Naranjo de los osages.

«A mi amiga Paloma, en el feliz día de su cumpleaños».

Era el camino lleno de piedras. Cada rincón de ese jardín desvirgado al azar. Esperaba cada día que ella viniese sin remedio, llevándose todo. Las hojas se arremolinaban junto a la fuente del sector ocho, junto a los rosales mustios, que lloraban. Los caminantes se sucedían al sonido de la máquina de entradas y las puertas se abrían una y otra vez sin saber si estarían abriéndose para la visita definitiva. Las verjas que acompañaban al sendero parecían frías y al tocarlas se desprendía la pintura y el óxido con facilidad amontonándose a los pies del caminante. Él no le había colocado los nombres a cada una de la plantas que poblaban el jardín, fueron órdenes de arriba, creadas por el mismo que no le permitía evaporarse y morir, soñadas en marcos diferenciados de días, horas, espacios y nubes.

Era el guardián de las parejas disconformes que venían a discutir y a enamorarse al jardín. Fotografiaba los momentos más íntimos, era el viento que se filtraba a través del hueco que dejaban los besos sin hacer, esperando a ser producidos en bocas frías y necias. Sus manos eran el rastrillo que apresaba las hojas del suelo, y aguardaba, ansiaba ser descubierto en cada uno de aquellos montones monótonos e informes. Cada día las estatuas del parque o jardín le miraban con un tono reprobatorio de años, como diciéndole que podría ir a otro lugar en el que le tratasen mejor y que alguien le mostrase cierta aceptación por la labor que desempeñaba. Muchas veces al rozar el cristal del invernadero con sus manos había sido capaz de crear calor y era entonces cuando contestaba a los bustos pétreos y silenciosos que no estaba loco, que sabría que ella vendría.

Vestía del mismo modo desde que se supo naturaleza. Como una mirada impasible,un campo vacío. El jardín se comportaba a su propio antojo pero no se podía negar que tras muchas oleadas de frío, que jugaban a su voluntad, le había ganado y había sido cruel. Había desvestido al resto de sus compañeros, a unas amigas que trabajaban en la planta alta, junto al apartado de enero y febrero, cerca de aquel que yacía siempre tirado en los escalones sin que nadie le preguntase cómo estaba. Les había dejado cubriéndose con lo poco que tenían bajo la atenta mirada de cualquier visitante que no fuese ella. Ella les hubiera vuelto a vestir de mil amores, con flores, alegría y sapiencial ternura. Ella hacía desaparecer su afán de ingratitud contra todos, él siempre repudiado, él siempre no bien pagado, sin admiración alguna salvo cuando lloraba, y lloraba y unos disfrutaban con ello recreándose en una delicadeza que abonaba el sentimiento de los otros, que les permitía crecer y que le recriminaban al encontrarse seos: Por qué no lloraste en febrero y volviste en abril a sufrir. No, no y mil veces no.

Pero cuando ella venía, cuando ella se dejaba caer por el jardín con la gabardina verde y los zapatos rosas y un recogedor de margaritas en el pelo, él había soñado que era el color blanco y se había tumbado en todas las zonas del parque, ahora jardín cubierto de una niebla espesa y fría. El jefe no mudaba la cuestión, le permitía hacer al ser el miembro más antiguo y más fiel. Ella estaba presa de un tipo infame muy aburrido, alguien sin color y entre estaciones que siempre cambiaba de opinión. Pero eran aquellos momentos del año los que él más disfrutaba, acompañados del brote de aquellas orquídeas moradas junto al acebo, cuando ella le visitaba cada día hasta que ya no volviese hasta pasados unos meses retomando la conversación que habían dejado en un punto inagotable y oculto de ellos mismos…Estaría con él, pero no importaba, porque cuando estaban juntos eran los poseedores de dos libertades que se devoraban y se pertenecían de forma original.

Y es que él, por vez primera siendo cada una de ellas sus apariciones regulares, había abierto su corazón derramando su sangre blanca y plomiza derretida ante la mera idea de que ella pudiese volver siempre y comprobar la proyección de unos sentimientos tristes, como todo, como el amor, su amor. Porque cada vez que se veían, cuando ella brotaba bajo sus manos él creía morir y dejaba al cielo pensar que siempre se conocían de nuevo, sucediéndose la formalidad del beso que acabase por terminar para siempre y despertar en otro momento.

Y así es como espera el invierno a la primavera.

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