A alguien que no existe, no hay quién le condene.

Se despertó aquel día sabiendo que no era Gregorio Samsa. Lo más cercano a masticar este nombre fue la coincidencia expresa: un profesor de gimnasia con el mismo nombre. De tantas veces mentar su nombre repitiendo: hijo de puta, hijo de puta, tuvo que escupir a Gregorio. Nunca más iba a poder ser alguien inventado por Kafka.
Quiso entender de traducción y dedicarse a la edición de textos (se le metió entre ceja y ceja volver a nacer para hacerlo en Bruselas), sólo así podré ser alguien como lo fueron ellos. La realidad era más bien escasa, la traducción es un parche para el que evita leer en el idioma origen. Editar era echar muchas horas a un texto, pelearse con y por él y ponerlo bonito, que los otros vean que está bien, que puede venderse, y que por supuesto ”conlleva mucho trabajo”. Sin embargo, seguía siendo joven y el mero hecho de dilatar y combinar ambas labores sin esperar un premio literario, era nefasto para su autoestima basada en una ideología ágrafa.
Luego de pronto tuvo una idea terrible, metamorfoseandose en un hombre latinoamericano que con dos duros en el bolsillo y un bolígrafo se instala en una rue con cualquier nombre en el barrio Latino de París. A los tres días se pudría detrás de los contenedores de basura de un bar de mala muerte inundado de colillas y de alcohol barato mezclado con agua. Para sus sorpresa debía ser realmente alcohol y el agua de mucha calidad pues fue a visitar el baño de todas formas, hasta que los brazos el camarero arramplaron y a la calle (puta). Un gato se puso a darle patadas sin ton ni son y una mujer le arañó bestialmente la americana de intelectual. Un niño le robó las botas y un anciano salió corriendo con sus gafas. Primero se le rompió la cadera y después cayó al suelo. Un camión estranguló la tranquilidad de las aguas que rezumaba la alcantarilla y ahogó al viejo. Y todo esto lo pudo ver con sus ojos, detrás del contenedor y entre cartones. Sacó un papel y escribió a un hombre. Una de las frases de dicha epístola apareció meses después en el escaparate de una librería, estampada en cada uno de los tomos de: best-seller de la década.
Se levantó con el puño en alto diciendo que era un gran izquierdista, luego se miró las uñas y las tenía algo sucias. Se metió en el cuarto de baño del que le echaron y se lavó las manos. Ahora abrazaba la burguesía y la derecha. Salió del bar y vio una manifestación, gritó apoyando y cayó de repente. Se hizo liberal diciendo que tan sólo respondía a la llamada de la democracia. Perdió los estribos al pensar el do de pecho tan hipócrita que estaba dando.
Al mes siguiente emprendió un viaje por la costa catalana intentando recuperar el rastro de todos aquellos hombres que buscando protección huyeron de París (entendió por qué allí estuvo sólo, incluso realizando su propia tertulia), de todos aquellos latinoamericanos. Y no encontró a ninguno, los regímenes habían caído y ahora estaba seguros en sus países de origen, los recibieron como hombres grandes hombres grandes, ganadores de concursos literarios amañados, copistas y demás estafadores que nunca, nunca llegaron ni tan siquiera a rozar aquella palabra que pudiera considerarse literatura. Allí, en Cataluña, tan sólo estaba la tumba de un hombre. Fue lo más parecido que encontró a una buena crítica y sin leer el epitafio le erigió como el más grande entre todos aquellos huidos y cobardes. Se lo agradeció.
Mientras tanto pensó (en dos segundos de reloj), dos cosas que le traían por el camino de la amargura: no notaba a nadie como ausente y tampoco le tocaba la voz de nadie a lo lejos, por no hablar de otros versos más tristes de aquella noche. Se sentía incapaz de escribir ninguno., hombre ya. La segunda cuestión era metafísicamente absorbente, ¿Qué ocurre en los ojos de una mujer para que hiera tanta virilidad latina, convirtiéndose en temas de novelas tan a menudo? Compraré un vestido, se dijo, y unos bonitos pendientes, pensó y un lápiz de contorno de ojos, seguro.
Más tarde, como no tenía dónde ir hasta que trazase un plan concreto que le llevase a atravesar el Atlántico sin un sólo peso, euro, plata, libra o dólar [Sólo con esto (la cabeza)], se quedó a dormir junto a la piedra y las flores. En un momento de la noche lo despertaron dos hombres muy enfadados, un cuervo negro y el movimiento de los árboles zigzagueantes. Se estrechó fuertemente entre los brazos y le pidió a Dios, si es que aún le quería, que no le transformase en un personaje de Isabel Allende, y tan fuerte lo plegó, que desde entonces vive en un manicomio a las afueras de Madrid, con otros locos que al igual que estos estudiantes de hoy en día, se pelean por buscar al mejor de todos los escritores latinoamericanos, al escritor total en el que se fundan: verso, prosa y drama. Lo más fuerte de todo este problema es que tal vez el mejor de todos sea en realidad un español de nombre Alonso de Ercilla. Pero no se lo digan. A alguien deben otorgar el premio Nobel todos los años, ¿No? Por eso cuando le preguntan dice: el problema es que todos están bien, salvo aquella mujer que ni siquiera puede ser cualquiera. No como la Pizarnik y un buen suicidio a tiempo, digamos.

Años más tarde, alguien preguntó que cómo no se decidió a cruzar el charco y simplemente se limitó a decir que eligió nadar hasta Cuba y que nada más meter el pie en la playa, tragó mucha agua.

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