”Hija de puta” fue lo que me dijo.

Una vez tuvo unos zapatos decentes, de un color adecuado y un betún cívico que cumplía su rol social: Parecer alguien. Con el tiempo, es decir, por trabajar tanto y de forma tan poco humana aquellos fueron perdiendo lustre y tuvieron que ser relegados a un papel totalmente secundario. Coincidió con el cambio de planta y de sección, de moda de caballeros, donde vestía a hombres de negocios, a toallas, cortinas, mantelería y cubertería. Menaje del hogar en definitiva. Delante de sus compañeros de trabajo supuso la castración, y de cara a su mujer, digamos que el alboroto final. En realidad se mostró satisfecha pues de un modo u otro Dios había provisto, y por fin su marido intervendría en la elección de los colores de los juegos de sábanas. ¿Qué quieres que te diga? Yo creo que a Agustín le daba lo mismo. Probablemente después de tener que vender paelleras y secadores tan sólo querría acostarse en una cama independientemente del color y el juego que hicieran con las cortinas, reposando en el pecho de su mujer triste y cansado porque echaba de menos oler la colonia del cuello de los hombres. El pecho de su mujer era el único que le hacía olvidar. Se veía caído, sin gracia ninguna con muchos lunares algunos de consulta médica pero nadie es perfecto. En ocasiones abrazarlo y hundirse en él le parecía obsceno y le hacía avergonzarse. Ese calor humano no es el calor que necesitaba, estoy segura. Pero sin embargo rodeó su cuerpo, y no le costó mucho. A pesar de todo era delgada y además guapa. Sé que os estabais imaginando a la típica mujer con sobrepeso e insatisfecha que tan solo cocina croquetas y se queja de lo cansada que está y no es así, hay que huir del estereotipo de hastío doméstico después de todo, ¿No?

Aquella mañana mientras se movía entre el silencio estático de los electrodomésticos y escuchaba el hilo musical de los grandes almacenes vio desde lejos la nueva sección que estaban colocando de ropa femenina al otro lado y cómo las clientas se agolpaban en las escaleras mecánicas. Deseo ser una de ellas y salir corriendo a por todos los trajes de baño de su talla y probárselos y correr por una playa arrojándose a los brazos de un hombre fornido y extraño que no tuviera rostro para no poder avergonzarse de nada. Miró de un lado para otro asegurándose de que la sección estuviera bien atendida. Se tocó las solapas de su americana, se estiró el traje de rayas azul marino pasándose la mano por la cabeza engominada. También acertó a introducirse una mano en el bolsillo derecho. Se dirigió seguro hacia ese bikini rojo con un aro dorado y un extraño estampado negro. Lo tomó entre sus manos y simulando coger la talla para una clienta se metió en el almacén, en el vestuario de los trabajadores. Se regaló unos minutos de contemplación frente al espejo, sintiéndose fuerte y vulnerable, sabiendo que su fin sería que alguien abriera la puerta en aquel mismo momento. Tuvo miedo, y fingió ser artista, una obra de teatro, Dancing queen. La canción de Freddy Mercury de I want to break fee rompió a los Abba y se cayó de culo al escuchar unos gemidos. Eran del cubículo de al lado. Se agachó en calcetines a mirar por debajo, por la rendija que comunicaba ambos y vio a Santiago desvistiendo al jefe de sección de caballeros. Chilló como una mujer y se sentó en la esquina cogiéndose las rodillas fuertemente. Lo cierto es que tenía un aspecto ridículo con la parte de abajo del bañador encima de los calzoncillos de cuadrados. Se abrió la puerta de golpe y se tapó con la americana.
Les miró despechado, herido y a la vez reconfortado porque no volvería a pasearse entre artículos de cocina. El jefe hizo una mueca de terror, Agustín sabía que era un vicioso, pero Santiago… esa maldita ramera… El jefe le miró con ojos misericordiosos y salió corriendo colocándose la corbata en su sitio. Santiago se le quedó allí observando lo patético fijamente. Agustín se levantó y se le cayó la chaqueta al suelo. Ambos se agacharon y de la sonrisa de Agustín dejó entrever un: Hija de puta.

Por ahí no paso, le dijo Santiago. Si mi madre no hubiera sido una puta y mi padre un tonto enamorado de otra que no le corrrespondía yo no hubiera sido esto. Hubiera sido alguien que no debe humillarse ante un grimoso jefe de sección y hubiera podido besar a quien me diera la gana, que para eso el mundo es nuestro. Le asió de la cadera.
Agustín soltándose como pudo y cogiendo la poca dignidad que le quedaba latente en sus palabras le dijo: Es que aún no te has dado cuenta. El marco es una filigrana. No importa de dónde vengas, sino que importa lo que tú quieras. Y lo que tú quieres es el interés.

Aquel día, ésta vez sí, una señora de los pies a la cabeza se compró un bañador que creyó adecuado para pasear por la playa cogida del brazo de su Antonio, el jefe de sección de unos grandes almacenes, donde la ropa de caballero. Tan distinguido y tan apuesto se enorgullecía de pasear con él cogida de su brazo vigoroso y protector. La espuma llegaba a los muelles, las olas a la orilla y rompiendo el agua un grupo de chicos pasaron corriendo luciendo sus bustos al sol.

”Hija de puta fue lo que me dijo” de Arneses y cuerdas, Clemencia Thieghou. Ed. Zarazúa 2003.

1385847005520

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s