Esta niña como su madre, puta.

Siempre le estaba mirando los ojos a la Negra. Era lo más bonito que tenía. Unas pestañas postizas azules y unas lentillas verde melón. Para qué iba a detenerse en la medalla del cuello dando paso su escote de mentira. Porque así era. ¿Cómo lo sabía? Sus calcetines estaban ahí escondidos, prefería tener heridas en los pies antes que dejar de verla sonreír mientras los hombres la pellizcaban y le decían cosas al oído. Antes fue una camiseta doblada en dos y bien repartida. Siempre sería la prenda del amor, así fue como pescó a su padre. La única vez que Candela le vio fue hace dos o tres años saliendo de un piso de la calle Desengaño, junto al local de ambiente de la esquina. ¡Ese! Ese es el cabrón de tu padre, le dijo su madre. Vivía de alquiler con otra mujer. Ese día al verlos se puso negra, negra. En honor a su nombre, no paró hasta dejarle arruinado y escupirle en la cara con una maleta modesta y medio abierta en la mano y la tipa en la otra, mujer que a la semana se fue con otro, propiciando la salida de su padre de la pensión de la calle contigua y volviendo al pisito de sus padres en la parada de metro de Pacífico, junto al puente de Vallecas. Meses después conocería a una filipina y se iría a vivir con ella a un pueblo del norte de Francia a hacer o sé qué. El caso es que ella tenía su sobre junto a una nota clara en su buzón todos los meses: este dinero es tuyo y de nadie más, Negra.

Su madre se ponía como una fiera cuando no tenía lo que quería, algo normal en todos nosotros. No tenían dinero pero aún así no quería que el falso mito del español sobre vivir por encima de nuestras posibilidades se deteriorase, ya que con ella cobraba fuerza. Por ello de repente decidió que Candela e Isabel se conocieran. Era buena con ellas. Propietaria de una peluquería con casa en La Palma. No sabía ese cambio repentino de cuerpo que experimentó el amor pero siempre pensó que era lo más importante y que ella, al no haber sido concebida a través de él, lo buscaría siempre. Lo cierto es que ya no importó que su madre no tuviera pecho, porque Bel decía que tenía un pelo bonito capaz de convertirse en sortijas para cada uno de sus dedos. La Negra no contestaba cuando la miraba, estaba como aturdida y Candela supo que su madre amaba cuando le dijo: No es tu padre, aquí hay que ayudar. Vete a buscar trabajo. Y así lo hizo. Llamaron de un Sex-shop que le debía un favor y hasta aquí leemos. Sólo coger llamadas y atender pedidos. ¿Sólo coger llamadas y atender pedidos? Sí, sí. En principio sí.

Digo que sólo vio a su padre una vez. Pero no es así. ¿Quién le iba a decir a La Negra que habían traspasado el negocio? Filipinas era el nombre de la tienda. La Filipina existía, pero era la chica que ayudaba a su padre a cocinar en casa. El Norte de Francia era su bar preferido. Montadito y caña a uno y medio. Entre los dos habían descubierto la forma de engañar a su madre, que a pesar de su estabilidad emocional teórica, seguía sisando dinero a la niña, Alguien tendría que sufragar su adicción a la literatura rosa. Niña que era una joven hecha y derecha a estas alturas y que había decidido ser puta, muy puta. Y estudiar antropología y quién sabe si viajar a África a ver de dónde sacaba el genio el bicho al que tenía que decir: sí, madre. Pero la quería. En fin, cosas de la vida. La vida. El amor. La mentira.

– ¡Cristina! ¡Llaman a la puerta!
– ¿Cómo? ¿Qué dices Isabel?
– Sí, abre. Al telefonillo. Un mensajero.
– ¿Sí? ¿Quién es?
– ¿Señora Guzmán? Hay un paquete para usted.
– Señorita.

Esta niña como su madre, puta ,
de Arneses y cuerdas, Clemencia Thieghou. Ed. Zarazúa 2003.

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