”Zorra bonita” mirándole a los ojos.

Yo me pregunté entonces sobre aquel determinismo del que nos habló Santiago, si verdaderamente no podemos escapar de lo que somos por lo que son otros, es decir. Yo ahora mismo pienso en él, en su madre prostituta y encima pobre, pobre. ¿Es que acaso él ha heredado la pasión por aquellos que ella no tenía? Una pasión ardiente y desbocada. Pues no lo sé, ¿Por qué tiene que ser así? Su padre era un pobre desgraciado que únicamente se dedicó a bailar aguas, a prometer rosas frescas para finalmente vender plástico. ¿Dónde está la gota de lluvia del pétalo escarlata? Este hombre se enamoró de la muchacha pero al no tener dinero la suegra advirtió a la niña, este te quiere por una guita que no tenemos. Con las manos en la tripa ya abultada él se desentendió diciendo que se casaba con una mujer rica y hacendosa, de buena familia. Luego resultó que el padre de esa tierra prometida tan sólo quería tapar las relaciones de su hija con otra amiga y tener un marido verde, verde. Verde de envidia, que volvió a pasearse por la calle de la muchacha con un carro en la mano y una palma en el aire, por piedad. Huyó de allí corriendo y una vez subido al tranvía se fijó en los ojos de la muchacha para después taparse el alma para siempre, no vería jamás los ojos del niño. Jamás.
Y bien, lector, ¿Qué sacas de todo esto? ¿Por qué Santiago debe estar determinado? ¿Qué hay de Agustín? Cada uno debe vivir lo que quiera, pero el tema de la libertad es un terreno pantanoso y esquivo, y sobre todo harto de que la gente trate de explicar qué coño es la libertad y qué cojones hacemos con ella en ausencia de un dios mediante poemas, películas, filósofos aburridos y escritores que parecen faraones al querer dejarse la piel para que la gente recuerde que han escrito.

Santiago y Agustín quedaron en La fonda del peine para tomar un café. Era un bar de ambiente de la parte de atrás de Madrid, por donde se destilan las infidelidades y se airean los billetes de los políticos en el canalillo de alguna niña estúpida que baila. Podría ser cutre pero lejos de la estética del momento, la setentera, era de lo más refinado. Por eso le gustaba ir allí a Agustín, porque no olía a colonia barata y los besos no eran tan prohibidos delante de una taza bonita y chic.

Sentado allí, vestido con una camisa azul marino, vaqueros y zapatos trendy miró a los ojos a Santiago y le dijo que aquello se acababa. No tenía que tolerar que una zorra bonita le choteara en su cara. Santiago le dijo que las excentricidades eran culpa suya. Se pelearon y acabaron en el baño. Volvieron a la mesa y volvió a llamarle zorra, esta vez mala. Dijeron de nuevo que tenían que dejarlo que era lo mejor para los dos, las relaciones personales y el trabajo no se llevan bien. Lo que Agustín no entendía es por qué si le estaba bailando el agua al jefe de sección le había castrado llevándole a un departamento lleno de mujeres gordas bajitas y con el pelo corto que sólo hablan de comer, comer ah, sí y comer. No era nada empático el traslado. Resultó que Santiago estaba celoso porque Antonio le ponía ojitos a Agustín, pero vete tú a saber. El caso es que aquello quedó sobre el aire sin saber qué pasó pero bueno, cada cual, tras un tiempo volvió a su lugar dentro de ese engranaje modélico.

Sin darse cuenta salieron de la mano del bar y se metieron mano en el coche. Se apartaron corriendo y simularon una disputa en cuanto pasó el policía, que se agachó haciéndoles abrir la ventanilla y suspirando que terminaba en una hora y cuarto, que quisiera estar con ellos. Agustín sintió que algo malo estaba haciendo y le dio asco verse reflejado en el vicio del bigote policial. Aceleró dándole tiempo a Santiago para abrocharse el cinturón y dejarle en casa corriendo para ir a la suya, despidiéndose con un beso guarro y un: esto se acaba aquí.

Llegó a su casa y se acostó con su mujer, que no hizo preguntas. Apenas reparaba en el olor a Agua Brava.

”Zorra bonita” mirándole a los ojos, de Arneses y cuerdas, Clemencia Thieghou. Ed. Zarazúa 2003.

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