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Antonio López, no el pintor, sino el hombre que nos sirve de ejemplo, bien pudo llamarse Juan García. Este tipo padecía una conocida enfermedad de la que muchos no lograban deshacerse tras salvarse del absolutismo hipotético de Dios: el budismo. Pasó toda la mañana del domingo catorce de diciembre, una fecha totalmente azarosa, sin ningún tipo de significado subyacente (aviso al lector) leyendo a un autor bárbaro. Leía de forma cuidadosa y acertada no esquivaba ninguna palabra y desde luego no migraba hacia aquellas partes señaladas con diálogos para amenizar la historia y anticiparse a los hechos. De la descripción muchas veces brotaba de la formación de la personalidad de los personajes. Era más bonito pensar así a leer páginas repletas de: Este árbol crece así y ese banco del parque está asá. Tras una lectura continuada se detuvo en la página cuarenta. Se humedeció levemente el dedo índice con la lengua y en alto exclamó la frase que sin leer ya sabía asustándose de forma violenta e intimidatoria de la página siguiente. En un ataque de terror lanzó el libro contra la pared más cerca y se tomó una pierna y luego la otra entre sus brazos, acurrucándose como un niño formando un cuatro. Comenzó a balancearse hasta que se levantó y tomó la puerta para salir a la calle. El ascensor subió hasta el cuarto con un cartel que ponía: estropeado, y bajó de uno en uno los escalones para evitar la rotura de vértebras de la vecina del catorce.

Mientras caminaba vio una hilera de árboles zigzagueantes, cuatro coches rojos y un silbato de un policía. Iba relatando en su mente los hechos y recordando que era todo aquello que había leído en el libro. Sabía lo que pasaría a continuación, que se iría hacia la panadería más cercana y pediría el de leña del día, obtendría un periódico regalado y compraría así mismo palmeras. Luego se dirigiría a su casa, subiendo de uno en uno los escalones de nuevo , donde un asesino le esperaría asestándole cuatro puñaladas en la espalda. Antonio López cayó rendido en el rellano y este salió huyendo con la caja de palmeras en su mochila azul. Tras un instante de cortesía se levantó quitándose el incómodo chaleco de pana azul marino, que al ser tan feo, nadie percibió su estructura de hierro. Dejó las bolsas de tomate con vinage en el suelo (ketchup), entró en su casa triste porque no tendría dulces por la tarde, tomó el libro del suelo y volvió a ocupar su sitio e la butaca, leyó cuatro hojas y se murió durmiendo. Era la una de la mañana cuando: Valores fundamentales del escritor como hombre en la ciudad de Juan García caía sobre la moqueta roja.

El asesino había esperado pacientemente su turno, y subió de nuevo al piso, escalón por escalón hasta ver el cartel de madera con letras doradas que indicaba: piso cuarto. Tomó al escritor envolviéndolo en una toalla del baño para después dejarle caer desnudo y lleno de jabón por las escaleras. Una vez rebotó su cabeza contra el último escalón decidió que lo más indicado era montarle en el ascensor averiado junto a un montón de confeti y pases de una discoteca ambigua. Volvió al butacón y se sentó. Le llamó la atención un libro del suelo que cogió y empezó a leer.

”La lectura de uno de sus libros favoritos se le hizo casi insoportable, aquella noche la pasaría pensando en convertirse al budismo y abrazar la reencarnación”.

Poco tiempo después sonó el teléfono, al habla una chica de voz dulce que advirtió los tres minutos que faltaban para su aparición en la casa con intenciones más que veladas. El escritor barra asesino aceptó.

Una de mis clases este cuatrimestre, sensacional de bonita.
Una de mis clases este cuatrimestre, sensacional de bonita.

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