«…en el principio, así mismo, el fin»

quédate para ver las yemas, los círculo de arena,
mi dedo encendiendo tu cuerpo
ya ligero, deformado, callado,
inmaduro, peldaños sueltos, pisadas como
bombas, piedras rotas y agua brotando
de ellas, como una flor. Vive.

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Nos vemos en unas horas, Barcelona. Tengo ganas de verte.

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Caracas y México.

He comprado un ejemplar de 1981 de La mujer araña de Manuel Puig por internet. Ni siquiera sé quién me lo ha vendido. Tampoco hubiera preferido verme cara a cara con el vendedor, simplemente es aquella curiosidad: la de ver el rostro de alguien deshaciéndose de un libro. Es eso lo que me sacude más: Caracas-México- Seix Barral.

En la fotografía no olía tanto a viejo, ni parecía venir de un lugar tan difícil al que volver. Ni siquiera me ha importado cómo me ha llegado, al no haberme previamente planteado que fuese a estar pintado y que las solapas estuviesen tan descoloridas. Si lo abres tiene rastros de corrector en línea en la primera página y algunos subrayados en bolígrafo rojo. Si pasas el dedo índice por encima de esos trazos irregulares se puede sentir el atractivo que provocó al lector o lectores anteriores.

Sin duda pude comprármelo nuevo, pero ahora mismo no querría estar acurrucada leyendo otro ejemplar que no fuese este porque viene desde muy lejos para hacerme feliz. Y si algún día mis libros estuviesen sin mí, me encantaría que corriesen el mismo destino que este. Verlos desde algún lugar, convirtiéndose en objetos puros y eternos.

Voy a seguir leyendo y a ver qué pasa.

El beso de la mujer araña, libro

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Esta niña como su madre, puta.

Siempre le estaba mirando los ojos a la Negra. Era lo más bonito que tenía. Unas pestañas postizas azules y unas lentillas verde melón. Para qué iba a detenerse en la medalla del cuello dando paso su escote de mentira. Porque así era. ¿Cómo lo sabía? Sus calcetines estaban ahí escondidos, prefería tener heridas en los pies antes que dejar de verla sonreír mientras los hombres la pellizcaban y le decían cosas al oído. Antes fue una camiseta doblada en dos y bien repartida. Siempre sería la prenda del amor, así fue como pescó a su padre. La única vez que Candela le vio fue hace dos o tres años saliendo de un piso de la calle Desengaño, junto al local de ambiente de la esquina. ¡Ese! Ese es el cabrón de tu padre, le dijo su madre. Vivía de alquiler con otra mujer. Ese día al verlos se puso negra, negra. En honor a su nombre, no paró hasta dejarle arruinado y escupirle en la cara con una maleta modesta y medio abierta en la mano y la tipa en la otra, mujer que a la semana se fue con otro, propiciando la salida de su padre de la pensión de la calle contigua y volviendo al pisito de sus padres en la parada de metro de Pacífico, junto al puente de Vallecas. Meses después conocería a una filipina y se iría a vivir con ella a un pueblo del norte de Francia a hacer o sé qué. El caso es que ella tenía su sobre junto a una nota clara en su buzón todos los meses: este dinero es tuyo y de nadie más, Negra.

Su madre se ponía como una fiera cuando no tenía lo que quería, algo normal en todos nosotros. No tenían dinero pero aún así no quería que el falso mito del español sobre vivir por encima de nuestras posibilidades se deteriorase, ya que con ella cobraba fuerza. Por ello de repente decidió que Candela e Isabel se conocieran. Era buena con ellas. Propietaria de una peluquería con casa en La Palma. No sabía ese cambio repentino de cuerpo que experimentó el amor pero siempre pensó que era lo más importante y que ella, al no haber sido concebida a través de él, lo buscaría siempre. Lo cierto es que ya no importó que su madre no tuviera pecho, porque Bel decía que tenía un pelo bonito capaz de convertirse en sortijas para cada uno de sus dedos. La Negra no contestaba cuando la miraba, estaba como aturdida y Candela supo que su madre amaba cuando le dijo: No es tu padre, aquí hay que ayudar. Vete a buscar trabajo. Y así lo hizo. Llamaron de un Sex-shop que le debía un favor y hasta aquí leemos. Sólo coger llamadas y atender pedidos. ¿Sólo coger llamadas y atender pedidos? Sí, sí. En principio sí.

Digo que sólo vio a su padre una vez. Pero no es así. ¿Quién le iba a decir a La Negra que habían traspasado el negocio? Filipinas era el nombre de la tienda. La Filipina existía, pero era la chica que ayudaba a su padre a cocinar en casa. El Norte de Francia era su bar preferido. Montadito y caña a uno y medio. Entre los dos habían descubierto la forma de engañar a su madre, que a pesar de su estabilidad emocional teórica, seguía sisando dinero a la niña, Alguien tendría que sufragar su adicción a la literatura rosa. Niña que era una joven hecha y derecha a estas alturas y que había decidido ser puta, muy puta. Y estudiar antropología y quién sabe si viajar a África a ver de dónde sacaba el genio el bicho al que tenía que decir: sí, madre. Pero la quería. En fin, cosas de la vida. La vida. El amor. La mentira.

– ¡Cristina! ¡Llaman a la puerta!
– ¿Cómo? ¿Qué dices Isabel?
– Sí, abre. Al telefonillo. Un mensajero.
– ¿Sí? ¿Quién es?
– ¿Señora Guzmán? Hay un paquete para usted.
– Señorita.

Esta niña como su madre, puta ,
de Arneses y cuerdas, Clemencia Thieghou. Ed. Zarazúa 2003.

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Y que la vida me va bien.

Sé que no te interesa y que no contamino tu rutina. A veces pienso que podríamos encontrarnos en cualquier sitio, el mundo es pequeño. Lo que se reservan y no nos dicen, es que el individuo vive en un entorno que él mismo ha seleccionado, por eso no es una casualidad el hecho de toparnos con alguien en esas 24h que se nos conceden. De verdad que lo temo. Se confunden entonces y a veces, el saludo cordial del gesto de indiferencia.No elijo un día al azar y añado de forma aleatoria a las personas que van a componerlo. Yo no dije: quiero ser así o quiero ser asá. No. Yo vine porque quería vivir y para ello tuve que escoger mis circunstancias y aceptar o asumir, más bien, otras casualidades que no dicen nada sobre mí. En el momento actual ni siquiera podrías decir que me conoces.

Verás, hay una experiencia que tendré que vivir .Lo quise, por mucho que Joaquín Sabina me diga que al lugar en el que he sido feliz, no debo tratar de volver. Pero quiero para poder decirme a mí misma, que es a la única persona a quien me debo junto a mis sentimientos, que hice bien. Quiero y mucho a los que me quieren. Sigo leyendo narrativa escrita por hombres con enfermedades difíciles, continúa, no obstante, mi afición superflua por escritores frívolos y muchachas malditas. Llevo poco tiempo, de alguna manera, sin ir al teatro, pero eso ya lo sabes.

De todos modos nunca tendremos esta conversación. Pero así, por escrito es mi manera de decirte o contarte la nada. Tal vez nuestras figuras, sean tan solo espejismos de lo que realmente queremos que sean, no sé. Imágenes.

A todo esto. La vida me va bien. Espero que te cuide a ti también.

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¿Problema? No, claro que no.

Esto no forma parte de nada, simplemente una breve entrada en la que informo sobre una situación terrible. Qué putada tener tanto mundo interior. No tiene nada que ver con la intelectualidad, ni mucho menos es una cuestión de inteligencia. Lo malo de esto es que puedes pasarte la tarde creyendo que has hecho muchas cosas cuando en realidad a lo único al que has consagrado tu tiempo es a estar tirado o tirada en la cama mirando el techo, arreglando una parcela de esa bonita finca interior, que por supuesto nadie ve, no se puede escribir en el currículum al ser algo muy personal y tampoco es tema de conversación digamos, normal.

– ¿Sabes qué?Hoy he comprendido por qué a veces no saludo a toda la gente que conozco y me encuentro por la calle.
– Ah, ¿sí? Por qué es pues.
– Ah nada, por pereza. Sin más.

Ahí tienes tu trabajo. Una palabra con tres sílabas.

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El tipo que escribió Pascual Duarte.

A mí me gusta Cela, ¿Y qué?. No por ello voy a ser menos objetiva. No creo que esté bien, no obstante, hablar mal de un autor, de cualquiera. Como iba diciendo, no es apropiado decir en un curso de literatura contemporánea peninsular: ”La guerra civil la ganó quien tuvo que ganarla”,es algo atroz, al igual que tampoco me parece correcto decir: ”El señor Cela era un tipo tremendamente irreverente” porque es el patrón mental del lector quien establece: este tipo es un cretino integral o no.

Formar una opinión en torno a un autor, desconociendo su obra, sin haber leído absolutamente nada, salvo su nombre en un titular de periódico, es sumamente inútil además de poco productivo. Constituye en definitiva un esfuerzo inválido que arrojas a la vía para que un caminante se choque y caiga al suelo. Para eso es mejor quedarse callado y recluirse en los autores fetiches que cada uno tenga, ahí no me meto, y amurallar. No podemos desvincular la biografía y el contexto histórico de un escritor del hecho real, somos hijos de nuestro tiempo y por tanto respiramos conforme a las condiciones que nos impusieron en nuestro primer grito. Además, la opinión por que sí, es muy peligrosa, hay que tener en cuenta el cómo y el cuándo si uno trata de hacerse el interesante. Sobre todo, si el campo al que diriges tus semillas es húmedo, precoz y fértil: los estudiantes.

La familia de Pascual Duarte, es un buen libro. Evidentemente, no es el mejor de la literatura española inmediatamente posterior a la guerra, ni tampoco el peor, de ahí lo de buen. Ya que usted no me permite expresar mi opinión, lo haré por aquí. Cela no le está engañando, señorita. Cela ha conseguido que usted crea una cosa apropiándose de su ingenuidad, a pesar de haber creído que esa inocencia inicial se había evaporado, para finalmente decir otra, y eso es un gran logro que como escritor hay que reconocerle. Por el contrario, no habría justicia literaria. En este momento, su capacidad para absorber litro y medio de agua tibia me es indiferente.

La presunción de ingenuidad política que no para de atribuirle al protagonista, es falsa. ¿Cree usted, sinceramente, que Cela no iba a hablar de la guerra civil? Usted, mismamente, esta mañana citó a Isaac Rosa: ¿Otra novela de la guerra civil? Pues sí. Pero con su diccionario de términos malsonantes, palabrotas joder, y sus polémicas entrevistas, llegó a distraernos. Resulta, bajo mi punto de vista, que La familia de Pascual Duarte, es otra novela de la guerra civil. Se publicó en 1942. Apelo de nuevo a su virginidad literaria. ¿Tres años transcurridos y no iba a añadir ni una sola referencia? A eso me refiero.

Cela escribe la historia de un tipo cuyo tino vital es pésimo. Nace encerrado en unas paredes que huelen a muerte, padres como animales, hermana que sin embargo mantiene el afecto humano candorosamente, peleas, hijos que no nacen o se los lleva un viento que entró por la ventana una noche… Pascual es un hombre cualquiera de un pueblo de España perdido, tal y como nos dice el autor, en Badajoz. Mi amiga Lola piensa que Extremadura es Alaska, prosigo. ¿Quién nos niega que no pueda estar hablando de la realidad de cualquier hombre de la España rural? Lorca, salvando las distancias, había escrito algunos dramas rurales donde la mujer era el vértice de la sangrante historia, ¿Por qué no un hombre que sea naturaleza, arrebato y derrota? ¿Por qué no reducir el hombre a un instinto propio de la raza? Desde aquí construyo una hipótesis. La literatura en España a partir de la guerra o bien marchó al extranjero, o era una bazofia floral encumbrando a la, para algunos, por fin instaurada dictadura, el renacer de una grande y libre diría el mismo autor de la atrocidad primera.

Iba a ser imposible publicar nada en referencia a la guerra. La inteligencia de Cela reside justamente en la estupidez de los censores. Voy a escribir una novela que hable de la voluntad del espíritu bipartido de la guerra civil. Se mataba sin ganas, con ellas, a todos y a nadie. Se acusó a hermanos, a primos, e incluso al vecino que una vez hizo chanza de alguno de los míos. Se vivió también ajeno al conflicto si uno tenía un caserón en alguna parte escondida de la tierra y era de buena familia. En la novela aparece un capellán llamado Santiago Lurueña. No es una coincidencia que la representación del poder eclesiástico la encarne un hombre que con nombre del patrón de España. Tampoco lo es que el alguacil de la prisión se llame Cesáreo, el César, la autoridad civil. Esos condicionantes que oprimen la España de los 40, Cela los dinamitaría con una puesta en escena indudable: El hombre es el único condicionante y límite de sí mismo. Es por ello que la guerra civil, el motivo, tal vez dicho escuetamente y de forma simplona, fue el propio hombre. Ni la Iglesia ni la lucha por el poder importaba. Dos mitades, dos Españas. El posicionamiento de poderes fue aleatorio, regido por pareceres y conveniencias. El individuo quiso realizarse pero otro de una realidad otra, también lo quiso.

¿Que La familia de Pascual Duarte es una novela apolítica? Claro que Aranguren hablando de ”la no ideología de Pascual es la verdadera ideología” lleva razón. Es por ello ejemplo de cómo no actuar. Es una doctrina, casi, moral. Es una solución, a destiempo, de cómo el hombre pudo evitar un conflicto que nos seguirá doliendo hasta el día de hoy. Etimológicamente, Pascual, como nombre, hace referencia a ‘hombre de paz’. Qué bello es sin embargo pensar, que es el hombre el único que podría imponer esa máxima sobre sí mismo y no se decide, ¿Eh? No se decidió quiero decir.

Creo que ya estoy cómoda, gracias.

Camilo José Cela.
Camilo José Cela.

Recomiendo leer este libro, junto a otros dos imprescindibles de este autor: Viaje a la Alcarria y La Colmena. El resto de sus libros, ni puedo y fundamentalmente por lo ya dicho, ni quiero comentar.

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Escalera de alambre.

¿Leyeron Naranjo de los osages?

Todo lo que aquí se dará cita a continuación forma parte de una mentira tal y como ocurriría en el relato anterior.

«Se levanta uno por la mañana, y todo es tan horrible…»

Pistas

1) Usted tenía en la suela de los zapatos sal. En el cuello de la víctima, debajo de las uñas y en las muñecas también encontramos la misma sustancia. ¿Se cree usted acaso, que la policía es tonta? De forma evidente podríamos estar hablando de distintas densidades, a saber, usted en el supermercado puede comprar sal gorda o sal fina, dicho de otro modo: para aliñar la ensalada o para cocinar una rica lubina a la sal. Sabemos por su vecina que cocinó este último plato, que disfrutó de una película después y que a continuación se fue a la calle con un abrigo hasta los pies.

2) ¿Quién coge flores por la noche? Los capullos se encierran encerrando el tesoro de los días pero de usted consta una fotografía procedente de las cámaras de un banco cercano a su casa. Presentaba unas flores en torno a la cintura, al rostro e incluso una se le escurría por la manga de la camisa que asomaba del abrigo. Según puede apreciar en esta fotografía lleva consigo unas flores de una belleza in con me su ra ble. Lo peor de todo es que en las fotos que le mostraremos a continuación usted hace el pino. Corre por la calle. Se monta en un coche en marcha y bueno, salta y hace acrobacias poco precisas y descoordinadas. Las flores no se caen. Parecen crecer. Y, ¿qué podría decirnos de la flor que le brota de un fotograma al siguiente? Si estamos ante un truco de magia, le rogaríamos que nos desvelase cómo lo hizo. Y lo más importante, ¿Dónde están esas flores?

3) En esta sin embargo, aparece usted encima de un rastrillo. Rastrilla toda la calle. Aparecen flores entre los adoquines. Por si no fuese suficiente, de pronto se convierte en una larga y estrecha avenida de tierra fina y clara. No encontramos una solución que sea capaz de llenar nuestra incertidumbre. Esta sucesión de anacronismos naturales nos altera la sangre y sobretodo, nos disgusta una barbaridad.

4) Hemos encontrado así mismo una flor morada en la solapa de la víctima. En su declaración consta una orquídea morada sin llegar a mencionar que constituye una contradicción accidental y sin embargo, tan beneficiosa para nuestra investigación…

5) ¿Qué puede decirnos sobre la hoja marrón de los zapatos del muchacho? ¿Qué explicación cabría? Usted ni siquiera puede responder al jugo rojo que se escapa de nariz, boca, ojos y labios del cadáver pétreo. La sombra que emana el rostro le perseguirá siempre.

No ha comprendido el amor que uno puede llegar a demostrar ni las diversas manifestaciones que de él podemos experimentar. Es nuestra piel. Si usé sal fue para derretir su hielo. Yo esa noche cené pez. Cada minuto de esa película consumía el tiempo que esperaba la cita. Tenía que haber sido antes de comer, o citarnos en un bonito restaurante pero prefiere ir a su jardín, que es algo vanidoso y esquivo. Aproveché la sal de la que me embadurné para el pescado. ¿Qué tiene de malo? Salí de casa y al ir a coger el autobús no me dí cuenta de las botas que llevaba puestas, suelen hacer estragos en el parqué de mi casa, bueno y qué. La calle es mi casa y la adorno como bien quiero. ¿Es que usted nunca ha tenido flores ni ha sentido mariposas por dentro? Cada uno exterioriza como puede, ¿No? No era un romántico, no hay duda, yo misma le tuve que comprar y poner mi flor favorita en la pestaña de su chaqueta. Me dijo que le molestaba pero que me quería. Creo que la hoja de la maclura pomífera, si bien más conocido naranjo de los osages, la colocó usted. El tiempo y el espacio se dan cita en esta sala de modo estacional.

¿Es acaso coincidencia que queden 47 días para mi equinoccio, que 4+7 sean 11 y que 1+1 sea el orden natural del mundo, siendo dos la única respuesta y proporción apta, a la distribución de las parejas? No, otoño. No lo es. Así el mundo está estructurado. Al igual que él no ha muerto, simplemente está hibernando.

Una luz se apagó y se llevó a la primavera al calabozo, donde se marchitaría hasta el 21 de marzo. Fecha del juicio.

«Uno quiere explicar que la realidad es como un alambre por el que debemos trepar aún a riesgo de que se doble y nos deje caer de forma brusca y muy violenta contra el suelo. Tenemos que fiarnos de ese hilo metálico que se volatiliza en nuestras manos y además debemos creer que la culpa la tiene la química que impregna el envés de nuestras extremidades. Como resultado diré que será mejor convertir al hombre en una planta terrenal que brote y crezca, se reproduzca y muera al no poder trepar por el fino gemido que nos separa de la tierra». Siendo ésto uno de tantos, entre todos los postulados de la ciencia.

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Naranjo de los osages.

«A mi amiga Paloma, en el feliz día de su cumpleaños».

Era el camino lleno de piedras. Cada rincón de ese jardín desvirgado al azar. Esperaba cada día que ella viniese sin remedio, llevándose todo. Las hojas se arremolinaban junto a la fuente del sector ocho, junto a los rosales mustios, que lloraban. Los caminantes se sucedían al sonido de la máquina de entradas y las puertas se abrían una y otra vez sin saber si estarían abriéndose para la visita definitiva. Las verjas que acompañaban al sendero parecían frías y al tocarlas se desprendía la pintura y el óxido con facilidad amontonándose a los pies del caminante. Él no le había colocado los nombres a cada una de la plantas que poblaban el jardín, fueron órdenes de arriba, creadas por el mismo que no le permitía evaporarse y morir, soñadas en marcos diferenciados de días, horas, espacios y nubes.

Era el guardián de las parejas disconformes que venían a discutir y a enamorarse al jardín. Fotografiaba los momentos más íntimos, era el viento que se filtraba a través del hueco que dejaban los besos sin hacer, esperando a ser producidos en bocas frías y necias. Sus manos eran el rastrillo que apresaba las hojas del suelo, y aguardaba, ansiaba ser descubierto en cada uno de aquellos montones monótonos e informes. Cada día las estatuas del parque o jardín le miraban con un tono reprobatorio de años, como diciéndole que podría ir a otro lugar en el que le tratasen mejor y que alguien le mostrase cierta aceptación por la labor que desempeñaba. Muchas veces al rozar el cristal del invernadero con sus manos había sido capaz de crear calor y era entonces cuando contestaba a los bustos pétreos y silenciosos que no estaba loco, que sabría que ella vendría.

Vestía del mismo modo desde que se supo naturaleza. Como una mirada impasible,un campo vacío. El jardín se comportaba a su propio antojo pero no se podía negar que tras muchas oleadas de frío, que jugaban a su voluntad, le había ganado y había sido cruel. Había desvestido al resto de sus compañeros, a unas amigas que trabajaban en la planta alta, junto al apartado de enero y febrero, cerca de aquel que yacía siempre tirado en los escalones sin que nadie le preguntase cómo estaba. Les había dejado cubriéndose con lo poco que tenían bajo la atenta mirada de cualquier visitante que no fuese ella. Ella les hubiera vuelto a vestir de mil amores, con flores, alegría y sapiencial ternura. Ella hacía desaparecer su afán de ingratitud contra todos, él siempre repudiado, él siempre no bien pagado, sin admiración alguna salvo cuando lloraba, y lloraba y unos disfrutaban con ello recreándose en una delicadeza que abonaba el sentimiento de los otros, que les permitía crecer y que le recriminaban al encontrarse seos: Por qué no lloraste en febrero y volviste en abril a sufrir. No, no y mil veces no.

Pero cuando ella venía, cuando ella se dejaba caer por el jardín con la gabardina verde y los zapatos rosas y un recogedor de margaritas en el pelo, él había soñado que era el color blanco y se había tumbado en todas las zonas del parque, ahora jardín cubierto de una niebla espesa y fría. El jefe no mudaba la cuestión, le permitía hacer al ser el miembro más antiguo y más fiel. Ella estaba presa de un tipo infame muy aburrido, alguien sin color y entre estaciones que siempre cambiaba de opinión. Pero eran aquellos momentos del año los que él más disfrutaba, acompañados del brote de aquellas orquídeas moradas junto al acebo, cuando ella le visitaba cada día hasta que ya no volviese hasta pasados unos meses retomando la conversación que habían dejado en un punto inagotable y oculto de ellos mismos…Estaría con él, pero no importaba, porque cuando estaban juntos eran los poseedores de dos libertades que se devoraban y se pertenecían de forma original.

Y es que él, por vez primera siendo cada una de ellas sus apariciones regulares, había abierto su corazón derramando su sangre blanca y plomiza derretida ante la mera idea de que ella pudiese volver siempre y comprobar la proyección de unos sentimientos tristes, como todo, como el amor, su amor. Porque cada vez que se veían, cuando ella brotaba bajo sus manos él creía morir y dejaba al cielo pensar que siempre se conocían de nuevo, sucediéndose la formalidad del beso que acabase por terminar para siempre y despertar en otro momento.

Y así es como espera el invierno a la primavera.

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