo es capaz de hablarte de las maravillas y tempestades que ofrecen las nubes cuando todos los pájaros susurran al compás del murmurar de un arroyo que se filtra entre la tierra y las piedras. Los niños son capaces de entender lo fantástico, o lo real maravilloso, creen en la verdad porque la mentira no es necesaria. ¿Para qué?, pues eso es justamente lo que yo me pregunto. El escritor si nos cuenta, en algún momento sin desvelar nada, que a un hombre le crece una cola de cerdo (A propósito de Cien años de soledad) ¿Por qué no íbamos a creerle? ¿Acaso lo hemos visto? Veréis, que no lo hayamos visto no quiere decir que no exista. Como los ancianos chinos en los barrios de la periferia madrileña u hombres taheños mayores. Esto último no es ni literaturizable. El pelo joven clarea y se vuelve cano, hete aquí la no existencia de estos homínidos.

Una vez te remontas al pasado, al recuerdo, a la infancia de una conciencia, es sencillo conectar con el origen de todas las historias, como venimos anunciando, el mito. Si has llegado a esa reflexión, la has escrito y te la has comido junto a un plato de maíz y mole, lo difícil ha pasado ya, y puedes incluso despojarte del sudor que no te permite dormir hasta altas horas de la noche cuando es ya de día, tras haber salido del desierto.

Por lo tanto, ¿Qué le debemos a Gabo? Pues en realidad todo y por otro lado nada. Grandes narraciones, es decir, literatura de calidad. No se le puede pedir nada más.

Es cierto que en un pasado (ayer) hice apología terrorista contra Cien años de soledad. Pido disculpas y hago mutis por el foro. He comprendido que no tiene por qué gustarnos todo lo que haya escrito un determinado autor, puedes elegir la parcela de su obra que más te convenza o atraiga y arrellanarte tranquilamente a disfrutarla, en el sitio que elijas. En Macondo por ejemplo.

Y hasta aquí puedo leer.

Gabriel Garcia Marquez

Andrea Toribio Álvarez.

«La elección»

Cuanto más puedo conocer sobre la historia de Leopoldo María Panero, mejor entiendo la historia de otros que como él, recibieron la etiqueta clasificatoria final: malditos.

Y resulta divertido que acuñen a un puñado de hombres y mujeres con dicho término, cuando en realidad lo que quisieran sería tildarlos de locos, o majaderos, según convenga. Yo me desentiendo del artefacto retórico.

Por un lado creo que es muy cómodo apuntar, cómo esos hombres que se han distribuido por todas las épocas que el hombre ha vivido hasta ahora, han sido incomprendidos a pesar de ser genios del origen. En torno a dichas figuras se agruparon personas que trataron de aproximarse a esa locura sana que nos libera, que ellos sí pudieron alcanzar, desestimando el tema suicidios, o como todos los grandes recuerdan: el eco del disparo de Larra.

Son figuras que provocan en nosotros una tremenda fascinación -hablo por mí y creo hablar por todos, así soy- pues su mérito es de ida sin derecho a vuelta: Han encontrado la palabra. Han explotado su significado y nos han dejado grandes obras de la literatura universal, universal en su sentido más expansivo a la manera de José Vasconcelos: literatura del cosmos. Entre esas obras encontramos poemarios espléndidos, novelas de una gran calidad y en ocasiones algo complejas y palabras mudas. Porque hay escritores, aunque no lo creamos, que jamás en la vida escribieron nada y formaron parte de una farándula.

Algunos creen que se trata de elección, que han creado un personaje que pueda estar maldito, como un hogar, y que ellos simplemente han habitado y han muerto en él. O justo cuando pretendían salir, el agujero se estrechó y tuvieron, por arduo y difícil que suene, optar por el suicidio.
Otros creen que hablar de malditos, es posible a propósito de todos aquellos escritores que han golpeado en más de ocho ocasiones – por poner un número finito- la puerta de editoriales y que siempre han obtenido la misma respuesta: NO. Y que al morir, qué ironía, han sido mundialmente reconocidos y otros escritores de éxito, y cuando hablo de éxito actualmente me refiero al editorial y de la crítica, no al público lector, deciden dar una entrevista diciendo que ellos siempre habían sido fieles lectores, de ese pobre tipo o esa pobre hembra que habían entendido perfectamente, siendo los únicos, de qué va este maldito artefacto tan hermoso, que es la literatura.

Hablo de escritores como Jean Genet, Leopoldo María Panero, Roberto Bolaño se libró (fue suficiente con estar enfermo y ganar un premio de novela), Alejandra Pizarnik, Rimbaud, Virginia Woolf, Bukowski, Baudelaire, Artaud, el desconocido Lautréamont, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Cristina Peri Rossi, Onetti…

Como podéis comprobar, los grandes escritores de siempre.

Eduardo Haro Ibars

Incluyo fotografía de Eduardo Haro Ibars, teóricamente otro de los escritores malditos y amante de Panero tal y como apunta J. Benito Fernández. El citado periodista y crítico, es el autor así mismo de El contorno del abismo, vida y leyenda de Leopoldo María Panero, biografía que de momento, recomiendo de forma estupenda.

Andrea Toribio Álvarez.