«Esto es…la ONU», según el ron.

À toute l’heure.

Espera un momento. Tengo que quitarme la pintura de los ojos y sola no puedo. Se me ha quedado toda la sombra negra de ojos en el dorso de la mano y ahora me pica, me pica mucho. Creo que voy a tener que levantarme de la cama. Creo que voy a tener que ir al baño, y ron, y de paso cojo una toallita de esas húmedas, y baratas, y me ducho, y agua. Qué asco beber sin hielos, me molesta. Bien. Ya estoy lista, y huelo a colonia.

Esperamos a que pudieran abrir la puerta e incluso tú, Irene, lo intentaste un par de veces y me decepcionaste. Habías sido capaz de recomponer, en otro día, la cadena de mi bolso, la cremallera de menganita, el reproductor de música electro pop latina sangrienta de fulanita e incluso aprender a hacer trenzas, de las de raíz, que soy incapaz de reproducir a zutanita. Y va, viene esta puñetera puerta que no entiendo a estropear tu rollo McGiver. Lo cierto es que era una puerta muy rara, casi al revés. Tenía un tirador en la parte central y en horizontal. No era muy grande, blanca y con la mirilla por debajo de nuestra cabeza, casi en el cuello El habitante de la casa alcanza los dos metros, y nosotras, metros setenta tenemos que agacharnos. Clac. Conseguimos abrir y llega el perro. No me gustan, como a Cris, que los odia. A los gatos más, pero habitualmente los perros no le disgustan. Eso no quiere decir que la gusten simplemente acepta su existencia en este micro-cosmos creado como invitada ocasional. ¡Hola! ¡Hola, Arnold! (Los perros según tú, sólo pueden tener un nombre con dos sílabas que les permita recordarlo y asumir su identidad de best friend of the human being . )Hube de repetir la palabra ”Hola”, al menos treinta mil veces y si no una. En esa noche. ¿Hubo llamadas telefónicas verdad, Ese? Ele no debe estar muy contenta, rompí el pacto y con lo que bebí ni siquiera le hablé para no hablarle y decirle que ”’nesé esrivir”. Suena francés. A propósito del francés. Ayer francesas en el piso, franceses, cantante francés en el reproductor y un correo electrónico bilingüe. Au revoir, dije. Pero sére tonta. De qué coño estaríamos hablando, de qué cojones.

Dejamos nuestros abrigos y éstos comenzaron a hacer el amor, o tal vez eran los extranjeros que comenzaron a llegar agolpándose en la puerta, con regalos para ti, habitante de la cueva, para ti, hospedero y organizador de la fiesta, dueño y señor del piso junto a una de mis librerías favoritas. Y pongo énfasis en el para ti, puesto que trajeron chucherías y tú nos dijiste que hacerte amigo de los extranjeros había abierto tu mente, y mientras tanto el perro comienza a sonreírme como la copa que llevo en la mano, que los extranjeros te habían hecho pensar que es una cosa horrible llegar a un sitio en el que por pereza nadie te hable porque tan sólo se establecerá una confusa amistad y algo de compromiso que no tendría sentido. Hablo de esas amistades de verano, de las que piensas que van a ser para toda la vida y se traducen en un mensaje cada cierto momento del año: tenemos que vernos, pero ya, ¿eh? y que contestarás con un: me cago en la leche, a ver si es verdad, joder, cuando quieras. El cuando quieras es un enterrador alegre.

Comenzamos a beber alcohol malo. Malo, porque era del Alcampo, qué asco. Seguimos bebiendo y la gente empieza a fumar. Hablamos de tatuajes y desde aquí veo a la francesa sacar un cigarro larguísimo y lo quiero. Le doy una calada a un piti, por ye old times y estoy afónica durante casi tres cuartos de hora. Empiezo a chupar hielo para que se me rebajen los granitos que deben haberme salido en las cuerdas vocales. Llega Arnold, lo cojo y lo mezco, mientras tú, pequeña perrilla, me dices que no tengo ni idea de cómo coger a un perro y te hago fotos con él y yo me quedo sin ella. Tenías que haberme visto cogiendo al perro, Sergio, Ese, Sergio, hubieras alucinado. No creo que vuelva a hacerlo nunca más. Nos metimos con el perro en el baño tras haber robado una tarta de galletas azul. Era azul. Era droga sin cortar. Era chocolate. Cualquiera que lea esto va a pensar que era algo ilegal de verdad. Era cacao del Mercadona, ¿Compra usted en Mercadona, eh?

Nos partimos de risa con un tipo que dice ser de Angola. De capitales africanas ni idea, oye. Solo Nuevo Zancíbar y porque lo he visto en un capítulo de los Simpson, así que Nueva República de Zancíbar promocionado y bajo la custodia de Pepsi. Me vino un tipo en un momento de la noche y me dijo que el Mercadona, otra vez tú, mayorista, aumentó el precio de los packs de esta bebida tras el sabotaje a Coca-Cola por los despidos. Quién se ha bebido la Coca- cola. No me queda redbull y tengo a Arnold. Cuidado. Viene el anfitrión y lo toma en sus brazos. La piel del pobre perro espachurrada se mueve de un lado para otro mientras cantas: El baile del salmón. Ahora sí que siento compasión por los pobres animalitos, Ele, ahora sí que entiendo y empatizo con estas criaturitas del señor. Lo beso.

Estoy sentada en un taburete de la cocina que es bajito. Muy bajito. Hay briks de leche, hay proteínas en un cubo enorme que parece de fregona. Han traído hielos, están los italianos en la cocina. Que se vayan. Tú Erre que Erre. Nos hacemos fotografías y viene un tipo que dice ser de Moldavia. Irene, cómo se te ocurre decirle: Moldavia, two points. Y golpearle el brazo de forma insistente y guiñándole los ojos, aunque yo creo que esto lo haces por el ron, diciéndole al pobre muchacho: Eurovision, eurovision. Y me cago en todo, me cago en todo porque no sabemos ubicar su país en el mapa. Me cago, esta vez, en la puta, por creer que diciéndole: Ah, sí, sí. Antigua Yugoslavia es un término englobador, como si nos dijesen a nosotros ”Gibraltar no español”, pues cien mil patadas y ninguna en el aire.

Cojo mi móvil para llamarte y que me digas ahora que te dije ”Hola” unas cien mil veces sin saber por qué y descubro, aún en la cocina, que cuando empezaron a llegar la riada de extranjeros al piso, habías escrito por un grupo de mensajería instantánea, que esto parecía la ONU. Luego nos pusimos a hablar de lo que estaba pasando en Kiev y en Venezuela. Se nos apagó la televisión y tú maldita, pequeña perrilla, tus manos se deslizaron por un cigarro de liar estándar. Ni muy corto ni muy largo, tampoco trompetero, aceptable y con un filtro de la verdad.

Llego a mi portal y perpetúo esa puñetera llamada telefónica, subiendo por las escaleras oscuras. Tienen sensor y no me reconocen, no soy yo, soy media botella de ron Trinidad. Me tumbo en el sexto piso y mis botas negras con cordones tocan una bolsa de basura que sinceramente espero, sea morada. Hablo contigo cabreada, como si me pasara algo y es que alguien me dijo esa misma noche, tal vez Ele, que estábamos parados y algo iba a pasar. Por cierto, estuve pensando toda la noche que quería trabajar en algún momento de mi vida traduciendo cosas. Pero yo que sé. Era de noche y estaba oscuro y aún recuerdo el sabor de la copa sin aliñar.

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